Si por algo sobresalía mi padre era por no tener un ápice de vergüenza.
Él me juraba que de pequeño era muy vergonzoso y que de joven uno de sus
mayores miedos era al ridículo. Como no me queda otra cosa que creerle
(por ese entonces, yo no le conocía) he optado por mi propia hipótesis al
fenómeno vergüenza juvenil-desvergüenza viejil:
Me la traspasó toda a mí.
Como ya he comentado varias veces, he aprendido muchas cosas de mi padre y
podría decir que su falta de vergüenza me ayudó a superar mi extrema timidez,
pero para qué nos vamos a engañar, había momentos en los que sólo deseaba
desaparecer. Afortunadamente esos mismos momentos son los que me han hecho y me
hacen desternillarme al recordarlos.
Aquí van unos cuantos:
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El primero se titula: "Hijita ya son las 12”
Se trata del día en que mi padre (sombrero verde de pana más pequeño que su
cabeza y paraguas rojo incluido) le dice a su hija adolescente que vaya
tranquila a aquella cena después del concierto porque él la recogerá a ella y a
su amiga a la hora que ella diga. La hija (yo) le dice a su padre que a las 12.
Sin embargo, la cena se alarga y la hija no se da cuenta, de repente una mano
de alguien que está de pie detrás de su asiento muestra un reloj mientras la
otra lo señala y una voz familiar le dice “¡Hijita ya son las 12! Está lloviendo
y yo como un tonto allá afuera esperándote!” (Que conste que no lo dijo
enfadado, más bien parecía que lo cantaba) todos los de la mesa mirando con
ojos como platos al señor del micro sombrero que llama a la chica “hijita”,
sólo diré que mi amiga todavía se acuerda de aquel día…
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“El señor gordo de los chistes”
Un día fuimos toda la familia a la fiesta de un primo de mi padre. Era una
ocasión bastante elegante y había música en directo. La mayoría de los
asistentes conocía a mi padre y su “don” con los chistes, así que le empezaron
a insistir con que se animara a contar unos chistes. Al principio mi padre se
negó (cosa que mi madre, mi hermano y yo agradecimos). En todo caso, no sabemos
cómo pero de un momento a otro y justo después de que el grupo acabara una canción
se oye a mi padre a través del micrófono “Y ahora empieza lo bueno, ¡Una ronda
de chistes!” (Nos faltó sitio debajo de la mesa para escondernos…).
Aquí no
acaba la historia, al lunes siguiente, la hija adolescente llega a clase y en
la hora de música tienen un nuevo profesor, al hacer las presentaciones en
medio de clase el profesor salta: “¡Yo te conozco! Tu padre es el señor
regordete que contaba los chistes en la fiesta de…”
“Sí, ese es mi padre…”
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“¡18!, ¿Alguien tiene el 18? ¿no? ¡Nos toca hijita!”
Este era un día histórico: Ir a matricularse a la Universidad. Mi padre me
acompaña y cuando llegamos había una cola enorme para hablar con la tutora y
decidir las asignaturas, etc. Al cabo de esperar 10 minutos, la pantalla que
muestra los números de los turnos se estropea. Mi padre ni corto ni perezoso se
pone en la puerta cual responsable y empieza a decir números al azar… A la
primera que el número no tuvo dueño espetó: “¡hijita nos toca corre!”.
Y así es como logré matricularme en tiempo récord…
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“El del palco”
Nos regalaron unas entradas para ir al teatro a
ver una obra. Cuando llegamos nos dispusimos a encontrar nuestros asientos y
pronto nos dimos cuenta que estábamos casi en la última fila de platea. Mi
padre se levanta y dice “ahora vengo”. Justo cuando nos preguntábamos dónde se
habría metido, vemos una figura agitando los brazos en uno de los palcos
privados, pero no es hasta que oímos “Eh Tit! Aquí Hijita!” que reaccionamos y
le reconocimos. “¡Subid rápido!” Subimos un poco desconcertados y nos encontramos
a mi padre como “Pedro por su casa”: “pasad, sentaos” y a continuación nos
susurra “Estos palcos siempre están vacíos y son privados, si no han llegado
ya es que no vendrá nadie, en todo caso no os preocupéis, si preguntan, diré
que es el palco que he alquilado para la temporada y con lo elegante que voy
nadie lo va a dudar…”
(Nadie nos preguntó nada)
Y así podría seguir y seguir… y seguiría concluyendo
que pasar vergüenza valió la pena, no hubiera vivido momentos únicos ni hubiera
podido disfrutar del después y la risa que nos daba al recordarlo.
Pero lo que más me gustaba de todo era que en
esos momentos “post gamberrada” mi padre se convertía en un niño, se reía de
todo, repetía la historia entre carcajadas y se burlaba de nuestras caras, etc.
Era un momento único para compartir con el niño
que había dentro de él, algo insólito. De hecho ni siquiera proponiéndomelo
podría llegar a hacer esas cosas. Si algún día tengo hijos, no podré dejarles
este tipo de memoria cómica, pero por suerte siempre tendré las historias de mi padre.
Hijitamía.