sábado, 29 de noviembre de 2014

Sobre el primer año

→ Se necesita leer junto con esta entrada la siguiente "Sobre la historia que he mencionado antes"←


La gente mira al cielo y ve nubes, pero todos miran a nubes diferentes. Los melancólicos ven su tristeza reflejada, los científicos efectos colaterales, los optimistas una fuente de inspiración inagotable, los ingleses no ven nada de raro y los viajeros una señal de posible cambio de planes. Todas esas nubes son comunes y corrientes. Tú tendrás nubes como nadie las ha tenido.

Cuando mires al cielo por la mañana, como yo habitaré en una de ellas será para ti como si todas las nubes tuvieran bigote, ¡tú tendrás nubes con bigote!


 (*Adaptación de un extracto de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry)



Y ya ha pasado un año desde que mi padre nos dejó.

Esto va a sonar un poco raro, pero en este año he pensado tanto en mi padre que la única comparación que se me ocurre es la de estar enamorado/a. Como cuando estás en esa situación en la que hagas lo que hagas tienes a esa persona en tu cabeza y de repente todo te recuerda a ella; no importa si estás escuchando una canción, leyendo un libro, comiendo un plato de sopa o caminando por la calle, cada cosa que ves, oyes, hueles, en definitiva, sientes te recuerda a esa persona, pues así he pasado yo este primer año sin ver, oír, oler o tocar a mi padre.

No importaba que me quisiera evadir de la realidad y evitar ver cualquier cosa dramática viendo mis series de comedia preferidas, durante este último año ha habido en todas un capítulo en que se le moría el padre a alguno de los protagonistas (lo mismo me ha pasado con las películas).

No importaba qué libro leyera que al fin y al cabo alguien se iba a morir o a contar la historia de que su padre se había muerto.

No importaba que conociera a gente nueva y fueran para mí nuevas fuentes de amistad y diversión, también se les había muerto el padre. (no a todos, claro, pero la proporción y la casualidad es grande).

No importaba de lo que estuviera hablando porque siempre se me venía a la cabeza “pues mi padre un día…” 

Y tampoco importaba que no hiciera absolutamente nada, que de alguna forma acabaría pensando en mi padre enlazando el mínimo detalle de la escena en la que me encontrara con algún remoto recuerdo que me evocaría miles de pensamientos e historias sobre mi padre.

La mayoría de personas que he conocido que han pasado por esto intentan evitar los recuerdos, porque les parece que son demasiado dolorosos. Cada uno tiene sus estrategias y se ve que a mí me funciona lo contrario, o que simplemente no encajo muy bien el hecho de que alguien desaparezca y estoy obsesionada con retenerlo aquí aunque sea a base de pensamientos.

Para mí no es doloroso recordar la voz de mi padre, recordar su cara e imaginármela en la mente como si la estuviera viendo con el zoom al máximo, no es doloroso ver su brocha de afeitar cada mañana en el baño y tampoco es doloroso mirar la hora en su reloj enganchado a mi muñeca, para mí es como si pasara un rato conmigo, es como si cada mañana fuera a bajar a afeitarse cuando yo acabara de ducharme, es como si me acompañara. O a lo mejor me aferro a todo esto, para no recordar nada negativo, nada que “rime” con muerte, desaparecer, drama, injusticia, miedo, terror. En realidad nada de eso, en realidad creo que es lo único que sé y puedo hacer, de hecho hace unos días puse en práctica esta estrategia automática cuando me encontraba en el metro: 

Eran las 15:30 de la tarde y en cierta estación los vagones se llenan hasta tal punto de no tener la necesidad de agarrarse a ninguna barra porque las personas de delante, de atrás y de los lados no dejan que te muevas del sitio.
Al no poder ni sacar un libro, jugar a algún juego del móvil o buscar los auriculares para ponerte música, no queda otro remedio más que entretenerse mirando las caras de la gente. De repente, cómo no, un señor con bigote, unas facciones parecidas, un sombrero de pana y sin darme cuenta me encuentro buscando entre las fisonomías de la gente la cara de mi padre.
Sin saber cómo, empecé a sentir una sensación de angustia,  como si estuviera buscando a alguien desesperadamente que no aparece, hasta que caí en cuenta de que mi padre no se iba a subir al vagón y dejé de mirar las caras de la gente. En ese momento sentí lástima de mi misma y sentí que estaba a las puertas de la tristeza absoluta. Sin embargo y de nuevo sin saber por qué, se me vino uno de los recuerdos de mi padre, uno de esos como los pocos que he usado para llenar este blog y entonces me reí.

  
(*Imagen del libro Wonder de R.J. Palacio)




viernes, 28 de noviembre de 2014

Sobre la historia que he mencionado antes

Mi padre sólo viajó una vez en su vida a Inglaterra. No hablaba inglés, pero como no tenía vergüenza de nada, pues si hacía falta se lo inventaba y con la facilidad gestual que tenía se hacía entender.

Resulta que cuando aterrizó, nos contó cómo en el avión se había sentado al lado de una señora mayor, que a mitad de trayecto le había empezado a hablar en inglés. Al principio mi padre hizo lo que todo el mundo hace: sonreír y afirmar con la cabeza, hasta que la señora empezó a entablar conversación y ya mi padre tuvo que decir el famoso: “I’m sorry, I don’t speak English” acompañado de cara de sorpresa mezclada con circunstancia (por el esfuerzo) y negando con la mano (por si acaso no quedaba bien clara la declaración). Pero la señora siguió hablando en inglés hasta que ya mi padre no tuvo más remedio que darle explicaciones en español con gestos, y entonces, pasó algo inesperado: la mujer se quedó mirándolo y de repente se empezó a desternillar de la risa y le contestó en un castellano perfecto: “Pensaba que me estaba tomando el pelo, no me puedo creer que usted no sea británico, ¡con esa cara de Bulldog Inglés que tiene!” 

Mi padre contaba esta historia cada vez que alguien sacaba el tema Inglaterra o derivados, creo que fue una de las anécdotas que más gracia le ha hecho en su vida y se reía a carcajadas cuando llegaba a la parte de pronunciar “Bulldog Inglés”, de hecho siempre repetía el nombre dos veces, estaba encantado con esa comparación (es lo que pasa cuando tienes un sentido del humor como el de mi padre).


“y entonces me reí”.



Hijitamía.