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sábado, 29 de octubre de 2016

Sobre qué jugar o dibujar

A simple vista jugar, dibujar y hacer cosas de niños debería ser facilísimo, sin embargo, en mi padre se notaba mucho el salto generacional y le costaba mucho adaptarse y sacar temas apropiados e interesantes para su hijita. Cuando se le ocurrían, no eran muy originales...pero, por suerte, siempre pudimos encontrar algo afin, aunque supongo que él debió agradecer que yo creciera "rápido " y pronto me pudiera hablar de temas de "mayores".


También tuvo otro punto a su favor, que fue el nacimiento de mi hermano, el Titmío, con él sí compartió muchas más actividades y fue una gozada ver su complicidad.


Volviendo al tema, me vienen a la mente los "recuerdos de pizza Industria"


Cuando yo debía tener unos 6 o 7 años, mis padres descubrieron una pizzería deliciosa, la masa era delgadita y crujiente, los nachos eran únicos y el personal encantador. Pero, para una niña de 6 o 7 años eso era lo de menos, lo realmente importante era que los manteles individuales eran pasatiempos, repito: ¡PASATIEMPOS!

A lo mejor ahora ya no tiene gracia, pero para mí era una novedad impresionante y cada fin de semana le pedía a mis padres volver, el rato que pasábamos era genial.

Por supuesto a esa edad no entendía nada de lo que pedían los enunciados de los pasatiempos, pero eso no era ningún problema, me dedicaba a rellenar casillas con dibujitos, a escribir la frase encriptada con lo que a mi me parecía  (mi nombre el 99% de las veces) y cuando ya acababa de decorar los pasatiempos le daba la vuelta a la hoja y las posibilidades eran infinitas.


Primero le pedía a mi madre que me dibujara su muñequilla estrella: una muñeca con cuerpo de corazón y ojos gigantes que me encantaba, y cuando ya me cansaba de repetir el mismo dibujo sin conseguir que me saliera tan bonito como el de mi madre, le tocaba el turno a mi padre.



Mi padre no tenía ni idea de dibujar las cosas que yo le pedía,  pero ni corto ni perezoso me persuadió para que me intrigara lo que él me iba a enseñar a dibujar, y así es como me "gradué con honores" en:


1. "Con un 6 y un 4 esta es la cara de tu retrato"
2. Árboles hechos con una línea vertical y otra en zigzag.
3. Escopetas, pistolas y cañones
4. Bicicletas (con sus platos y piñones)


Yo al principio le pedía perritos, muñecas y casitas, pero él me decía que no sabía (y es verdad, una vez me dibujó un perrito y el pobre perrito me dio tanta pena que nunca más le pedí que me lo dibujara).

En realidad yo lo que quería era dibujar con mi papá  (y con mi mamá ) así que acepté las pistolas y cañones con mucho gusto!


Me pregunto qué pensarían los camareros al recoger los manteles con tales obras de arte!


Por suerte, pronto crecí y pasamos a hacer ¡campeonatos de pasatiempos!

Hijitamía .

jueves, 29 de septiembre de 2016

Sobre la historia para dormir

Con la imaginación que tenía mi padre, uno puede pensar que fue un cuenta cuentos de niños alucinante, sin embargo, yo sólo recuerdo un intento de cuento fallido.

Una vez le dije a mi padre que me preocupaba la clase de natación del día siguiente y mi padre se ofreció a contarme un cuento, yo debía tener unos 6 años y estaba emocionadísima.

Empezó genial, porque parecía una historia real, la protagonista era una niña (como yo ) que hacía actividades parecidas a las mías  (como natación). No me importó esa falta de originalidad, incluso me gustó sentirme identificada. 

Sin embargo, la trama dio un giro inesperado cuando, en un intento de animarme, la protagonista también se siente insegura antes de saltar a la piscina.

En ese momento, pensé que lo que seguiría sería una lección, un consejo de cómo actuar, un truco...

En vez de eso resulta que todo se desarrolla muy rápido y mi padre acaba el cuento en dos frases:

 "Por arte de magia la tabla se convierte en Pinocho que le habla y la niña se pone muy contenta...
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!"

"Perdona ¿has dicho Pinocho?"

Eso fue lo primero que pensé, pero como tenía 6 años y no había aprendido a expresar la frustración con ironías, me enfadé y le reproché a mi padre lo inverosímil que era la historia, él me habló de magia y hadas y tal y yo me indigné todavía más reivindicando una solución real...

Mi padre me dijo que no había problema y concluyó rápidamente:

"Y como era una niña real a estas horas ya estaba en la cama preparándose para dormir, fin"



Y esta fue la única vez que recuerdo a mi padre contándome un cuento de niña (de adulta las historias fueron en sesión continua!)

Hijitamía.

viernes, 29 de julio de 2016

Sobre un gran susto

Esta es una historia que le encantaba contar a mi padre, escrita por mi no es lo mismo, no tiene gracia, pero si conocían a mi padre recordarán fácilmente su cara tan expresiva!

Resulta que lo habían citado unos clientes en su taller. Mi padre salió bien temprano y después de una horita de trayecto se encontraba en la verja. 

Por aquel entonces no había móviles y como vio que estaba un poco abierta decidió aventurarse, así que dejó el coche afuera y entró caminando.

La nave del taller estaba a unos metros de la entrada y no se veía a nadie.

De repente sale un perro y empieza a venir hacia él, era enorme, pero mi padre nunca le había tenido miedo a los perros, así que siguió caminando. Sin embargo, algo no le cuadró y volvió a mirarlo y de pronto reaccionó y vio que aquello no era un perro, era un león!



La facilidad de muecas no le era suficiente al contar esta historia, porque no podía representar realmente la impresión que se llevó... Estaba tan aterrorizado que ni la voz le salía!

Por suerte no hizo falta pedir auxilio ya que todos los del taller estaban escondidos esperando a ver su reacción como broma, el león lo habían criado como un perro y se comportaba como tal...

Después estuvo yendo varias veces y se hizo amigo del león, decía que era como un perro,  pero el susto fue de campeonato!

Y así es como acabaría una historia más o menos normal...

Pero ya conocen un poquito a mi padre y saben las ideas de bombero que tenía... 

Resulta que se hizo tan amigo del león,  que ni corto ni perezoso lo pidió prestado, lo subió a su Ford Fiesta y se fue con él a casa. 

Cuando llegó  llamó a mi madre diciéndole "Gordita, mira que sorpresa te he traído" ella salió a la puerta y se vio a la bestia en el coche (el león,  mi padre ya había salido del coche) se pegó un susto horrible y salió corriendo (ahora era mi padre el que se reía!). 

Intentó que mi madre se acercara al león explicándole que era como un perro y todo lo que le habían contado cuando él se llevó el susto, pero no consiguió convencerla y no llegó a bajarlo del coche, tal como vino se fue!

Con sorpresas así ¿quién se podía aburrir?
 
Hijitamía.

martes, 29 de marzo de 2016

Sobre la errata

En mi familia, la cabezonería es algo característico de cada uno de nosotros: tanto a nivel físico como a nivel mental, pero sin duda alguna ganaba mi padre!

Este rasgo tan definitorio, tiene como todo, sus cosas buenas y sus no tan buenas... Por ejemplo:

Cosas buenas:
Mi padre conseguía todo lo que se proponía con una receta especial de: voluntad, esfuerzo y toneladas de cabezonería. Hizo lo que le apeteció y vivió como quiso y eso fue en parte a esa virtud-defecto de la que os hablo.

Una de sus virtudes era la persuasión, aunque siempre me quedó la duda de si era por sus dotes convincentes o por su cabezonería de conseguir algo: la verdad es que debía ser una mezcla de todo pero no me extrañaría que mucha gente accediera a lo que mi padre le proponía con tan de que se callase y parara ya de insistir!

Cosas no tan buenas:
Vivir toda su vida con una cicatriz en la sien, fruto de los fórceps que ayudaron a este "bebé" a llegar al mundo! (Cuando decía lo de cabezón era en serio!)

El hecho de que tu propio abuelo que te quería con locura no fuera ajeno al hecho de que eras excesivamente cabezón y decidiera componerte una canción al respecto (este era un aspecto malo/vergonzoso para él, pero gracioso para los demás! Aunque nunca nos dijo qué decía exactamente la canción...)

O llegar al colmo de la terquedad y que se te vea el plumero!
Este episodio pasó conmigo (que como hija de mi padre no me quedo atrás en mi nivel de cabezonería, aunque lo estoy intentando superar volviéndome más flexible!)*

* Dicen que el primer paso es reconocerlo!



Estábamos hablando de un hecho en concreto durante la comida (yo conocía lo cabezón que era mi padre, por lo tanto, si decidía llevarle la contraria lo hacía a sabiendas de las consecuencias, por lo que la mayoría* de veces, optaba por darle la razón y evitar discusiones.

* Mayoría en este caso se entiende como un concepto subjetivo.

El caso es que ese día estaba tan segura de que tenía la razón, que no pude evitar oponerme a sus argumentos. Lo que sucedió a continuación fue que la cabezonería de él potenció la mía y me fui a la enciclopedia (si, de esto hace ya mucho tiempo) y efectivamente, en ella hallé la respuesta que defendía. Corrí con el tomo en la mano e hice que mi padre leyera por si mismo lo que yo llevaba rato explicando... Para sorpresa mía su reacción fue la siguiente:

Puso cara de desaprovación y dijo solemnemente "Esta enciclopedia está errada" y punto final.

Y así es como aprendí que no servía de nada intentar cambiar la opinión de mi padre, pues me quedé igual de frustrada. Dejé pasar el tiempo hasta que fui lo suficientemente mayor y la "cosa" ganó algo de perspectiva y gracia y entonces un día le recordé el episodio. Acto seguido soltó una carcajada y dijo:

"Y yo qué iba a saber hijita!! Lo que sí tenía claro es que no me iba a dejar ganar!!"
(y punto final!)


Hijitamía.

lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre el hecho de que hoy sea un buen día para hablar de tamaños.

La cuestión de tamaño es inherente a nuestra familia paterna. 

De hecho, como ya he comentado anteriormente, el rasgo físico más destacable de mi padre era sin duda alguna su tamaño.

Era alto y fuerte, pero tenía una marca característica: su barriga.

No era una barriga cualquiera, era (y ahora lo puedo decir sin ninguna duda) una barriga de 8 meses de embarazo: Igual de grande, igual de tensa. No era para nada un gordo fofo.

Y ya lo decía  él mismo: 

"Yo es que estoy embarazado, me ha dicho el doctor que espero un elefantito: ¡Ya me asoma la trompita!" 

Aunque a veces también decía: "Yo no estoy gordo, es pura musculatura! Toca, toca!" (Acercando el brazo que lo tenía como una piedra).

Y ¿Por qué estoy hablando de esto? Pues porque es una sensación compartida con mi padre que no quiero que se me olvide. Estoy reproduciendo sus mismos comportamientos ahora que de perfil proyectamos sombras parecidas.

De repente tengo la misma dificultad para ponerme los zapatos, hago sus mismos ruidos de queja (no me doy ni cuenta) al sentarme y al doblarme hacia delante para atármelos, me rasco la barriga igual que él y recientemente, el último descubrimiento es haberme pasado a las galletas maria para desayunar a lo bestia. 




El otro día, al ver la taza y el paquete de galletas no pude evitar tener un flashback, pues los últimos años en casa, mi padre desayunaba conmigo, pero nunca fui consciente de lo mucho que lo observaba, ni de lo detallado que sería un recuerdo de un momento tan cotidiano y aparentemente banal.

Si esto fuera una película todo sería mucho más fácil de representar, sin embargo, como este es un diario de recuerdos en formato limitado, no queda más remedio que ponerle imaginación:

Nos sentábamos los dos en la mesa de la cocina con nuestros "batines" el suyo azul y el mío naranja (por el cual me puso el apodo de butanito) y mientras yo comía 3 galletas en total, mi padre se zampaba medio paquete, pero no de una en una ¡Sino de 4 en 4! 

Al mismo tiempo me iba comentando todos los recortes de periódicos que había  seleccionado para mí esa mañana (se leía 3 periódicos cada mañana y se dedicaba a recortar lo que creía que nos iba a interesar a cada uno).

No quiero que nunca se me olvide cómo y con qué gusto desayunaba su Nescafé (3 cucharadas de azúcar y una de nescafé en una taza de leche bien caliente) al cual le daba cuatrocientas mil vueltas haciendo tintinear la cucharilla a lo bestia (por cierto, le daba rabia que arrastráramos las sillas de la cocina para sentarnos, pero no le importaba despertar al personal a base de tintineo... Eso sí, usando la cucharilla "del papá", que acabó siendo la preferida de todos: si, la única diferente, más grande que las demás y puntiaguda).

A continuación cogía cuatro galletas a la vez, las sumergía hasta la mitad y mordía rápidamente antes de que el Nescafé empezará a gotear o antes de que las galletas se partieran (3 de cada 4 veces sin éxito) y todo esto sin dejar de hablarme, lo cual, me hacía  sonreír, porque a cada mordisco tenía que medio sorber (para evitar acabar con la leche en la barbilla) aunque en verdad se pasaba media conversación secándose.

A pesar de todos estos detalles, la imagen más destacable de todo el proceso era la de su bigote lleno de leche y pedacitos de galleta, creo que esa es la primera imagen que se me viene a la mente cuando recuerdo nuestros desayunos.

¡Parece mentira! De las cosas que uno se acuerda y con qué precisión...

Si alguien me hubiera dicho que algún día echaría de menos la cara de mi padre con su bigote lleno de nescafé y galletas me hubiera reído, sin embargo ahora daría lo que fuera por que mi madre me volviera a llamar diciéndome: 

"¿Ya llegas? Porque tu padre lleva toda la mañana esperando para desayunar contigo"


Hijitamía.
 

jueves, 29 de octubre de 2015

Sobre el positivo


Hoy voy a hacer una recopilación de bailes, sintonías y demás actuaciones de mi padre asociadas a diferentes eventos de la vida:


Como ya he ido comentando y describiendo el carácter de mi padre y sus reacciones únicas a todo tipo de sucesos, no voy a aburrir repitiendo, pues a estas alturas estas ocurrencias no deberían sorprender a nadie.


-          Sintonía de intriga: Cuando alguien debía emprender una aventura, un nuevo reto, un plan divertido. Se requería cantar “El llanero solitario” en onomatopeya, al mismo tiempo que se movían las cejas arriba y abajo muy rápido:



“Birubirubí pau pau pau”



-          Sintonía de logro personal (desde arreglos del hogar a éxitos varios). Se requería cantar la canción del “Muchacho flaco” al mismo tiempo que se bailaba una especie de salsa y se cogía al primero que pasara por delante para que se uniera al baile.



“Yo soy un muchacho flaco, pero de corazón tierno… lalalalalala…”



-          Sintonía del anfitrión (tarde o temprano en cualquier reunión antes, después o en medio del repertorio de chistes aclamado por el público). Se requería poner falsete de tenor y cantar la ranchera de “El rey”



“Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la LEY”



-          Representación para demostrarle a mis hijos la capacidad de memorización tan impresionante que tenía su padre. Dependiendo del día se requería recitar la Canción del pirata de Espronceda o nombrar a los no sé cuántos varones apostólicos que tuvo que memorizar cuando tenía unos 10 años (¡y todavía recordaba!).



¡Así que nada de quejarse por tener que estudiar!



-          Sintonía a cantarle a los hijos cuando nombraban asuntos amorosos. Se requería poner cara de pícaro, volver a poner falsete de tenor y cantar con el mejor acento de inglés inventado posible:



“Strangers in the night….lalalalala…dubidubiduu”



-          Sintonía y baile de baile (valga la redundancia e independientemente de la música que esté sonando). Se requiere bailar una especie de “mambo” riendo y de un momento a otro gritar “MAMBO UH” y dar un salto mientras se coge el propio cuello de la camisa como si la tiraras para arriba para después decir “AHHHH UH!” y seguir bailando como si nada.


A pesar de todo este repertorio tan amplio y la cantidad de recuerdos que tengo de mi padre bailando y cantando hay uno que se me quedó grabado para siempre.


El día que se enteró de que mi madre estaba embarazada de mi hermano.


(Por supuesto yo no sabía nada, porque todavía no lo habían confirmado). 

Era verano y nos encontrábamos en el campo pasando las vacaciones. Bajé a ver qué estaba haciendo el perro, cuando me encuentro a mi padre bailando y cantando “boleros” y lo pongo entre comillas porque a pesar de estar tarareando la música correcta más que bailar boleros parecía Homer Simpson en el país de caramelo. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba, pero en todo caso, debía de ser bueno si mi padre estaba bailando y cantando, así que en seguida que me vio me dijo que me uniera al baile (por supuesto me puse a saltar cual Heidi en la pradera a la par que cantábamos “titiruriruri tiruriruri”), fue genial, aunque cuando me enteré del porqué del baile fue todavía mejor.




En mi caso, cuando recuerdo a mi padre, no sólo recuerdo o hipotetizo lo que me diría, sino que también emparejo las situaciones con sintonías varias. Hoy, por ejemplo, tenía que ir a un sitio que suponía mucha expectación y nervios (intriga al fin y al cabo) y me encontré a mi misma diciéndome “allá vamos, birubirubí pau pau pau”, siempre me da ánimos y sobre todo ganas de reír. 


Otras veces me ayuda a combatir la nostalgia de saber que no voy a poder compartir con él, que se va a perder esto, porque entonces me acuerdo del baile que le dedicó al positivo de mi madre y me pongo a hipotetizar qué baile le hubiera dedicado a mi positivo hace poco más de tres meses y me dan ganas de reír de nuevo.





  -Papá, vas a ser abuelo: birubirubí pau pau pau-

Hijitamía.

miércoles, 29 de julio de 2015

Sobre el pasárselo bien

El próximo martes mi padre hubiera cumplido 63 años.

Ahora me parece tan joven...

Hace unos años,  63 me hubiera parecido la ancianidad...(claro que recuerdo que cuando mi padre cumplió 50 también me lo pareció) y más aún cuando celebró sus épicos 40. A ojos de una niñita de 8 años,  parecía raro que nadie le hubiera regalado un bastón...

Nada más lejos de la realidad. ..
 
Ahora veo las fotos y video (sí...video...) de aquella fiesta y sólo puedo pensar que fue un ¡muchacho con suerte!
 
No creo ir muy desencaminada al pensar que los asistentes de aquel día de agosto debieron irse a casa pensando "¡Esta ha sido la mejor fiesta en la que he estado!"
 
En resumen: Fiesta vaquera en la que en la invitación se requería vestuario cowboy y muchas ganas de pasárselo bien, buffet, DJ, bebida, caballos, piscina, bailes en corro, chistes, un centenar de familiares y amigos, verano y 1992.
 
Los recuerdos de lo vivido son escasos pero geniales:
 
- Mi abuelo con el micrófono cantando a todo pulmón el cumpleaños feliz en su particular versión "Sapo verde eres tú" y mi padre cogiéndolo en brazos como si fuera un bebé mientras todos aplaudían.
- Un regalo envuelto en una sandía (un cubo perfectamente cortado salió del centro de la sandía conteniendo un reloj).
- Bailar "Un rayo de sol" en la "pista" con todos los amigos y familiares cogiéndonos de las manos.
- Reírme con mis primas I&L que llevaban el mismo atuendo cowboy que yo.
-Ver a mi padre estrenar un regalo (y no fue el reloj) bailando con un delantal del que colgaba una palanquita que al apretar hacía que se levantara y se vieran partes nobles de tela y la gente se desternillaba...

(Y ya no recuerdo más,  porque en cuanto mi padre nos vio a mis primas y a mi queriendo usar el famoso delantal decidió que ya era hora de que la fiesta se volviera al menos para mayores de 10 años y nos mandaron a dormir...)

Sin embargo, gracias al video pude descubrir otras cosas de la velada y sé que la fiesta acabó con mi padre y un primo remando una lancha que habían metido a la piscina, cantando canciones y contando chistes.



Este martes será muy diferente,  pero al menos sé que esté donde esté podrá volver a remar la barca junto a su primo y su padre podrá volverle a cantar Sapo verde.
 
Feliz cumpleaños papá.

Hijitamía.

miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre el amor a los animales

Sin duda alguna, el amor por los animales lo he aprendido de mi padre. Cuando era pequeña soñaba con tener un perro y dormir abrazado a él. También quería tener corderitos, vacas, cabras y pollitos (quizás esto último más que a mi padre se lo deba a Heidi y a su abuelito). El hecho es que mi padre me ayudó a cumplir ese sueño regalándome mi primer perro a los 4 años; un caniche blanquito llamado “Veneno” que hacía honor a su nombre. Desde entonces, hemos tenido la suerte de poder contar en casa con muchos otros animales como: gatos, gallinas, conejos, ocas y caballos.

Caballos: la gran pasión de mi padre.

No he visto a nadie tener tanta sintonía con esos animales (sin dedicarse profesionalmente, claro) como mi padre. De hecho, el tema ecuestre se hacía presente en sus conversaciones más de lo que uno cabría esperar, no sólo como temática sino como fuente de metáforas, comparaciones y ejemplos de lecciones médicas, por extraño que parezca. El hecho es que le fascinaban.

Tengo miles de recuerdos de mi padre con sus caballos, pero la primera imagen que se me viene a la mente, es la de unos diez caballos pastando tranquilamente en un terreno y mi padre ponerse en medio y empezar a hablarles. (Se me había olvidado comentar que mi padre hablaba equino jajajaja). Y justo después ver como los caballos empezaban a trotar alrededor de él. Al cabo de unos minutos volvía a gritar algo ininteligible para mi oído excepto por “cambio” y ver como todos los caballos daban media vuelta y empezaban a trotar en sentido contrario. Soy consciente de que los caballos se doman y adiestran, pero hay que tener algo especial para lograr eso sólo con tu propia voz, y él lo tenía.

Lo recuerdo montándose en un caballo gordísimo que apenas se movía, a pelo, en mocasines y gritar “¡Que vienen los indios! ¡A llevarlo!” y ver como el caballo salía despavorido galopando, pasar por enfrente mío galopando y decir “¡Un indio! Tua-Tua” (disparándome con la mano) y yo morirme de la risa.





*Que nadie se ofenda, lo de los “indios” era por su gran afición a las películas de vaqueros.

Recuerdo un verano en particular, que le invitaron a participar en las carreras del pueblo, y decidió participar con un caballo casi enano. Entre el tamaño del animal y la envergadura de mi padre, la imagen final era casi como la de un hombre montado en una cabra. Era ridículamente gracioso, cosa que hacía que mi padre disfrutara el doble.

Todos fuimos a verle y estábamos expectantes a la vez que un poco avergonzados al comparar al “hombre con cabra” con el resto de participantes con sus equipos y caballos altos y esbeltos.

El caso es que tras el pistoletazo de salida, se oye el grito de mi padre “¡A llevarlo! ¡Que vienen los indios!” y a continuación se ve al caballo cabra salir como un rayo y galopar tan velozmente que mi padre se dio el lujo de parar en la segunda curva del recorrido (una chulería que le colmó de felicidad) y esperar a la competencia hasta que estuvo lo bastante cerca para volver a advertir a su “bestia” sobre los “indios” y galopar hasta la meta y conseguir el primer puesto.

Fue genial, pero más genial fue presenciar la euforia de mi padre y escuchar cómo repetía “¿Viste cómo me paré a esperarlos a todos en la curva hijita, lo viste?” y reírse a carcajadas.

-Sí que lo vi papá y ¡todavía lo sigo viendo!-


Hijitamía.




domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cómo superar los miedos II: Dedicado al Titmío.

Mi padre era una persona muy fuerte, pero a la vez muy impresionable, de esas que les dan cien mil vueltas a las cosas y se imaginan en todos los escenarios posibles. De esas que compran un extintor para el hogar o tienen una cuerda gruesísima para emergencias “por si los bomberos no llegaran a tiempo, vosotros poder bajar por la cuerda”. 

Como consecuencia los hijos también salimos impresionables.

Afortunadamente, tenemos historias dominadas por una fuerte voluntad que contrarrestan esta debilidad mental aparente y nos sirven de ejemplo de superación e inspiración. 

Una vez me contó que él siempre había tenido muchos miedos, y que recordaba especialmente el miedo a volar. Resulta que cuando él era joven sucedieron varios secuestros de aviones y eso lo marcó tanto, que no podía evitar pensar que le iba a suceder a él y dándole todas las vueltas posibles, no pudo evitar desarrollar fobia a viajar en avión.

En poco tiempo y por obligaciones laborales no tuvo más remedio que volar controlándose. (Aunque más que eso, yo creo que conoció a mi madre y en el primer viaje de vacaciones no quiso que se llevara la impresión equivocada y se tragó el miedo como pudo…al fin y al cabo los espalda plateada ¡no tienen miedos!). Después de esa experiencia, poco a poco se fue controlando y recuperó la calma.

De hecho, la recuperó hasta tal punto, que cuando yo era pequeña, el recuerdo de viajar en avión con mi padre era todo lo opuesto a algo dramático y miedoso. Él se dedicaba a hacer una imitación (que a mí me parecía chistosísima) del piloto. Daba mensajes a la cabina, accionaba palancas invisibles y presionaba botones imaginarios con todos los efectos sonoros incluidos, mientras yo me reía y le ayudaba con algunos botones y mi madre deseaba estar viajando en otro avión.

Lo más divertido era el momento de despegar (cuando el avión se para en una especie de paso de cebra y luego acelera a fondo para despegar). Era divertidísimo oír a mi padre ir diciendo “nos vamos, nos vamos, nos vamos, ¡NOS FUIMOS! Justo cuando el avión tocaba por última vez el suelo.


Después, como todo el mundo (me imagino) íbamos comentando lo insignificantes que se veían las cosas desde allá arriba, pero casi en seguida, sacábamos la revista de la compañía, que suele tener en las últimas páginas el mapa con todas las rutas, e inspeccionábamos las trayectorias y los modelos de avión que las harían, y miles de ocurrencias más. (Ya comenté que el tener tema de conversación con mi padre era lo más sencillo del mundo).

Cuando yo era más mayor, mi padre solía viajar bastante y no precisamente en vuelos cortos. Un día le pregunté si cuando iba solo le volvían los pensamientos de miedo y terror y me contestó: 

“Para nada, ahora es al contrario, he pasado al otro extremo, es subirme al avión y no puedo evitar quedarme dormido (¡creo que debo roncar mucho!). Eso sí, como no quiero quedarme sin comida, lo que hago antes de dormirme es abrir la bandeja del asiento de delante y me pongo un cartelito en el que he anotado  “por favor, despiérteme para la cena” 

Y… ¡era verdad!

Esa imagen del cartelito me hizo reír a carcajadas y a él también.

¿Quién va a tener miedo acordándose de todo esto, verdad Titmío?


Hijitamía.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sobre lo impredecible

Como ya dije antes, nunca me faltan motivos que me precipiten un recuerdo de mi padre. 
La mayoría son obvios, como ver por la calle un cartapacio de la revista Reader’s Digest (o Selecciones en España) a la que estuve suscrita desde mis 5 años, (idea de mi padre).

Para mí esa revistita llena de historias dramáticas, de superación, amistad, humor, etc., constituyó una fuente de motivación para leer importante, sin olvidar el orgullo que supuso el que llegara correo a mi nombre (para esta niña de 5 años eso era emocionantísimo).

Así pues, por 22 años mi padre y yo nos esperamos el uno al otro para leer las selecciones y comentar lo más destacable. No era extraño que al ver esa carpeta, el recuerdo fuera instantáneo.



Lo insólito, sin embargo, es la cantidad de veces que le recuerdo a la hora de cocinar. Digamos que sus habilidades culinarias no entran dentro de la categoría “no saber freír ni un huevo” porque precisamente esa era su única especialidad.

Hacía los mejores huevos revueltos y tortillas del mundo (siempre y cuando no le diera por ponerse “creativo” y echarles mejillones con queso y maíz, por ejemplo).

El secreto estaba definitivamente en el batido de los huevos. Tenía la capacidad de batirlos igual o mejor que cualquier batidora eléctrica y el resultado era una textura extra esponjosa que a todos nos encantaba.
No voy a mentir, el día que se puso “creativo” fue toda una experiencia. Él estaba encantado por nuestra insistencia y cumplidos cual aclamado chef.  Cuando nos sirvió semejante mezcla de ingredientes imposibles, no tuvimos el valor de rechazarlos. Todavía recuerdo nuestras miradas de “calla y come, pobre hombre, con lo que se ha esmerado”.

Sea como fuere, esa anécdota no dañó su reputación y por eso cada vez que tengo que batir huevos aparece el recuerdo automaticamente.

Antes de poder atormentarme por su ausencia “ojalá estuviera mi padre aquí” la situación se vuelve cómica al seguir la frase “para batir los huevos”.

Por descontado, la ridiculez de todo el asunto hace que el humor se haga dueño del momento al más puro estilo del papá. Seguro que la idea de ser recordado por la forma de batir los huevos le hubiera parecido buenísima, hubiera dicho algo así como “No se puede competir con la <máquina total>”.





Hijitamía.