Mi padre era una persona muy reflexiva, le gustaba 'filosofar' y compartir sus conclusiones. A estas alturas del año, los recuentos, resúmenes y valoraciones de lo vivido son casi inevitables. Una vez más se me vienen a la cabeza sus palabras, sus dichos:
1. "No somos nada" : Enfatizando lo efímera que es la existencia, lo débiles que somos y por lo tanto, la gran urgencia de aprovechar y disfrutar cada momento.
2. "Esta vida es un chiste" : Enfatizando la carcajada.
3. "¿De qué sirve saltar por mucho que pique?" : Este lo intento aplicar siempre que puedo, pero no es tarea fácil.
Así que, tras repetirme a mí misma todas estas reflexiones, trato de recordar algo que me haga reír y (cómo no, otra vez) gracias a mi padre, lo consigo. Entonces es cuando se me viene a la cabeza el cuarto dicho:
4. " Somos una cuasi-mierda" : "Si fuéramos una mierda, ¡ya nos habríamos ido por el wáter!"
Y entonces hay que reírse, porque esta vida es un chiste.
Hijitamía.
lunes, 29 de diciembre de 2014
sábado, 29 de noviembre de 2014
Sobre el primer año
→ Se necesita leer junto con esta entrada la siguiente "Sobre la historia que he mencionado antes"←
La gente mira al cielo y ve nubes, pero todos miran a nubes diferentes. Los melancólicos ven su tristeza reflejada, los científicos efectos colaterales, los optimistas una fuente de inspiración inagotable, los ingleses no ven nada de raro y los viajeros una señal de posible cambio de planes. Todas esas nubes son comunes y corrientes. Tú tendrás nubes como nadie las ha tenido.
Cuando mires al cielo por la mañana, como yo habitaré en una de ellas será para ti como si todas las nubes tuvieran bigote, ¡tú tendrás nubes con bigote!
Y ya ha pasado un año desde que mi padre nos dejó.
La gente mira al cielo y ve nubes, pero todos miran a nubes diferentes. Los melancólicos ven su tristeza reflejada, los científicos efectos colaterales, los optimistas una fuente de inspiración inagotable, los ingleses no ven nada de raro y los viajeros una señal de posible cambio de planes. Todas esas nubes son comunes y corrientes. Tú tendrás nubes como nadie las ha tenido.
Cuando mires al cielo por la mañana, como yo habitaré en una de ellas será para ti como si todas las nubes tuvieran bigote, ¡tú tendrás nubes con bigote!
(*Adaptación de un extracto de “El Principito”
de Antoine de Saint-Exupéry)
Y ya ha pasado un año desde que mi padre nos dejó.
Esto va a sonar un poco raro,
pero en este año he pensado tanto en mi padre que la única comparación que se
me ocurre es la de estar enamorado/a. Como cuando estás en esa situación en la
que hagas lo que hagas tienes a esa persona en tu cabeza y de repente todo te
recuerda a ella; no importa si estás escuchando una canción, leyendo un libro,
comiendo un plato de sopa o caminando por la calle, cada cosa que ves, oyes,
hueles, en definitiva, sientes te recuerda a esa persona, pues así he pasado yo
este primer año sin ver, oír, oler o tocar a mi padre.
No importaba que me quisiera
evadir de la realidad y evitar ver cualquier cosa dramática viendo mis series
de comedia preferidas, durante este último año ha habido en todas un capítulo
en que se le moría el padre a alguno de los protagonistas (lo mismo me ha
pasado con las películas).
No importaba qué libro leyera que
al fin y al cabo alguien se iba a morir o a contar la historia de que su padre
se había muerto.
No importaba que conociera a
gente nueva y fueran para mí nuevas fuentes de amistad y diversión, también se
les había muerto el padre. (no a todos, claro, pero la proporción y la
casualidad es grande).
No importaba de lo que estuviera
hablando porque siempre se me venía a la cabeza “pues mi padre un día…”
Y tampoco importaba que no
hiciera absolutamente nada, que de alguna forma acabaría pensando en mi padre
enlazando el mínimo detalle de la escena en la que me encontrara con algún
remoto recuerdo que me evocaría miles de pensamientos e historias sobre mi
padre.
La mayoría de personas que he
conocido que han pasado por esto intentan evitar los recuerdos, porque les
parece que son demasiado dolorosos. Cada uno tiene sus estrategias y se ve que
a mí me funciona lo contrario, o que simplemente no encajo muy bien el hecho de
que alguien desaparezca y estoy obsesionada con retenerlo aquí aunque sea a
base de pensamientos.
Para mí no es doloroso recordar
la voz de mi padre, recordar su cara e imaginármela en la mente como si la
estuviera viendo con el zoom al máximo, no es doloroso ver su brocha de afeitar
cada mañana en el baño y tampoco es doloroso mirar la hora en su reloj
enganchado a mi muñeca, para mí es como si pasara un rato conmigo, es como si
cada mañana fuera a bajar a afeitarse cuando yo acabara de ducharme, es como si
me acompañara. O a lo mejor me aferro a todo
esto, para no recordar nada negativo, nada que “rime” con muerte, desaparecer,
drama, injusticia, miedo, terror. En realidad nada de eso, en realidad creo que
es lo único que sé y puedo hacer, de hecho hace unos días puse en práctica esta
estrategia automática cuando me encontraba en el metro:
Eran las 15:30 de la tarde y en cierta estación los vagones se llenan hasta tal punto de no tener la necesidad de agarrarse a ninguna barra porque las personas de delante, de atrás y de los lados no dejan que te muevas del sitio.
Al no poder ni sacar un libro, jugar a algún juego del móvil o buscar los auriculares para ponerte música, no queda otro remedio más que entretenerse mirando las caras de la gente. De repente, cómo no, un señor con bigote, unas facciones parecidas, un sombrero de pana y sin darme cuenta me encuentro buscando entre las fisonomías de la gente la cara de mi padre.
Sin saber cómo, empecé a sentir una sensación de angustia, como si estuviera buscando a alguien desesperadamente que no aparece, hasta que caí en cuenta de que mi padre no se iba a subir al vagón y dejé de mirar las caras de la gente. En ese momento sentí lástima de mi misma y sentí que estaba a las puertas de la tristeza absoluta. Sin embargo y de nuevo sin saber por qué, se me vino uno de los recuerdos de mi padre, uno de esos como los pocos que he usado para llenar este blog y entonces me reí.
Eran las 15:30 de la tarde y en cierta estación los vagones se llenan hasta tal punto de no tener la necesidad de agarrarse a ninguna barra porque las personas de delante, de atrás y de los lados no dejan que te muevas del sitio.
Al no poder ni sacar un libro, jugar a algún juego del móvil o buscar los auriculares para ponerte música, no queda otro remedio más que entretenerse mirando las caras de la gente. De repente, cómo no, un señor con bigote, unas facciones parecidas, un sombrero de pana y sin darme cuenta me encuentro buscando entre las fisonomías de la gente la cara de mi padre.
Sin saber cómo, empecé a sentir una sensación de angustia, como si estuviera buscando a alguien desesperadamente que no aparece, hasta que caí en cuenta de que mi padre no se iba a subir al vagón y dejé de mirar las caras de la gente. En ese momento sentí lástima de mi misma y sentí que estaba a las puertas de la tristeza absoluta. Sin embargo y de nuevo sin saber por qué, se me vino uno de los recuerdos de mi padre, uno de esos como los pocos que he usado para llenar este blog y entonces me reí.
(*Imagen del libro Wonder de R.J. Palacio)
viernes, 28 de noviembre de 2014
Sobre la historia que he mencionado antes
Mi padre sólo viajó una vez en su
vida a Inglaterra. No hablaba inglés, pero como no tenía vergüenza de nada,
pues si hacía falta se lo inventaba y con la facilidad gestual que tenía se
hacía entender.
Resulta que cuando aterrizó, nos
contó cómo en el avión se había sentado al lado de una señora mayor, que a
mitad de trayecto le había empezado a hablar en inglés. Al principio mi padre
hizo lo que todo el mundo hace: sonreír y afirmar con la cabeza, hasta que la
señora empezó a entablar conversación y ya mi padre tuvo que decir el famoso: “I’m
sorry, I don’t speak English” acompañado de cara de sorpresa mezclada con
circunstancia (por el esfuerzo) y negando con la mano (por si acaso no quedaba
bien clara la declaración). Pero la señora siguió hablando en inglés hasta que
ya mi padre no tuvo más remedio que darle explicaciones en español con gestos,
y entonces, pasó algo inesperado: la mujer se quedó mirándolo y de repente se empezó
a desternillar de la risa y le contestó en un castellano perfecto: “Pensaba que
me estaba tomando el pelo, no me puedo creer que usted no sea británico, ¡con
esa cara de Bulldog Inglés que tiene!”
Mi padre contaba esta historia cada vez que alguien sacaba el tema Inglaterra o derivados, creo que fue una de las anécdotas que más gracia le ha hecho en su vida y se reía a carcajadas cuando llegaba a la parte de pronunciar “Bulldog Inglés”, de hecho siempre repetía el nombre dos veces, estaba encantado con esa comparación (es lo que pasa cuando tienes un sentido del humor como el de mi padre).
Mi padre contaba esta historia cada vez que alguien sacaba el tema Inglaterra o derivados, creo que fue una de las anécdotas que más gracia le ha hecho en su vida y se reía a carcajadas cuando llegaba a la parte de pronunciar “Bulldog Inglés”, de hecho siempre repetía el nombre dos veces, estaba encantado con esa comparación (es lo que pasa cuando tienes un sentido del humor como el de mi padre).
“y entonces me reí”.
Hijitamía.
miércoles, 29 de octubre de 2014
Sobre las pequeñas idiosincrasias
Esta es una de esas lecciones que
aprendes cuando admiras lo que ya no tienes.
Los momentos cotidianos, la
rutina, el día a día, la vida y los
rasgos de aquellos que nos acompañan en este viaje se vuelven tan comunes que
dejamos de asombrarnos de aspectos que probablemente sean únicos e irrepetibles.
Este es en realidad el corazón de
este blog, aparte de ayudarme a pensar en todo lo positivo y alegre que me
enseñó mi padre, me asegura la memoria de sus pequeños gestos distintivos.
1. El
“silbido de entrada” de mi padre cada vez que cruzaba la puerta. Sí, tenía una
sintonía al más puro estilo timbre, que silbaba cada vez que llegaba, no había
reparado en lo original que era, hasta que he dejado de oírlo.
2. La
forma de darme la mano con un solo dedo.
3. La
mueca más característica de mi padre cuando la situación requería una de dos:
fuerza o concentración: sacar la lengua por un lado de la boca y mantenerla
mordida.
4. El
idioma que tenía con los animales: sobre todo perros y caballos (créanlo o no,
le hacían caso).
5. Hacer
la misma broma al despedirnos día tras día, siempre (y no exagero). Su objetivo
era que contestáramos “¿qué?” y para ellos nos preguntaba cosas en lenguaje
inventado.
Ej: Después de
despedirnos y salir a pedir el ascensor mi padre gritaba:
“¡Hijita!
Taestayá?” y yo contestar “¿qué?” y él soltar la carcajada (sí, a mi padre y a
mi familia en general nos va tanto el humor refinado como el humor más
estúpido, rasgo que agradezco profundamente haber heredado).
El hecho es que
consiguió tres veces que yo dijera “¿qué?” pero luego ya nunca más caí, aunque
eso no impidió que siguiera repitiendo la broma día tras día, aunque el diálogo
cambiaba además del tiempo que invertíamos, en realidad se convirtió en una
especie de rutina de despedida.
Papá: “¡Hijita!
¿tatuntarso?"
Hijita: “Sí,
claro ¿y tú también?”
Papá: “¿yo? La
semana pasada, ¿taestayá?"
Hijita: “por
supuesto”
Papá: "Ahh bueno,
ves con cuidado, ¿okey?"
Hijita:
“¡hasta mañana papá!”
Y un largo etcétera que seguiré recordando día
tras día.
Hijitamía.
Sobre volver al pasado
Mi último viaje a casa (antes de
que mi padre ingresara en el hospital) pasé mucho tiempo de calidad con él, y
me impresionó un poco las veces que recordaba hechos del pasado, de cuando yo
era pequeña y pasar el rato con mi padre era el mejor plan que una niñita podía
desear.
Se me quedaba mirando y de
repente soltaba (con su mejor imitación de voz de su hijita de tres años)
“¿vamos a ver los patitos papá?”; “en este bosque no hay lobos, ¿verdad papá?”
a mí me encantaba, pero al mismo tiempo me preguntaba por qué recordaba
precisamente eso.
Eran particularmente dos días;
uno en el que me llevó a una visita de trabajo y de paso nos paramos en un lago
a ver los patos, disfruté tanto, que casi cada día le pedía que me llevara a
ver los patitos. Otro día que recordaba era uno en el que habíamos recogido a
una amiga de mi prima e íbamos en el coche, mi prima, su amiga y yo, por
causas fisiológicas mi padre se vio obligado a hacer un “pipí-stop” en la carretera
en una zona de bosque, salimos las tres del coche y al cabo de 10 segundos mi
padre me recuerda volviendo y preguntando “papá, en este bosque no hay lobos,
¿verdad?” a lo que él respondió con una carcajada y me dijo que no me
preocupara y que me acompañaría.
Yo me encuentro ahora haciendo lo
mismo y volviendo al pasado diariamente para acordarme de mis momentos de
pequeñita con el papá, sobre todo se me repiten dos recuerdos: jugando al
“baño”: sentándome de lado en su regazo
como si fuera el “váter” y su mano la cisterna y al “soltar el agua” mi padre
abrir las piernas y yo morirme de la risa al quedar colgando (aunque cuando la
“cisterna” no “funcionaba” y él la arreglaba “poniendo tornillos” que era
hacerme cosquillas, no sé si me gustaba más).
Otra cosa que visualizo a menudo
es tener pintado un reloj a boli en la muñeca y sentirme orgullosísima de él,
porque “funcionaba”. Mi padre me pintaba día sí y día también un reloj en la
muñeca y me decía que me lo pusiera al lado de la oreja para comprobar que
funcionaba, y siempre que él me lo decía oía un tic-tac perfecto que me
fascinaba. (Luego descubrí que lo hacía chasqueando las uñas una por debajo de
la otra de los dedos pulgar y corazón).
Cuando pienso en estas cosas se
me vienen recuerdos de mi hermano de pequeño, con casco de constructor clavando
puntillas en un tablón de madera con un mini martillo con mi padre, recuerdo a
mi padre señalarle cada tractor con pala que veía por la calle, recuerdo cómo
mi hermano veía fotos de mi padre de pequeño y decía que era él, pero uno de
los recuerdos más graciosos es cuando mi hermano (de unos tres años también) al
ver a “Papá Noel” el 24 de diciembre con su saco de regalos, con su barriga, su
barba, su “Ho Ho Ho” se le acerca y le dice “papá se te ha olvidado quitarte
las gafas”, y podría seguir con recuerdo tras recuerdo, y entonces ya no me
pregunto por qué mi padre recordaba estas cosas.
Hijitamía.
lunes, 29 de septiembre de 2014
Sobre ser consciente de todas las pequeñas cosas
Desde muy pequeña mis padres han intentado que fuera
consciente de las diferentes realidades de esta vida y de lo afortunados que
éramos por tener una buena calidad de vida (facetas socio-económicas, sanitarias,
educativas, culturales, políticas, etc., del momento y el lugar en el que
vivíamos) pero también a valorar las cosas de una forma más detallada, a darle
importancia a hechos tan cotidianos que pasan desapercibidos y de esta forma
aunque alguna de las cosas importantes falle, siempre nos quedará el disfrute
de las pequeñas cosas de la vida.
Un recuerdo recurrente en relación a este tema es la
reflexión que me hizo mi padre un día cuando era pequeña y no podía dormir. Me
hizo pensar en la suerte que tenía de tener una cama y una almohada tan cómoda,
me dijo que el placer de poner la cabeza sobre una almohada fresquita y blanda
era algo que no se podía desaprovechar y que tenía que dormir y disfrutarlo y
ya no recuerdo nada más porque me dormí.
Muchos años después, estando mi padre enfermo en el hospital,
hubo muchas noches sin poder dormir bien, pero una en cuestión en la que
parecía que no habría ni media horita de sueño. De repente se me vino a la
mente todo lo anterior y le repetí exactamente sus palabras, (la clave es
aislar lo positivo por pequeño que sea y agarrarnos a ello para poder
disfrutarlo) aunque estuviéramos en el hospital tenía una cama y una almohada
cómoda y tocaba dormir y así fue.
Desde entonces intento no consultarle nada a la almohada,
simplemente le agradezco el hecho de estar allí y duermo, ya mañana será otro
día.
Hijitamía.
Sobre no desaprovechar ninguna aventura
Siempre que cualquier situación nueva me asusta (que suelen
ser la mayoría, por pequeñas que sean) intento tomármelo en vez de como una
“maldición” como una “aventura”, tengo mis pequeños trucos y frases mentales, (porque
la cosa no es fácil) pero lo que más resuena en mi cabeza es la frase de mi
padre que una vez nos dijo a mí y a mi prima con su mejor voz al más puro
estilo de Constantino Romero:
“Empieza la aventuraaa de Port Aventuraaa: chan chan chaaaan”
(Lo de chan chan
chaaan era una muletilla típica de él para todo momento de sorpresa/ éxito, el
tono de los “chans” va subiendo de más grave a más agudo, ¡ojo! no leer en tono
suspense)
Ese día mi padre, mi madre y mi tía decidieron sorprendernos
a mi prima y a mí con un viaje sorpresa a Port Aventura y con esa frase se le
ocurrió a mi padre despertarnos. Parece mentira, pero siempre me he acordado de
su ilusión al darnos la noticia, casi que estaba más emocionado él, porque
obviamente nosotras todavía no habíamos procesado el hecho de que nos íbamos.
Estoy segura de que ese entusiasmo es la clave de todo, y
aunque ya no me vaya a Port Aventura, siempre que lo necesite seguiré oyendo su
voz…
“Empieza la aventuraaa…”
Hijitamía.
viernes, 29 de agosto de 2014
Sobre el cómo decir Te quiero
Este recuerdo no tiene anécdota, ni tampoco gracia, simplemente es un dato
especial.
Mi padre era una persona cariñosa, decir "te quiero" no era raro en él, pero sí que era única la manera en que me lo decía, y eso siempre me encantó, no me dijo nunca te quiero a secas ni tampoco mucho ni muchísimo siempre era "tanto":
"¡Te quiero tanto hijita!"
Hijitamía.
Mi padre era una persona cariñosa, decir "te quiero" no era raro en él, pero sí que era única la manera en que me lo decía, y eso siempre me encantó, no me dijo nunca te quiero a secas ni tampoco mucho ni muchísimo siempre era "tanto":
"¡Te quiero tanto hijita!"
Hijitamía.
Sobre Pedro Picapiedra
Una de las características más destacables de mi padre (como ya he
comentado) era su esencia payasil y con ella su don para hacer onomatopeyas
únicas, sus incontables muecas, su afán por sacar el chiste de cada
situación. En fin, con tal de hacer reír a los demás y convertir una
situación "neutra" en una chistosa era capaz de todo.
En particular recuerdo estar en el coche toda la familia y empezar a
"picarle" diciéndole que si se quitaba su (siempre presente y mítico)
mostacho sería igualito a Pedro Picapiedra.
En cuanto llegamos a casa se metió en el baño y tras unos largos minutos abrió la puerta gritando:
Fuimos todos corriendo a verle y tuvimos un ataque de risa colectivo. Ver a mi padre sin su enorme bigote (que sin duda alguna era su seña de identidad) y saber que lo había hecho sólo para provocar ese "momento sorpresa" me pareció y todavía me parece increíble.
Hijitamía.
En cuanto llegamos a casa se metió en el baño y tras unos largos minutos abrió la puerta gritando:
"Wilmaaa ya estoy en casaaa!"
Fuimos todos corriendo a verle y tuvimos un ataque de risa colectivo. Ver a mi padre sin su enorme bigote (que sin duda alguna era su seña de identidad) y saber que lo había hecho sólo para provocar ese "momento sorpresa" me pareció y todavía me parece increíble.
Hijitamía.
martes, 29 de julio de 2014
Sobre el tema de conversación, o sobre tener un don
Esta es una lección implícita en la forma de ser de mi
padre: sencillamente tenía la habilidad de mantener / sacar o inventar temas de
conversación en sesión continua, de modo que nunca (NUNCA) había silencios
incómodos (si acaso comentarios incómodos, porque siempre te puedes encontrar a
la persona que no le hace gracia nada,
pero era un riesgo que había que correr… jajaja).
Esto es algo que me costó reconocer y admirar, pues cuando
era más joven e iba a sitios con mi padre, lo que menos quería era que se
pusiera a hablar conmigo e incluyera a demás gente (ej. En una sala de espera,
en la cola del supermercado, etc.). Sentía la típica “vergüenza de hija”.
Pero cuando fui más mayor y empecé a valorar el poder de la
comunicación en sí, la alegría que se puede transmitir con sólo un comentario a
un dependiente, un chiste a una recepcionista, una puesta en común de síntomas
a un paciente solo en una sala de espera, etc. Y lo difícil que es encontrar a
gente que se lance a ello, pues casi todo el mundo va “a lo suyo” y no repara
en conectar con los demás al margen de lo estrictamente necesario.
Un día reflexioné sobre
todos los momentos que pasaba con mi padre y cómo nunca me había aburrido, pues
siempre tenía algo de qué hablar, algo que cuestionar, algo de qué burlarse
independientemente de la situación en la que estuviera.
Su actitud hacia los demás me demostró lo importante que es
el no ser amargado, conectar con buen humor, tomárselo todo “con filosofía”
(como decía él) porque...
“¡esta vida es un chiste!”
Hijitamía.
Sobre la paciencia y la perseverancia
Mi padre siempre me dijo que la paciencia ayudaba a tener
perseverancia y determinación (se refería principalmente a la paciencia con uno
mismo).
Siempre me ponía de ejemplo a “los ingleses”.
“hay que ser como los ingleses, ¿nunca has ido a la campiña
inglesa y has visto todas esas casas con sus vallas perfectamente blancas?, es
porque ellos son así de metódicos y pacientes, no tienen ningún problema en
pasarse días pintando hasta que la valla está blanquita, así hay que ser en la vida.”
(Creo que ya no tengo ninguna duda de por qué toda la vida
me quise mudar a Inglaterra…)
Hijitamía.
domingo, 29 de junio de 2014
Sobre cómo controlar el pánico y acabar disfrutando
Cualquier persona que me haya conocido de pequeña tendrá el
recuerdo de que era una miedosa empedernida.
Uno de mis miedos eran las atracciones de feria (particularmente montañas rusas) pero yo quería disfrutar, quería pasármelo bien y no quería ser la única miedosa.
Mi padre se ofreció a montarse conmigo, y me prometió que me agarraría. Sin embargo, por mucho que me agarrara yo en la primera bajada sentí el estómago rebotándome contra la garganta y el pánico se apoderó de mí. Mi padre, (que ya veía que iba a tener que pedirle al buen hombre que accionaba la atracción que hiciera una parada de emergencia), decidió intentarlo una vez más y me dijo que tenía que cerrar los ojos y gritar con todas mis fuerzas y que ya vería como disfrutaba, que él también lo haría y nos reiríamos juntos.
Y así fue, en la segunda bajada grité con todas mis fuerzas pero por encima de mi voz oí gritar a mi padre de una forma graciosísima porque por el movimiento se le rompía la voz, cosa que hizo que me riera a carcajadas y al abrir los ojos también lo vi reír a él.
Ese día nos montamos varias veces más, y desde entonces me encantan las montañas rusas.
Uno de mis miedos eran las atracciones de feria (particularmente montañas rusas) pero yo quería disfrutar, quería pasármelo bien y no quería ser la única miedosa.
Mi padre se ofreció a montarse conmigo, y me prometió que me agarraría. Sin embargo, por mucho que me agarrara yo en la primera bajada sentí el estómago rebotándome contra la garganta y el pánico se apoderó de mí. Mi padre, (que ya veía que iba a tener que pedirle al buen hombre que accionaba la atracción que hiciera una parada de emergencia), decidió intentarlo una vez más y me dijo que tenía que cerrar los ojos y gritar con todas mis fuerzas y que ya vería como disfrutaba, que él también lo haría y nos reiríamos juntos.
Y así fue, en la segunda bajada grité con todas mis fuerzas pero por encima de mi voz oí gritar a mi padre de una forma graciosísima porque por el movimiento se le rompía la voz, cosa que hizo que me riera a carcajadas y al abrir los ojos también lo vi reír a él.
Ese día nos montamos varias veces más, y desde entonces me encantan las montañas rusas.
Hijitamía.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)











