Sin duda alguna, el amor por los
animales lo he aprendido de mi padre. Cuando era pequeña soñaba con tener un
perro y dormir abrazado a él. También quería tener corderitos, vacas, cabras y
pollitos (quizás esto último más que a mi padre se lo deba a Heidi y a su
abuelito). El hecho es que mi padre me ayudó a cumplir ese sueño regalándome mi
primer perro a los 4 años; un caniche blanquito llamado “Veneno” que hacía
honor a su nombre. Desde entonces, hemos tenido la suerte de poder contar en
casa con muchos otros animales como: gatos, gallinas, conejos, ocas y caballos.
Caballos: la gran pasión de mi
padre.
No he visto a nadie tener tanta
sintonía con esos animales (sin dedicarse profesionalmente, claro) como mi
padre. De hecho, el tema ecuestre se hacía presente en sus conversaciones más
de lo que uno cabría esperar, no sólo como temática sino como fuente de
metáforas, comparaciones y ejemplos de lecciones médicas, por extraño que
parezca. El hecho es que le fascinaban.
Tengo miles de recuerdos de mi
padre con sus caballos, pero la primera imagen que se me viene a la mente, es
la de unos diez caballos pastando tranquilamente en un terreno y mi padre
ponerse en medio y empezar a hablarles. (Se me había olvidado comentar que mi
padre hablaba equino jajajaja). Y justo después ver como los caballos empezaban
a trotar alrededor de él. Al cabo de unos minutos volvía a gritar algo ininteligible para mi oído excepto por “cambio” y ver como todos los caballos
daban media vuelta y empezaban a trotar en sentido contrario. Soy consciente de
que los caballos se doman y adiestran, pero hay que tener algo especial para
lograr eso sólo con tu propia voz, y él lo tenía.
Lo recuerdo montándose en un
caballo gordísimo que apenas se movía, a pelo, en mocasines y gritar “¡Que
vienen los indios! ¡A llevarlo!” y ver como el caballo salía despavorido
galopando, pasar por enfrente mío galopando y decir “¡Un indio! Tua-Tua”
(disparándome con la mano) y yo morirme de la risa.
*Que nadie se ofenda, lo de los
“indios” era por su gran afición a las películas de vaqueros.
Recuerdo un verano en particular,
que le invitaron a participar en las carreras del pueblo, y decidió participar
con un caballo casi enano. Entre el tamaño del animal y la envergadura de mi
padre, la imagen final era casi como la de un hombre montado en una cabra. Era
ridículamente gracioso, cosa que hacía que mi padre disfrutara el doble.
Todos fuimos a verle y estábamos
expectantes a la vez que un poco avergonzados al comparar al “hombre con cabra”
con el resto de participantes con sus equipos y caballos altos y esbeltos.
El caso es que tras el
pistoletazo de salida, se oye el grito de mi padre “¡A llevarlo! ¡Que vienen
los indios!” y a continuación se ve al caballo cabra salir como un rayo y
galopar tan velozmente que mi padre se dio el lujo de parar en la segunda curva
del recorrido (una chulería que le colmó de felicidad) y esperar a la
competencia hasta que estuvo lo bastante cerca para volver a advertir a su
“bestia” sobre los “indios” y galopar hasta la meta y conseguir el primer
puesto.
Fue genial, pero más genial fue
presenciar la euforia de mi padre y escuchar cómo repetía “¿Viste cómo me paré
a esperarlos a todos en la curva hijita, lo viste?” y reírse a carcajadas.
-Sí que lo vi papá y ¡todavía lo
sigo viendo!-
Hijitamía.