Como ya he comentado antes, el
afán protector de mi padre iba más allá del límite temporal. Se desesperaba
tanto de ver que su hijita tenía algún tipo de dificultad, que ideaba todo tipo
de soluciones inmediatas. Aunque en la gran mayoría efectivas, nunca hubo
tiempo de calcular los posibles efectos adversos. Aquí van tres ejemplos:
Una
cuestión de piojos:
Una noche del
verano del noventa y poco, empecé a notar algo raro en mi cabeza, me picaba y
notaba como bultos por todo. Traté de no prestarle mucha atención, pero en poco tiempo me
desesperé. Mi padre me revisó la cabeza y de repente vio algo extraño, yo entré
en pánico y por contagio él también. Como digo, mi padre no toleraba ver que no
podía solucionar todo, así que en cuestión de segundos me hizo salir de la casa
y poner la cabeza hacia abajo, noté que usaba un spray mientras decía “¡uno!” y
cogía algo de mi pelo, “¡otro!” y así repetidamente hasta que dijo “¡listo!”
Y esta es la
historia de la exterminación de piojos más rápida del mundo llevada a cabo por
mi padre con la ayuda de sus manos y un bote de matamoscas (o “fli”).
Una
cuestión de puntos:
Esta vez se
trata de un día del verano del noventa y poco, cuando inesperadamente me caí de
la bici y me abrí la barbilla. Tuve que ir de urgencias y me pusieron 6 puntos.
Tal fue mi trauma que me negué a volver para que me quitaran los puntos. Así
que cuando mi padre vio que estaba tan asustada volvió a tomar una decisión
exprés de las suyas. Me dijo, “espera un momento hijita” y se fue a otra habitación.
Al cabo de un rato me llamó, se había sentado en una mesita y tenía un vaso de
alcohol, y su famosa y adorada navaja suiza. Sacó de la navaja unas pinzas y
desplegó las tijeritas, sumergió todo en alcohol y me quitó los puntos uno por
uno mientras se felicitaba a sí mismo por el buen trabajo de cirujano que
estaba haciendo. Yo mientras tanto, a pesar de estar aliviada de no tener que
ver al “monstruo” que me cosió (sin anestesia) pasaba pena de que a mi padre le
fallaran los cálculos. No fue así afortunadamente y otra solución veloz que
salió bien.
Una
cuestión de vista:
Cuando llevas
gafas desde los dos años permanentemente, la opción de que te pongan lentillas
es casi como un sueño. Mi sueño se hizo realidad a los 12 años. ¡Por fin llegó
el día en que iría por primera vez al cole sin gafas! no me lo podía creer. Sin
embargo, la felicidad no duró tanto, ya que me pasé más de media hora en el
baño y no fui capaz de ponerme las lentillas: se me cerraban los ojos, se me
caían las lentillas, se me doblaban, se me quedaban pegadas en el dedo…en fin…un
drama… Me fui al cole sin gafas, pero sólo porque necesitaba secarme las lágrimas
de los ojos por el camino (no porque llevara mis lentillas). Mi padre al ver mi
frustración decidió tomar cartas en el asunto y se le ocurrió que nos
levantaríamos los dos media hora antes de lo previsto para tener más “margen de
maniobra”, porque Él iba a
lograr que me fuera con las lentillas puestas. El plan fue así: yo me tumbaba
boca arriba aguantándome los párpados para evitar que se cerraran por reflejo y
mi padre cogía las lentillas con sus dedos rechonchos y las “tiraba” sobre mis
ojos como quien pone gotas contra la conjuntivitis…
Y así, aunque
parezca mentira, es como logré llevar lentillas por primera vez.
Así era mi
padre: creativo y de decisión rápida. No puedo decir que no me sienta
identificada. Sin embargo, mi naturaleza reflexiva no me dejaría tomar según
qué decisiones por miedo a que las cosas no salieran como se espera… (o quizás
es que digo esto porque no tengo hijos y realmente así son los padres, con tal
de solucionar cualquier malestar a sus hijos…)
De hecho,
ahora que lo pienso, me vienen más recuerdos de otros padres añorados que
reaccionaban de forma tan inmediata como el mío. En especial recuerdo al padre
de mi amiga M. que después de ver nuestra preocupación porque la enciclopedia
no nos daba la información necesaria, se pasó toda una tarde llamando varias
veces al servicio de información (no había internet) con tal de ayudarnos a hacer
un proyecto del colegio. Nos explicó que podíamos llamar y preguntar, pero
ninguna accedió, así que no tuvo más remedio que seguir llamando a cada duda
que surgía… ¡Fue nuestro héroe!
-Papá, espero algún día ser tan empática, veloz y recursiva como tú, ¡mil gracias por tu ayuda!-
(Eso sí, lo del fli me parece que no lo repetiría...)
Hijitamía.
