domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cómo superar los miedos II: Dedicado al Titmío.

Mi padre era una persona muy fuerte, pero a la vez muy impresionable, de esas que les dan cien mil vueltas a las cosas y se imaginan en todos los escenarios posibles. De esas que compran un extintor para el hogar o tienen una cuerda gruesísima para emergencias “por si los bomberos no llegaran a tiempo, vosotros poder bajar por la cuerda”. 

Como consecuencia los hijos también salimos impresionables.

Afortunadamente, tenemos historias dominadas por una fuerte voluntad que contrarrestan esta debilidad mental aparente y nos sirven de ejemplo de superación e inspiración. 

Una vez me contó que él siempre había tenido muchos miedos, y que recordaba especialmente el miedo a volar. Resulta que cuando él era joven sucedieron varios secuestros de aviones y eso lo marcó tanto, que no podía evitar pensar que le iba a suceder a él y dándole todas las vueltas posibles, no pudo evitar desarrollar fobia a viajar en avión.

En poco tiempo y por obligaciones laborales no tuvo más remedio que volar controlándose. (Aunque más que eso, yo creo que conoció a mi madre y en el primer viaje de vacaciones no quiso que se llevara la impresión equivocada y se tragó el miedo como pudo…al fin y al cabo los espalda plateada ¡no tienen miedos!). Después de esa experiencia, poco a poco se fue controlando y recuperó la calma.

De hecho, la recuperó hasta tal punto, que cuando yo era pequeña, el recuerdo de viajar en avión con mi padre era todo lo opuesto a algo dramático y miedoso. Él se dedicaba a hacer una imitación (que a mí me parecía chistosísima) del piloto. Daba mensajes a la cabina, accionaba palancas invisibles y presionaba botones imaginarios con todos los efectos sonoros incluidos, mientras yo me reía y le ayudaba con algunos botones y mi madre deseaba estar viajando en otro avión.

Lo más divertido era el momento de despegar (cuando el avión se para en una especie de paso de cebra y luego acelera a fondo para despegar). Era divertidísimo oír a mi padre ir diciendo “nos vamos, nos vamos, nos vamos, ¡NOS FUIMOS! Justo cuando el avión tocaba por última vez el suelo.


Después, como todo el mundo (me imagino) íbamos comentando lo insignificantes que se veían las cosas desde allá arriba, pero casi en seguida, sacábamos la revista de la compañía, que suele tener en las últimas páginas el mapa con todas las rutas, e inspeccionábamos las trayectorias y los modelos de avión que las harían, y miles de ocurrencias más. (Ya comenté que el tener tema de conversación con mi padre era lo más sencillo del mundo).

Cuando yo era más mayor, mi padre solía viajar bastante y no precisamente en vuelos cortos. Un día le pregunté si cuando iba solo le volvían los pensamientos de miedo y terror y me contestó: 

“Para nada, ahora es al contrario, he pasado al otro extremo, es subirme al avión y no puedo evitar quedarme dormido (¡creo que debo roncar mucho!). Eso sí, como no quiero quedarme sin comida, lo que hago antes de dormirme es abrir la bandeja del asiento de delante y me pongo un cartelito en el que he anotado  “por favor, despiérteme para la cena” 

Y… ¡era verdad!

Esa imagen del cartelito me hizo reír a carcajadas y a él también.

¿Quién va a tener miedo acordándose de todo esto, verdad Titmío?


Hijitamía.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sobre lo impredecible

Como ya dije antes, nunca me faltan motivos que me precipiten un recuerdo de mi padre. 
La mayoría son obvios, como ver por la calle un cartapacio de la revista Reader’s Digest (o Selecciones en España) a la que estuve suscrita desde mis 5 años, (idea de mi padre).

Para mí esa revistita llena de historias dramáticas, de superación, amistad, humor, etc., constituyó una fuente de motivación para leer importante, sin olvidar el orgullo que supuso el que llegara correo a mi nombre (para esta niña de 5 años eso era emocionantísimo).

Así pues, por 22 años mi padre y yo nos esperamos el uno al otro para leer las selecciones y comentar lo más destacable. No era extraño que al ver esa carpeta, el recuerdo fuera instantáneo.



Lo insólito, sin embargo, es la cantidad de veces que le recuerdo a la hora de cocinar. Digamos que sus habilidades culinarias no entran dentro de la categoría “no saber freír ni un huevo” porque precisamente esa era su única especialidad.

Hacía los mejores huevos revueltos y tortillas del mundo (siempre y cuando no le diera por ponerse “creativo” y echarles mejillones con queso y maíz, por ejemplo).

El secreto estaba definitivamente en el batido de los huevos. Tenía la capacidad de batirlos igual o mejor que cualquier batidora eléctrica y el resultado era una textura extra esponjosa que a todos nos encantaba.
No voy a mentir, el día que se puso “creativo” fue toda una experiencia. Él estaba encantado por nuestra insistencia y cumplidos cual aclamado chef.  Cuando nos sirvió semejante mezcla de ingredientes imposibles, no tuvimos el valor de rechazarlos. Todavía recuerdo nuestras miradas de “calla y come, pobre hombre, con lo que se ha esmerado”.

Sea como fuere, esa anécdota no dañó su reputación y por eso cada vez que tengo que batir huevos aparece el recuerdo automaticamente.

Antes de poder atormentarme por su ausencia “ojalá estuviera mi padre aquí” la situación se vuelve cómica al seguir la frase “para batir los huevos”.

Por descontado, la ridiculez de todo el asunto hace que el humor se haga dueño del momento al más puro estilo del papá. Seguro que la idea de ser recordado por la forma de batir los huevos le hubiera parecido buenísima, hubiera dicho algo así como “No se puede competir con la <máquina total>”.





Hijitamía.