Esto es algo que me costó reconocer y admirar, pues cuando
era más joven e iba a sitios con mi padre, lo que menos quería era que se
pusiera a hablar conmigo e incluyera a demás gente (ej. En una sala de espera,
en la cola del supermercado, etc.). Sentía la típica “vergüenza de hija”.
Pero cuando fui más mayor y empecé a valorar el poder de la
comunicación en sí, la alegría que se puede transmitir con sólo un comentario a
un dependiente, un chiste a una recepcionista, una puesta en común de síntomas
a un paciente solo en una sala de espera, etc. Y lo difícil que es encontrar a
gente que se lance a ello, pues casi todo el mundo va “a lo suyo” y no repara
en conectar con los demás al margen de lo estrictamente necesario.
Un día reflexioné sobre
todos los momentos que pasaba con mi padre y cómo nunca me había aburrido, pues
siempre tenía algo de qué hablar, algo que cuestionar, algo de qué burlarse
independientemente de la situación en la que estuviera.
Su actitud hacia los demás me demostró lo importante que es
el no ser amargado, conectar con buen humor, tomárselo todo “con filosofía”
(como decía él) porque...
“¡esta vida es un chiste!”
Hijitamía.

