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sábado, 29 de octubre de 2016

Sobre qué jugar o dibujar

A simple vista jugar, dibujar y hacer cosas de niños debería ser facilísimo, sin embargo, en mi padre se notaba mucho el salto generacional y le costaba mucho adaptarse y sacar temas apropiados e interesantes para su hijita. Cuando se le ocurrían, no eran muy originales...pero, por suerte, siempre pudimos encontrar algo afin, aunque supongo que él debió agradecer que yo creciera "rápido " y pronto me pudiera hablar de temas de "mayores".


También tuvo otro punto a su favor, que fue el nacimiento de mi hermano, el Titmío, con él sí compartió muchas más actividades y fue una gozada ver su complicidad.


Volviendo al tema, me vienen a la mente los "recuerdos de pizza Industria"


Cuando yo debía tener unos 6 o 7 años, mis padres descubrieron una pizzería deliciosa, la masa era delgadita y crujiente, los nachos eran únicos y el personal encantador. Pero, para una niña de 6 o 7 años eso era lo de menos, lo realmente importante era que los manteles individuales eran pasatiempos, repito: ¡PASATIEMPOS!

A lo mejor ahora ya no tiene gracia, pero para mí era una novedad impresionante y cada fin de semana le pedía a mis padres volver, el rato que pasábamos era genial.

Por supuesto a esa edad no entendía nada de lo que pedían los enunciados de los pasatiempos, pero eso no era ningún problema, me dedicaba a rellenar casillas con dibujitos, a escribir la frase encriptada con lo que a mi me parecía  (mi nombre el 99% de las veces) y cuando ya acababa de decorar los pasatiempos le daba la vuelta a la hoja y las posibilidades eran infinitas.


Primero le pedía a mi madre que me dibujara su muñequilla estrella: una muñeca con cuerpo de corazón y ojos gigantes que me encantaba, y cuando ya me cansaba de repetir el mismo dibujo sin conseguir que me saliera tan bonito como el de mi madre, le tocaba el turno a mi padre.



Mi padre no tenía ni idea de dibujar las cosas que yo le pedía,  pero ni corto ni perezoso me persuadió para que me intrigara lo que él me iba a enseñar a dibujar, y así es como me "gradué con honores" en:


1. "Con un 6 y un 4 esta es la cara de tu retrato"
2. Árboles hechos con una línea vertical y otra en zigzag.
3. Escopetas, pistolas y cañones
4. Bicicletas (con sus platos y piñones)


Yo al principio le pedía perritos, muñecas y casitas, pero él me decía que no sabía (y es verdad, una vez me dibujó un perrito y el pobre perrito me dio tanta pena que nunca más le pedí que me lo dibujara).

En realidad yo lo que quería era dibujar con mi papá  (y con mi mamá ) así que acepté las pistolas y cañones con mucho gusto!


Me pregunto qué pensarían los camareros al recoger los manteles con tales obras de arte!


Por suerte, pronto crecí y pasamos a hacer ¡campeonatos de pasatiempos!

Hijitamía .

jueves, 29 de septiembre de 2016

Sobre la historia para dormir

Con la imaginación que tenía mi padre, uno puede pensar que fue un cuenta cuentos de niños alucinante, sin embargo, yo sólo recuerdo un intento de cuento fallido.

Una vez le dije a mi padre que me preocupaba la clase de natación del día siguiente y mi padre se ofreció a contarme un cuento, yo debía tener unos 6 años y estaba emocionadísima.

Empezó genial, porque parecía una historia real, la protagonista era una niña (como yo ) que hacía actividades parecidas a las mías  (como natación). No me importó esa falta de originalidad, incluso me gustó sentirme identificada. 

Sin embargo, la trama dio un giro inesperado cuando, en un intento de animarme, la protagonista también se siente insegura antes de saltar a la piscina.

En ese momento, pensé que lo que seguiría sería una lección, un consejo de cómo actuar, un truco...

En vez de eso resulta que todo se desarrolla muy rápido y mi padre acaba el cuento en dos frases:

 "Por arte de magia la tabla se convierte en Pinocho que le habla y la niña se pone muy contenta...
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!"

"Perdona ¿has dicho Pinocho?"

Eso fue lo primero que pensé, pero como tenía 6 años y no había aprendido a expresar la frustración con ironías, me enfadé y le reproché a mi padre lo inverosímil que era la historia, él me habló de magia y hadas y tal y yo me indigné todavía más reivindicando una solución real...

Mi padre me dijo que no había problema y concluyó rápidamente:

"Y como era una niña real a estas horas ya estaba en la cama preparándose para dormir, fin"



Y esta fue la única vez que recuerdo a mi padre contándome un cuento de niña (de adulta las historias fueron en sesión continua!)

Hijitamía.

lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre el hecho de que hoy sea un buen día para hablar de tamaños.

La cuestión de tamaño es inherente a nuestra familia paterna. 

De hecho, como ya he comentado anteriormente, el rasgo físico más destacable de mi padre era sin duda alguna su tamaño.

Era alto y fuerte, pero tenía una marca característica: su barriga.

No era una barriga cualquiera, era (y ahora lo puedo decir sin ninguna duda) una barriga de 8 meses de embarazo: Igual de grande, igual de tensa. No era para nada un gordo fofo.

Y ya lo decía  él mismo: 

"Yo es que estoy embarazado, me ha dicho el doctor que espero un elefantito: ¡Ya me asoma la trompita!" 

Aunque a veces también decía: "Yo no estoy gordo, es pura musculatura! Toca, toca!" (Acercando el brazo que lo tenía como una piedra).

Y ¿Por qué estoy hablando de esto? Pues porque es una sensación compartida con mi padre que no quiero que se me olvide. Estoy reproduciendo sus mismos comportamientos ahora que de perfil proyectamos sombras parecidas.

De repente tengo la misma dificultad para ponerme los zapatos, hago sus mismos ruidos de queja (no me doy ni cuenta) al sentarme y al doblarme hacia delante para atármelos, me rasco la barriga igual que él y recientemente, el último descubrimiento es haberme pasado a las galletas maria para desayunar a lo bestia. 




El otro día, al ver la taza y el paquete de galletas no pude evitar tener un flashback, pues los últimos años en casa, mi padre desayunaba conmigo, pero nunca fui consciente de lo mucho que lo observaba, ni de lo detallado que sería un recuerdo de un momento tan cotidiano y aparentemente banal.

Si esto fuera una película todo sería mucho más fácil de representar, sin embargo, como este es un diario de recuerdos en formato limitado, no queda más remedio que ponerle imaginación:

Nos sentábamos los dos en la mesa de la cocina con nuestros "batines" el suyo azul y el mío naranja (por el cual me puso el apodo de butanito) y mientras yo comía 3 galletas en total, mi padre se zampaba medio paquete, pero no de una en una ¡Sino de 4 en 4! 

Al mismo tiempo me iba comentando todos los recortes de periódicos que había  seleccionado para mí esa mañana (se leía 3 periódicos cada mañana y se dedicaba a recortar lo que creía que nos iba a interesar a cada uno).

No quiero que nunca se me olvide cómo y con qué gusto desayunaba su Nescafé (3 cucharadas de azúcar y una de nescafé en una taza de leche bien caliente) al cual le daba cuatrocientas mil vueltas haciendo tintinear la cucharilla a lo bestia (por cierto, le daba rabia que arrastráramos las sillas de la cocina para sentarnos, pero no le importaba despertar al personal a base de tintineo... Eso sí, usando la cucharilla "del papá", que acabó siendo la preferida de todos: si, la única diferente, más grande que las demás y puntiaguda).

A continuación cogía cuatro galletas a la vez, las sumergía hasta la mitad y mordía rápidamente antes de que el Nescafé empezará a gotear o antes de que las galletas se partieran (3 de cada 4 veces sin éxito) y todo esto sin dejar de hablarme, lo cual, me hacía  sonreír, porque a cada mordisco tenía que medio sorber (para evitar acabar con la leche en la barbilla) aunque en verdad se pasaba media conversación secándose.

A pesar de todos estos detalles, la imagen más destacable de todo el proceso era la de su bigote lleno de leche y pedacitos de galleta, creo que esa es la primera imagen que se me viene a la mente cuando recuerdo nuestros desayunos.

¡Parece mentira! De las cosas que uno se acuerda y con qué precisión...

Si alguien me hubiera dicho que algún día echaría de menos la cara de mi padre con su bigote lleno de nescafé y galletas me hubiera reído, sin embargo ahora daría lo que fuera por que mi madre me volviera a llamar diciéndome: 

"¿Ya llegas? Porque tu padre lleva toda la mañana esperando para desayunar contigo"


Hijitamía.
 

jueves, 29 de octubre de 2015

Sobre el positivo


Hoy voy a hacer una recopilación de bailes, sintonías y demás actuaciones de mi padre asociadas a diferentes eventos de la vida:


Como ya he ido comentando y describiendo el carácter de mi padre y sus reacciones únicas a todo tipo de sucesos, no voy a aburrir repitiendo, pues a estas alturas estas ocurrencias no deberían sorprender a nadie.


-          Sintonía de intriga: Cuando alguien debía emprender una aventura, un nuevo reto, un plan divertido. Se requería cantar “El llanero solitario” en onomatopeya, al mismo tiempo que se movían las cejas arriba y abajo muy rápido:



“Birubirubí pau pau pau”



-          Sintonía de logro personal (desde arreglos del hogar a éxitos varios). Se requería cantar la canción del “Muchacho flaco” al mismo tiempo que se bailaba una especie de salsa y se cogía al primero que pasara por delante para que se uniera al baile.



“Yo soy un muchacho flaco, pero de corazón tierno… lalalalalala…”



-          Sintonía del anfitrión (tarde o temprano en cualquier reunión antes, después o en medio del repertorio de chistes aclamado por el público). Se requería poner falsete de tenor y cantar la ranchera de “El rey”



“Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la LEY”



-          Representación para demostrarle a mis hijos la capacidad de memorización tan impresionante que tenía su padre. Dependiendo del día se requería recitar la Canción del pirata de Espronceda o nombrar a los no sé cuántos varones apostólicos que tuvo que memorizar cuando tenía unos 10 años (¡y todavía recordaba!).



¡Así que nada de quejarse por tener que estudiar!



-          Sintonía a cantarle a los hijos cuando nombraban asuntos amorosos. Se requería poner cara de pícaro, volver a poner falsete de tenor y cantar con el mejor acento de inglés inventado posible:



“Strangers in the night….lalalalala…dubidubiduu”



-          Sintonía y baile de baile (valga la redundancia e independientemente de la música que esté sonando). Se requiere bailar una especie de “mambo” riendo y de un momento a otro gritar “MAMBO UH” y dar un salto mientras se coge el propio cuello de la camisa como si la tiraras para arriba para después decir “AHHHH UH!” y seguir bailando como si nada.


A pesar de todo este repertorio tan amplio y la cantidad de recuerdos que tengo de mi padre bailando y cantando hay uno que se me quedó grabado para siempre.


El día que se enteró de que mi madre estaba embarazada de mi hermano.


(Por supuesto yo no sabía nada, porque todavía no lo habían confirmado). 

Era verano y nos encontrábamos en el campo pasando las vacaciones. Bajé a ver qué estaba haciendo el perro, cuando me encuentro a mi padre bailando y cantando “boleros” y lo pongo entre comillas porque a pesar de estar tarareando la música correcta más que bailar boleros parecía Homer Simpson en el país de caramelo. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba, pero en todo caso, debía de ser bueno si mi padre estaba bailando y cantando, así que en seguida que me vio me dijo que me uniera al baile (por supuesto me puse a saltar cual Heidi en la pradera a la par que cantábamos “titiruriruri tiruriruri”), fue genial, aunque cuando me enteré del porqué del baile fue todavía mejor.




En mi caso, cuando recuerdo a mi padre, no sólo recuerdo o hipotetizo lo que me diría, sino que también emparejo las situaciones con sintonías varias. Hoy, por ejemplo, tenía que ir a un sitio que suponía mucha expectación y nervios (intriga al fin y al cabo) y me encontré a mi misma diciéndome “allá vamos, birubirubí pau pau pau”, siempre me da ánimos y sobre todo ganas de reír. 


Otras veces me ayuda a combatir la nostalgia de saber que no voy a poder compartir con él, que se va a perder esto, porque entonces me acuerdo del baile que le dedicó al positivo de mi madre y me pongo a hipotetizar qué baile le hubiera dedicado a mi positivo hace poco más de tres meses y me dan ganas de reír de nuevo.





  -Papá, vas a ser abuelo: birubirubí pau pau pau-

Hijitamía.

sábado, 29 de agosto de 2015

Sobre Daniel Rabinovich

 Un día estaba en casa, cuando de repente, un amigo me llama y dice: "Estaba viendo un grupo cómico y hay un hombre que es idéntico a tu padre, corre, búscalo,  se llaman Les Luthiers!"

Y eso hice. 

Tal fue mi impresión al ver a Rabinovich, que llamé a mis padres: "Papá, mamá!  Tenéis que ver esto!"
 
Yo pensaba que los iba a sorprender, pero cuando vieron a Daniel en seguida dijeron al unísono: "ahhhhh"

Y yo: "¿Ya lo sabíais?"

Y me contaron que hace unos 30 años, cuando mis padres se acababan de mudar de ciudad, unos primos de mi padre fueron a Madrid a ver el show de Les Luthiers y cuando volvieron daban por hecho que el que habían visto en el escenario era el primo que acababan de conocer. Mi padre les explicó que no era él, pero ellos seguían insistiendo. Pues no sólo era el tremendo parecido físico, sino el carácter carismático y humorístico de mi padre el que cuadraba con los hechos.
 
En fin, no sé si fue una decepción para ellos, pero tuvieron q aceptar que su descubrimiento quedó en una mera anécdota! 

El caso es que hace unos días Rabinovich falleció y no pude evitar imaginar cómo sería si se encontraran en el más allá...

Papá: "Hombre Daniel, estaba esperando a una persona como tú para animar esto!
 
¿Qué te parece si montamos un dúo cómico?
 
En estos 21 meses he tenido tiempo hasta de pensar en  nombre!
 
¡Montemos el dúo VERNÁCULO!

¡¡¡YO SOY VERNA!!!"








 *Aquí está el enlace si alguien quiere conocer al magnífico cómico "doble de mi padre"


Hijitamía.


miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre el amor a los animales

Sin duda alguna, el amor por los animales lo he aprendido de mi padre. Cuando era pequeña soñaba con tener un perro y dormir abrazado a él. También quería tener corderitos, vacas, cabras y pollitos (quizás esto último más que a mi padre se lo deba a Heidi y a su abuelito). El hecho es que mi padre me ayudó a cumplir ese sueño regalándome mi primer perro a los 4 años; un caniche blanquito llamado “Veneno” que hacía honor a su nombre. Desde entonces, hemos tenido la suerte de poder contar en casa con muchos otros animales como: gatos, gallinas, conejos, ocas y caballos.

Caballos: la gran pasión de mi padre.

No he visto a nadie tener tanta sintonía con esos animales (sin dedicarse profesionalmente, claro) como mi padre. De hecho, el tema ecuestre se hacía presente en sus conversaciones más de lo que uno cabría esperar, no sólo como temática sino como fuente de metáforas, comparaciones y ejemplos de lecciones médicas, por extraño que parezca. El hecho es que le fascinaban.

Tengo miles de recuerdos de mi padre con sus caballos, pero la primera imagen que se me viene a la mente, es la de unos diez caballos pastando tranquilamente en un terreno y mi padre ponerse en medio y empezar a hablarles. (Se me había olvidado comentar que mi padre hablaba equino jajajaja). Y justo después ver como los caballos empezaban a trotar alrededor de él. Al cabo de unos minutos volvía a gritar algo ininteligible para mi oído excepto por “cambio” y ver como todos los caballos daban media vuelta y empezaban a trotar en sentido contrario. Soy consciente de que los caballos se doman y adiestran, pero hay que tener algo especial para lograr eso sólo con tu propia voz, y él lo tenía.

Lo recuerdo montándose en un caballo gordísimo que apenas se movía, a pelo, en mocasines y gritar “¡Que vienen los indios! ¡A llevarlo!” y ver como el caballo salía despavorido galopando, pasar por enfrente mío galopando y decir “¡Un indio! Tua-Tua” (disparándome con la mano) y yo morirme de la risa.





*Que nadie se ofenda, lo de los “indios” era por su gran afición a las películas de vaqueros.

Recuerdo un verano en particular, que le invitaron a participar en las carreras del pueblo, y decidió participar con un caballo casi enano. Entre el tamaño del animal y la envergadura de mi padre, la imagen final era casi como la de un hombre montado en una cabra. Era ridículamente gracioso, cosa que hacía que mi padre disfrutara el doble.

Todos fuimos a verle y estábamos expectantes a la vez que un poco avergonzados al comparar al “hombre con cabra” con el resto de participantes con sus equipos y caballos altos y esbeltos.

El caso es que tras el pistoletazo de salida, se oye el grito de mi padre “¡A llevarlo! ¡Que vienen los indios!” y a continuación se ve al caballo cabra salir como un rayo y galopar tan velozmente que mi padre se dio el lujo de parar en la segunda curva del recorrido (una chulería que le colmó de felicidad) y esperar a la competencia hasta que estuvo lo bastante cerca para volver a advertir a su “bestia” sobre los “indios” y galopar hasta la meta y conseguir el primer puesto.

Fue genial, pero más genial fue presenciar la euforia de mi padre y escuchar cómo repetía “¿Viste cómo me paré a esperarlos a todos en la curva hijita, lo viste?” y reírse a carcajadas.

-Sí que lo vi papá y ¡todavía lo sigo viendo!-


Hijitamía.




domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cómo superar los miedos II: Dedicado al Titmío.

Mi padre era una persona muy fuerte, pero a la vez muy impresionable, de esas que les dan cien mil vueltas a las cosas y se imaginan en todos los escenarios posibles. De esas que compran un extintor para el hogar o tienen una cuerda gruesísima para emergencias “por si los bomberos no llegaran a tiempo, vosotros poder bajar por la cuerda”. 

Como consecuencia los hijos también salimos impresionables.

Afortunadamente, tenemos historias dominadas por una fuerte voluntad que contrarrestan esta debilidad mental aparente y nos sirven de ejemplo de superación e inspiración. 

Una vez me contó que él siempre había tenido muchos miedos, y que recordaba especialmente el miedo a volar. Resulta que cuando él era joven sucedieron varios secuestros de aviones y eso lo marcó tanto, que no podía evitar pensar que le iba a suceder a él y dándole todas las vueltas posibles, no pudo evitar desarrollar fobia a viajar en avión.

En poco tiempo y por obligaciones laborales no tuvo más remedio que volar controlándose. (Aunque más que eso, yo creo que conoció a mi madre y en el primer viaje de vacaciones no quiso que se llevara la impresión equivocada y se tragó el miedo como pudo…al fin y al cabo los espalda plateada ¡no tienen miedos!). Después de esa experiencia, poco a poco se fue controlando y recuperó la calma.

De hecho, la recuperó hasta tal punto, que cuando yo era pequeña, el recuerdo de viajar en avión con mi padre era todo lo opuesto a algo dramático y miedoso. Él se dedicaba a hacer una imitación (que a mí me parecía chistosísima) del piloto. Daba mensajes a la cabina, accionaba palancas invisibles y presionaba botones imaginarios con todos los efectos sonoros incluidos, mientras yo me reía y le ayudaba con algunos botones y mi madre deseaba estar viajando en otro avión.

Lo más divertido era el momento de despegar (cuando el avión se para en una especie de paso de cebra y luego acelera a fondo para despegar). Era divertidísimo oír a mi padre ir diciendo “nos vamos, nos vamos, nos vamos, ¡NOS FUIMOS! Justo cuando el avión tocaba por última vez el suelo.


Después, como todo el mundo (me imagino) íbamos comentando lo insignificantes que se veían las cosas desde allá arriba, pero casi en seguida, sacábamos la revista de la compañía, que suele tener en las últimas páginas el mapa con todas las rutas, e inspeccionábamos las trayectorias y los modelos de avión que las harían, y miles de ocurrencias más. (Ya comenté que el tener tema de conversación con mi padre era lo más sencillo del mundo).

Cuando yo era más mayor, mi padre solía viajar bastante y no precisamente en vuelos cortos. Un día le pregunté si cuando iba solo le volvían los pensamientos de miedo y terror y me contestó: 

“Para nada, ahora es al contrario, he pasado al otro extremo, es subirme al avión y no puedo evitar quedarme dormido (¡creo que debo roncar mucho!). Eso sí, como no quiero quedarme sin comida, lo que hago antes de dormirme es abrir la bandeja del asiento de delante y me pongo un cartelito en el que he anotado  “por favor, despiérteme para la cena” 

Y… ¡era verdad!

Esa imagen del cartelito me hizo reír a carcajadas y a él también.

¿Quién va a tener miedo acordándose de todo esto, verdad Titmío?


Hijitamía.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sobre lo impredecible

Como ya dije antes, nunca me faltan motivos que me precipiten un recuerdo de mi padre. 
La mayoría son obvios, como ver por la calle un cartapacio de la revista Reader’s Digest (o Selecciones en España) a la que estuve suscrita desde mis 5 años, (idea de mi padre).

Para mí esa revistita llena de historias dramáticas, de superación, amistad, humor, etc., constituyó una fuente de motivación para leer importante, sin olvidar el orgullo que supuso el que llegara correo a mi nombre (para esta niña de 5 años eso era emocionantísimo).

Así pues, por 22 años mi padre y yo nos esperamos el uno al otro para leer las selecciones y comentar lo más destacable. No era extraño que al ver esa carpeta, el recuerdo fuera instantáneo.



Lo insólito, sin embargo, es la cantidad de veces que le recuerdo a la hora de cocinar. Digamos que sus habilidades culinarias no entran dentro de la categoría “no saber freír ni un huevo” porque precisamente esa era su única especialidad.

Hacía los mejores huevos revueltos y tortillas del mundo (siempre y cuando no le diera por ponerse “creativo” y echarles mejillones con queso y maíz, por ejemplo).

El secreto estaba definitivamente en el batido de los huevos. Tenía la capacidad de batirlos igual o mejor que cualquier batidora eléctrica y el resultado era una textura extra esponjosa que a todos nos encantaba.
No voy a mentir, el día que se puso “creativo” fue toda una experiencia. Él estaba encantado por nuestra insistencia y cumplidos cual aclamado chef.  Cuando nos sirvió semejante mezcla de ingredientes imposibles, no tuvimos el valor de rechazarlos. Todavía recuerdo nuestras miradas de “calla y come, pobre hombre, con lo que se ha esmerado”.

Sea como fuere, esa anécdota no dañó su reputación y por eso cada vez que tengo que batir huevos aparece el recuerdo automaticamente.

Antes de poder atormentarme por su ausencia “ojalá estuviera mi padre aquí” la situación se vuelve cómica al seguir la frase “para batir los huevos”.

Por descontado, la ridiculez de todo el asunto hace que el humor se haga dueño del momento al más puro estilo del papá. Seguro que la idea de ser recordado por la forma de batir los huevos le hubiera parecido buenísima, hubiera dicho algo así como “No se puede competir con la <máquina total>”.





Hijitamía.

jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el espalda plateada

Los gorilas «espalda plateada» son fuertes y dominantes, dirigentes de grupos de 5 a 30 individuos, y son su centro de atención; toman todas las decisiones, median en conflictos, deciden los movimientos del grupo, llevan a los demás a sitios donde alimentarse y toman la responsabilidad de la seguridad y bienestar del grupo.

Mi padre solía referirse a sí mismo como el “espalda plateada”, lo decía con orgullo en momentos en los que él veía similitudes con el rol del gorila, ofreciendo: protección, ayuda, decisión, empuje, etc. A lo que nosotros, la familia, nos burlábamos de la comparación buscando otras similitudes como: pelo plateado, magnitud corporal considerable y andares “gorilenses”, a lo que él respondía con un gruñido y un par de golpes en el pecho para seguir la mofa (cómo no…).

Bromas aparte, nunca pudimos negar que si la referencia del gorila era principalmente por su papel protector, todos estábamos de acuerdo. Mi padre era por encima de todo, un gran “pasador de pena”, quería a toda costa evitarle el sufrimiento a los demás (como he comentado en otros posts) y su estrategia para lograrlo era ser un protector extremo. Obviamente no logró evitar el sufrimiento por completo, pero por lo que a mí se refiere, sí que logró transmitirme esa seguridad que él tanto se esforzaba por conseguir.

Cuando era pequeña, recuerdo que hubo una temporada en el que había mucho miedo a dormir solo y que en el cole lo hablábamos. Muchos niños hablaban de ladrones, fantasmas, monstruos, etc…. Yo, sin embargo, nunca he tenido problemas ni miedos para dormir, pero tras semejantes conversaciones, había días en los que me costaba conciliar el sueño, aunque lograba dormirme a los pocos minutos y recuerdo exactamente cuál era mi reflexión: “si alguien quiere entrar en casa, primero tendrá que pasar por el cuarto de los papás y mi papá no permitiría nada” y con esa sensación de tener un superpapá me dormía tan tranquila.

Incluso de mayor (a pesar de que no se solucionara nada con el hecho) las palabras de mi padre siempre me hacían sentirme arropada, aunque sólo fuera por la broma. Por ejemplo, en casos de incertidumbre de si iba a lograr conseguir determinada cosa, él siempre me decía: “no te preocupes, diles a todos que eres mi hijita y verás cómo lo consigues/te dejan pasar/te dan preferencia/te tratarán muy bien, y un largo etcétera. En momentos de incertidumbre o decepción oír a tu padre en ese plan, no te dejaba más opción que sonreír y contestar con un tono condescendiente “papá…”


Hijitamía.

Sobre el cariño

Hablando de espaldas y hablando de mi padre no puedo evitar acordarme de las muchas veces que le rascaba la espalda. Rascarle la espalda a mi padre era algo muy “injusto”, yo me pasaba “horas” en darle una rascadita por toda su espaldota de gorila mientras que él para rascarme mi espalda de hijita de 6,7,10 o 28   años lo hacía en dos segundos (algo que siempre le reprochaba). En casa mi padre era un mimado y siempre pedía “rascaditas de espalda” y mi hermano y yo también hemos salido igual. 

En la universidad tuve una profesora maravillosa que un día explicando la importancia del apego entre padres e hijos hacía referencia al contacto físico y a las muestras de cariño en la familia y cómo una dinámica afectuosa influye y beneficia a ambas partes. Nunca había reflexionado sobre cuán cariñoso era mi padre hasta ese momento (aunque parezca mentira) en el que justamente la profesora puso como ejemplo rascar la espalda o hacer masajes en la familia. Entonces rápidamente hice un balance de la cantidad de besos y abrazos que me daba mi padre, en cuántas veces habíamos dormido abrazados (cosa que mi madre nunca entendió, pues con el tamaño de mi padre ¡pensaba que yo me ahogaría!) o todas las veces que mi padre me acarició el pelo mientras mi cabeza estaba acostada sobre su enorme pecho de pelo blanco. 

Ese día llegué a casa diciéndole a mi padre “papá que sepas que si soy cariñosa es gracias a ti y a tus rascaditas de espalda”


* Como es lógico, también es gracias a mi madre, pero como este blog no es sobre las cosas buenas de mi madre, no entraré en detalles. 

(No me sorprendió para nada que su contestación fuese: “y hablando de eso hijita, ahora que estás aquí no le darías una rascadita a tu padre que te quiere tanto y está tan enfermito?”)

Hijitamía.