miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre el amor a los animales

Sin duda alguna, el amor por los animales lo he aprendido de mi padre. Cuando era pequeña soñaba con tener un perro y dormir abrazado a él. También quería tener corderitos, vacas, cabras y pollitos (quizás esto último más que a mi padre se lo deba a Heidi y a su abuelito). El hecho es que mi padre me ayudó a cumplir ese sueño regalándome mi primer perro a los 4 años; un caniche blanquito llamado “Veneno” que hacía honor a su nombre. Desde entonces, hemos tenido la suerte de poder contar en casa con muchos otros animales como: gatos, gallinas, conejos, ocas y caballos.

Caballos: la gran pasión de mi padre.

No he visto a nadie tener tanta sintonía con esos animales (sin dedicarse profesionalmente, claro) como mi padre. De hecho, el tema ecuestre se hacía presente en sus conversaciones más de lo que uno cabría esperar, no sólo como temática sino como fuente de metáforas, comparaciones y ejemplos de lecciones médicas, por extraño que parezca. El hecho es que le fascinaban.

Tengo miles de recuerdos de mi padre con sus caballos, pero la primera imagen que se me viene a la mente, es la de unos diez caballos pastando tranquilamente en un terreno y mi padre ponerse en medio y empezar a hablarles. (Se me había olvidado comentar que mi padre hablaba equino jajajaja). Y justo después ver como los caballos empezaban a trotar alrededor de él. Al cabo de unos minutos volvía a gritar algo ininteligible para mi oído excepto por “cambio” y ver como todos los caballos daban media vuelta y empezaban a trotar en sentido contrario. Soy consciente de que los caballos se doman y adiestran, pero hay que tener algo especial para lograr eso sólo con tu propia voz, y él lo tenía.

Lo recuerdo montándose en un caballo gordísimo que apenas se movía, a pelo, en mocasines y gritar “¡Que vienen los indios! ¡A llevarlo!” y ver como el caballo salía despavorido galopando, pasar por enfrente mío galopando y decir “¡Un indio! Tua-Tua” (disparándome con la mano) y yo morirme de la risa.





*Que nadie se ofenda, lo de los “indios” era por su gran afición a las películas de vaqueros.

Recuerdo un verano en particular, que le invitaron a participar en las carreras del pueblo, y decidió participar con un caballo casi enano. Entre el tamaño del animal y la envergadura de mi padre, la imagen final era casi como la de un hombre montado en una cabra. Era ridículamente gracioso, cosa que hacía que mi padre disfrutara el doble.

Todos fuimos a verle y estábamos expectantes a la vez que un poco avergonzados al comparar al “hombre con cabra” con el resto de participantes con sus equipos y caballos altos y esbeltos.

El caso es que tras el pistoletazo de salida, se oye el grito de mi padre “¡A llevarlo! ¡Que vienen los indios!” y a continuación se ve al caballo cabra salir como un rayo y galopar tan velozmente que mi padre se dio el lujo de parar en la segunda curva del recorrido (una chulería que le colmó de felicidad) y esperar a la competencia hasta que estuvo lo bastante cerca para volver a advertir a su “bestia” sobre los “indios” y galopar hasta la meta y conseguir el primer puesto.

Fue genial, pero más genial fue presenciar la euforia de mi padre y escuchar cómo repetía “¿Viste cómo me paré a esperarlos a todos en la curva hijita, lo viste?” y reírse a carcajadas.

-Sí que lo vi papá y ¡todavía lo sigo viendo!-


Hijitamía.




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