viernes, 29 de mayo de 2015

Sobre echarle morro a la vida:

Si por algo sobresalía mi padre era por no tener un ápice de vergüenza.

Él me juraba que de pequeño era muy vergonzoso y que de joven uno de sus mayores miedos era al ridículo. Como no me queda otra cosa que creerle (por ese entonces,  yo no le conocía) he optado por mi propia hipótesis al fenómeno vergüenza juvenil-desvergüenza viejil:

Me la traspasó toda a mí.

Como ya he comentado varias veces, he aprendido muchas cosas de mi padre y podría decir que su falta de vergüenza me ayudó a superar mi extrema timidez, pero para qué nos vamos a engañar, había momentos en los que sólo deseaba desaparecer. Afortunadamente esos mismos momentos son los que me han hecho y me hacen desternillarme al recordarlos.

Aquí van unos cuantos:

-          El primero se titula: "Hijita ya son las 12”

Se trata del día en que mi padre (sombrero verde de pana más pequeño que su cabeza y paraguas rojo incluido) le dice a su hija adolescente que vaya tranquila a aquella cena después del concierto porque él la recogerá a ella y a su amiga a la hora que ella diga. La hija (yo) le dice a su padre que a las 12. Sin embargo, la cena se alarga y la hija no se da cuenta, de repente una mano de alguien que está de pie detrás de su asiento muestra un reloj mientras la otra lo señala y una voz familiar le dice “¡Hijita ya son las 12! Está lloviendo y yo como un tonto allá afuera esperándote!” (Que conste que no lo dijo enfadado, más bien parecía que lo cantaba) todos los de la mesa mirando con ojos como platos al señor del micro sombrero que llama a la chica “hijita”, sólo diré que mi amiga todavía se acuerda de aquel día…

-          “El señor gordo de los chistes”

Un día fuimos toda la familia a la fiesta de un primo de mi padre. Era una ocasión bastante elegante y había música en directo. La mayoría de los asistentes conocía a mi padre y su “don” con los chistes, así que le empezaron a insistir con que se animara a contar unos chistes. Al principio mi padre se negó (cosa que mi madre, mi hermano y yo agradecimos). En todo caso, no sabemos cómo pero de un momento a otro y justo después de que el grupo acabara una canción se oye a mi padre a través del micrófono “Y ahora empieza lo bueno, ¡Una ronda de chistes!” (Nos faltó sitio debajo de la mesa para escondernos…). 

Aquí no acaba la historia, al lunes siguiente, la hija adolescente llega a clase y en la hora de música tienen un nuevo profesor, al hacer las presentaciones en medio de clase el profesor salta: “¡Yo te conozco! Tu padre es el señor regordete que contaba los chistes en la fiesta de…”
“Sí, ese es mi padre…”

-          “¡18!, ¿Alguien tiene el 18? ¿no? ¡Nos toca hijita!”

Este era un día histórico: Ir a matricularse a la Universidad. Mi padre me acompaña y cuando llegamos había una cola enorme para hablar con la tutora y decidir las asignaturas, etc. Al cabo de esperar 10 minutos, la pantalla que muestra los números de los turnos se estropea. Mi padre ni corto ni perezoso se pone en la puerta cual responsable y empieza a decir números al azar… A la primera que el número no tuvo dueño espetó: “¡hijita nos toca corre!”.
Y así es como logré matricularme en tiempo récord…

-          “El del palco”

Nos regalaron unas entradas para ir al teatro a ver una obra. Cuando llegamos nos dispusimos a encontrar nuestros asientos y pronto nos dimos cuenta que estábamos casi en la última fila de platea. Mi padre se levanta y dice “ahora vengo”. Justo cuando nos preguntábamos dónde se habría metido, vemos una figura agitando los brazos en uno de los palcos privados, pero no es hasta que oímos “Eh Tit! Aquí Hijita!” que reaccionamos y le reconocimos. “¡Subid rápido!” Subimos un poco desconcertados y nos encontramos a mi padre como “Pedro por su casa”: “pasad, sentaos” y a continuación nos susurra “Estos palcos siempre están vacíos y son privados, si no han llegado ya es que no vendrá nadie, en todo caso no os preocupéis, si preguntan, diré que es el palco que he alquilado para la temporada y con lo elegante que voy nadie lo va a dudar…”
(Nadie nos preguntó nada)

Y así podría seguir y seguir… y seguiría concluyendo que pasar vergüenza valió la pena, no hubiera vivido momentos únicos ni hubiera podido disfrutar del después y la risa que nos daba al recordarlo.

Pero lo que más me gustaba de todo era que en esos momentos “post gamberrada” mi padre se convertía en un niño, se reía de todo, repetía la historia entre carcajadas y se burlaba de nuestras caras, etc.

Era un momento único para compartir con el niño que había dentro de él, algo insólito. De hecho ni siquiera proponiéndomelo podría llegar a hacer esas cosas. Si algún día tengo hijos, no podré dejarles este tipo de memoria cómica, pero por suerte siempre tendré las historias de mi padre.



 Hijitamía.


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