La cuestión de tamaño es inherente a nuestra familia paterna.
De hecho, como ya he comentado anteriormente, el rasgo físico más destacable de mi padre era sin duda alguna su tamaño.
Era alto y fuerte, pero tenía una marca característica: su barriga.
No era una barriga cualquiera, era (y ahora lo puedo decir sin ninguna duda) una barriga de 8 meses de embarazo: Igual de grande, igual de tensa. No era para nada un gordo fofo.
De hecho, como ya he comentado anteriormente, el rasgo físico más destacable de mi padre era sin duda alguna su tamaño.
Era alto y fuerte, pero tenía una marca característica: su barriga.
No era una barriga cualquiera, era (y ahora lo puedo decir sin ninguna duda) una barriga de 8 meses de embarazo: Igual de grande, igual de tensa. No era para nada un gordo fofo.
Y ya lo decía él mismo:
"Yo es que estoy embarazado, me ha dicho el doctor que espero un elefantito: ¡Ya me asoma la trompita!"
Aunque a veces también decía: "Yo no estoy gordo, es pura musculatura! Toca, toca!" (Acercando el brazo que lo tenía como una piedra).
Y ¿Por qué estoy hablando de esto? Pues porque es una sensación compartida con mi padre que no quiero que se me olvide. Estoy reproduciendo sus mismos comportamientos ahora que de perfil proyectamos sombras parecidas.
De repente tengo la misma dificultad para ponerme los zapatos, hago sus mismos ruidos de queja (no me doy ni cuenta) al sentarme y al doblarme hacia delante para atármelos, me rasco la barriga igual que él y recientemente, el último descubrimiento es haberme pasado a las galletas maria para desayunar a lo bestia.
"Yo es que estoy embarazado, me ha dicho el doctor que espero un elefantito: ¡Ya me asoma la trompita!"
Aunque a veces también decía: "Yo no estoy gordo, es pura musculatura! Toca, toca!" (Acercando el brazo que lo tenía como una piedra).
Y ¿Por qué estoy hablando de esto? Pues porque es una sensación compartida con mi padre que no quiero que se me olvide. Estoy reproduciendo sus mismos comportamientos ahora que de perfil proyectamos sombras parecidas.
De repente tengo la misma dificultad para ponerme los zapatos, hago sus mismos ruidos de queja (no me doy ni cuenta) al sentarme y al doblarme hacia delante para atármelos, me rasco la barriga igual que él y recientemente, el último descubrimiento es haberme pasado a las galletas maria para desayunar a lo bestia.
El otro día, al ver la taza y el paquete de galletas no
pude evitar tener un flashback, pues los últimos años en casa, mi padre
desayunaba conmigo, pero nunca fui consciente de lo mucho que lo
observaba, ni de lo detallado que sería un recuerdo de un momento tan
cotidiano y aparentemente banal.
Si esto fuera una película todo sería mucho más fácil de representar, sin embargo, como este es un diario de recuerdos en formato limitado, no queda más remedio que ponerle imaginación:
Nos sentábamos los dos en la mesa de la cocina con nuestros "batines" el suyo azul y el mío naranja (por el cual me puso el apodo de butanito) y mientras yo comía 3 galletas en total, mi padre se zampaba medio paquete, pero no de una en una ¡Sino de 4 en 4!
Al mismo tiempo me iba comentando todos los recortes de periódicos que había seleccionado para mí esa mañana (se leía 3 periódicos cada mañana y se dedicaba a recortar lo que creía que nos iba a interesar a cada uno).
No quiero que nunca se me olvide cómo y con qué gusto desayunaba su Nescafé (3 cucharadas de azúcar y una de nescafé en una taza de leche bien caliente) al cual le daba cuatrocientas mil vueltas haciendo tintinear la cucharilla a lo bestia (por cierto, le daba rabia que arrastráramos las sillas de la cocina para sentarnos, pero no le importaba despertar al personal a base de tintineo... Eso sí, usando la cucharilla "del papá", que acabó siendo la preferida de todos: si, la única diferente, más grande que las demás y puntiaguda).
A continuación cogía cuatro galletas a la vez, las sumergía hasta la mitad y mordía rápidamente antes de que el Nescafé empezará a gotear o antes de que las galletas se partieran (3 de cada 4 veces sin éxito) y todo esto sin dejar de hablarme, lo cual, me hacía sonreír, porque a cada mordisco tenía que medio sorber (para evitar acabar con la leche en la barbilla) aunque en verdad se pasaba media conversación secándose.
A pesar de todos estos detalles, la imagen más destacable de todo el proceso era la de su bigote lleno de leche y pedacitos de galleta, creo que esa es la primera imagen que se me viene a la mente cuando recuerdo nuestros desayunos.
¡Parece mentira! De las cosas que uno se acuerda y con qué precisión...
Si alguien me hubiera dicho que algún día echaría de menos la cara de mi padre con su bigote lleno de nescafé y galletas me hubiera reído, sin embargo ahora daría lo que fuera por que mi madre me volviera a llamar diciéndome:
"¿Ya llegas? Porque tu padre lleva toda la mañana esperando para desayunar contigo"
Si esto fuera una película todo sería mucho más fácil de representar, sin embargo, como este es un diario de recuerdos en formato limitado, no queda más remedio que ponerle imaginación:
Nos sentábamos los dos en la mesa de la cocina con nuestros "batines" el suyo azul y el mío naranja (por el cual me puso el apodo de butanito) y mientras yo comía 3 galletas en total, mi padre se zampaba medio paquete, pero no de una en una ¡Sino de 4 en 4!
Al mismo tiempo me iba comentando todos los recortes de periódicos que había seleccionado para mí esa mañana (se leía 3 periódicos cada mañana y se dedicaba a recortar lo que creía que nos iba a interesar a cada uno).
No quiero que nunca se me olvide cómo y con qué gusto desayunaba su Nescafé (3 cucharadas de azúcar y una de nescafé en una taza de leche bien caliente) al cual le daba cuatrocientas mil vueltas haciendo tintinear la cucharilla a lo bestia (por cierto, le daba rabia que arrastráramos las sillas de la cocina para sentarnos, pero no le importaba despertar al personal a base de tintineo... Eso sí, usando la cucharilla "del papá", que acabó siendo la preferida de todos: si, la única diferente, más grande que las demás y puntiaguda).
A continuación cogía cuatro galletas a la vez, las sumergía hasta la mitad y mordía rápidamente antes de que el Nescafé empezará a gotear o antes de que las galletas se partieran (3 de cada 4 veces sin éxito) y todo esto sin dejar de hablarme, lo cual, me hacía sonreír, porque a cada mordisco tenía que medio sorber (para evitar acabar con la leche en la barbilla) aunque en verdad se pasaba media conversación secándose.
A pesar de todos estos detalles, la imagen más destacable de todo el proceso era la de su bigote lleno de leche y pedacitos de galleta, creo que esa es la primera imagen que se me viene a la mente cuando recuerdo nuestros desayunos.
¡Parece mentira! De las cosas que uno se acuerda y con qué precisión...
Si alguien me hubiera dicho que algún día echaría de menos la cara de mi padre con su bigote lleno de nescafé y galletas me hubiera reído, sin embargo ahora daría lo que fuera por que mi madre me volviera a llamar diciéndome:
"¿Ya llegas? Porque tu padre lleva toda la mañana esperando para desayunar contigo"
Hijitamía.
