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lunes, 29 de febrero de 2016

Sobre el hecho de que hoy sea un buen día para hablar de tamaños.

La cuestión de tamaño es inherente a nuestra familia paterna. 

De hecho, como ya he comentado anteriormente, el rasgo físico más destacable de mi padre era sin duda alguna su tamaño.

Era alto y fuerte, pero tenía una marca característica: su barriga.

No era una barriga cualquiera, era (y ahora lo puedo decir sin ninguna duda) una barriga de 8 meses de embarazo: Igual de grande, igual de tensa. No era para nada un gordo fofo.

Y ya lo decía  él mismo: 

"Yo es que estoy embarazado, me ha dicho el doctor que espero un elefantito: ¡Ya me asoma la trompita!" 

Aunque a veces también decía: "Yo no estoy gordo, es pura musculatura! Toca, toca!" (Acercando el brazo que lo tenía como una piedra).

Y ¿Por qué estoy hablando de esto? Pues porque es una sensación compartida con mi padre que no quiero que se me olvide. Estoy reproduciendo sus mismos comportamientos ahora que de perfil proyectamos sombras parecidas.

De repente tengo la misma dificultad para ponerme los zapatos, hago sus mismos ruidos de queja (no me doy ni cuenta) al sentarme y al doblarme hacia delante para atármelos, me rasco la barriga igual que él y recientemente, el último descubrimiento es haberme pasado a las galletas maria para desayunar a lo bestia. 




El otro día, al ver la taza y el paquete de galletas no pude evitar tener un flashback, pues los últimos años en casa, mi padre desayunaba conmigo, pero nunca fui consciente de lo mucho que lo observaba, ni de lo detallado que sería un recuerdo de un momento tan cotidiano y aparentemente banal.

Si esto fuera una película todo sería mucho más fácil de representar, sin embargo, como este es un diario de recuerdos en formato limitado, no queda más remedio que ponerle imaginación:

Nos sentábamos los dos en la mesa de la cocina con nuestros "batines" el suyo azul y el mío naranja (por el cual me puso el apodo de butanito) y mientras yo comía 3 galletas en total, mi padre se zampaba medio paquete, pero no de una en una ¡Sino de 4 en 4! 

Al mismo tiempo me iba comentando todos los recortes de periódicos que había  seleccionado para mí esa mañana (se leía 3 periódicos cada mañana y se dedicaba a recortar lo que creía que nos iba a interesar a cada uno).

No quiero que nunca se me olvide cómo y con qué gusto desayunaba su Nescafé (3 cucharadas de azúcar y una de nescafé en una taza de leche bien caliente) al cual le daba cuatrocientas mil vueltas haciendo tintinear la cucharilla a lo bestia (por cierto, le daba rabia que arrastráramos las sillas de la cocina para sentarnos, pero no le importaba despertar al personal a base de tintineo... Eso sí, usando la cucharilla "del papá", que acabó siendo la preferida de todos: si, la única diferente, más grande que las demás y puntiaguda).

A continuación cogía cuatro galletas a la vez, las sumergía hasta la mitad y mordía rápidamente antes de que el Nescafé empezará a gotear o antes de que las galletas se partieran (3 de cada 4 veces sin éxito) y todo esto sin dejar de hablarme, lo cual, me hacía  sonreír, porque a cada mordisco tenía que medio sorber (para evitar acabar con la leche en la barbilla) aunque en verdad se pasaba media conversación secándose.

A pesar de todos estos detalles, la imagen más destacable de todo el proceso era la de su bigote lleno de leche y pedacitos de galleta, creo que esa es la primera imagen que se me viene a la mente cuando recuerdo nuestros desayunos.

¡Parece mentira! De las cosas que uno se acuerda y con qué precisión...

Si alguien me hubiera dicho que algún día echaría de menos la cara de mi padre con su bigote lleno de nescafé y galletas me hubiera reído, sin embargo ahora daría lo que fuera por que mi madre me volviera a llamar diciéndome: 

"¿Ya llegas? Porque tu padre lleva toda la mañana esperando para desayunar contigo"


Hijitamía.
 

martes, 29 de diciembre de 2015

Sobre la tecnología

-"Hijita, me sale un sobre en la pantalla, hazme el favor y mírame quién es" 
-"Papá aquí hay 5 mensajes de texto, pero cuando miro quién lo ha enviado no sale ningún nombre, ¿no tienes ningún número grabado en la agenda?"
-"¿Agenda? espera un momento hijita" (se saca un par de papeles doblados de la cartera) "aquí hijita, dime los números a ver..."
-"649...etc, etc"
- "Papá dame el móvil que te voy a pasar los números a la agenda, y ya podrás tirar esos papeles"
-"No hijita, ¡cuidado con esos papeles que son mi agenda de teléfonos, ahí tengo todo!"
-"..."

Mi padre, era una de esas personas que se sentía  "orgullosa" de tener un móvil  básico diciendo cosas como "mi móvil  siempre funciona y la batería  me dura semanas, estoy muy contento con este movilcito" 

Sin duda alguna, si este año le hubiera tenido que regalar algo, le hubiera dado un teléfono móvil de penúltima generación  (uno de última puede que fuera demasiado para él...)
  
El caso es que para mi padre la tecnología  y sobre todo Internet eran "magia". Digamos que a él  la tecnología no le atropellaba sino que más bien directamente se lo saltó y siguió  su camino...


Yo le pregunté  en varias ocasiones si quería  que le enseñara, pero me decía:"¿Para qué? Si en poco tiempo uno sólo tendrá que hablarle a los ordenadores y ellos harán  todo sólo  por voz" 
  
Aún así, tuvo dos amagos de interés  por la materia: el primero cuando nos apuntamos los dos a clases de informática  (yo debía  de tener unos 10 años y él unos 42) fuimos a un par de clases, yo seguía  las instrucciones  del profesor mientras que él  contaba chistes y bromeaba con los señores del barrio...

El segundo intento fue hace poco, cuando se apareció en casa con el libro "informática para la tercera edad" estaba muy orgulloso y se puso a estudiar, pero no le dio tiempo...



No me puedo parar a imaginar lo que hubiera hecho con un teléfono  con whatsapp mandando mensajes de voz o usando la escritura de mensajes por voz! Bueno, sí  me lo imagino, tendría  todos los días  un mensaje de voz que empezaría por "¿Sí hijita?"(para comprobar que funcionara) y la memoria del teléfono llena de chistes y onomatopeyas!

En fin, quién  sabe...a lo mejor ahora, como dice Goyo Jiménez  en su monólogo, le ha dado tiempo de estudiar, de aprender inglés  y hasta de navegar por Internet para visitar mi blog!


Hijitamía.

sábado, 29 de agosto de 2015

Sobre Daniel Rabinovich

 Un día estaba en casa, cuando de repente, un amigo me llama y dice: "Estaba viendo un grupo cómico y hay un hombre que es idéntico a tu padre, corre, búscalo,  se llaman Les Luthiers!"

Y eso hice. 

Tal fue mi impresión al ver a Rabinovich, que llamé a mis padres: "Papá, mamá!  Tenéis que ver esto!"
 
Yo pensaba que los iba a sorprender, pero cuando vieron a Daniel en seguida dijeron al unísono: "ahhhhh"

Y yo: "¿Ya lo sabíais?"

Y me contaron que hace unos 30 años, cuando mis padres se acababan de mudar de ciudad, unos primos de mi padre fueron a Madrid a ver el show de Les Luthiers y cuando volvieron daban por hecho que el que habían visto en el escenario era el primo que acababan de conocer. Mi padre les explicó que no era él, pero ellos seguían insistiendo. Pues no sólo era el tremendo parecido físico, sino el carácter carismático y humorístico de mi padre el que cuadraba con los hechos.
 
En fin, no sé si fue una decepción para ellos, pero tuvieron q aceptar que su descubrimiento quedó en una mera anécdota! 

El caso es que hace unos días Rabinovich falleció y no pude evitar imaginar cómo sería si se encontraran en el más allá...

Papá: "Hombre Daniel, estaba esperando a una persona como tú para animar esto!
 
¿Qué te parece si montamos un dúo cómico?
 
En estos 21 meses he tenido tiempo hasta de pensar en  nombre!
 
¡Montemos el dúo VERNÁCULO!

¡¡¡YO SOY VERNA!!!"








 *Aquí está el enlace si alguien quiere conocer al magnífico cómico "doble de mi padre"


Hijitamía.


miércoles, 29 de julio de 2015

Sobre el pasárselo bien

El próximo martes mi padre hubiera cumplido 63 años.

Ahora me parece tan joven...

Hace unos años,  63 me hubiera parecido la ancianidad...(claro que recuerdo que cuando mi padre cumplió 50 también me lo pareció) y más aún cuando celebró sus épicos 40. A ojos de una niñita de 8 años,  parecía raro que nadie le hubiera regalado un bastón...

Nada más lejos de la realidad. ..
 
Ahora veo las fotos y video (sí...video...) de aquella fiesta y sólo puedo pensar que fue un ¡muchacho con suerte!
 
No creo ir muy desencaminada al pensar que los asistentes de aquel día de agosto debieron irse a casa pensando "¡Esta ha sido la mejor fiesta en la que he estado!"
 
En resumen: Fiesta vaquera en la que en la invitación se requería vestuario cowboy y muchas ganas de pasárselo bien, buffet, DJ, bebida, caballos, piscina, bailes en corro, chistes, un centenar de familiares y amigos, verano y 1992.
 
Los recuerdos de lo vivido son escasos pero geniales:
 
- Mi abuelo con el micrófono cantando a todo pulmón el cumpleaños feliz en su particular versión "Sapo verde eres tú" y mi padre cogiéndolo en brazos como si fuera un bebé mientras todos aplaudían.
- Un regalo envuelto en una sandía (un cubo perfectamente cortado salió del centro de la sandía conteniendo un reloj).
- Bailar "Un rayo de sol" en la "pista" con todos los amigos y familiares cogiéndonos de las manos.
- Reírme con mis primas I&L que llevaban el mismo atuendo cowboy que yo.
-Ver a mi padre estrenar un regalo (y no fue el reloj) bailando con un delantal del que colgaba una palanquita que al apretar hacía que se levantara y se vieran partes nobles de tela y la gente se desternillaba...

(Y ya no recuerdo más,  porque en cuanto mi padre nos vio a mis primas y a mi queriendo usar el famoso delantal decidió que ya era hora de que la fiesta se volviera al menos para mayores de 10 años y nos mandaron a dormir...)

Sin embargo, gracias al video pude descubrir otras cosas de la velada y sé que la fiesta acabó con mi padre y un primo remando una lancha que habían metido a la piscina, cantando canciones y contando chistes.



Este martes será muy diferente,  pero al menos sé que esté donde esté podrá volver a remar la barca junto a su primo y su padre podrá volverle a cantar Sapo verde.
 
Feliz cumpleaños papá.

Hijitamía.

domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cómo superar los miedos II: Dedicado al Titmío.

Mi padre era una persona muy fuerte, pero a la vez muy impresionable, de esas que les dan cien mil vueltas a las cosas y se imaginan en todos los escenarios posibles. De esas que compran un extintor para el hogar o tienen una cuerda gruesísima para emergencias “por si los bomberos no llegaran a tiempo, vosotros poder bajar por la cuerda”. 

Como consecuencia los hijos también salimos impresionables.

Afortunadamente, tenemos historias dominadas por una fuerte voluntad que contrarrestan esta debilidad mental aparente y nos sirven de ejemplo de superación e inspiración. 

Una vez me contó que él siempre había tenido muchos miedos, y que recordaba especialmente el miedo a volar. Resulta que cuando él era joven sucedieron varios secuestros de aviones y eso lo marcó tanto, que no podía evitar pensar que le iba a suceder a él y dándole todas las vueltas posibles, no pudo evitar desarrollar fobia a viajar en avión.

En poco tiempo y por obligaciones laborales no tuvo más remedio que volar controlándose. (Aunque más que eso, yo creo que conoció a mi madre y en el primer viaje de vacaciones no quiso que se llevara la impresión equivocada y se tragó el miedo como pudo…al fin y al cabo los espalda plateada ¡no tienen miedos!). Después de esa experiencia, poco a poco se fue controlando y recuperó la calma.

De hecho, la recuperó hasta tal punto, que cuando yo era pequeña, el recuerdo de viajar en avión con mi padre era todo lo opuesto a algo dramático y miedoso. Él se dedicaba a hacer una imitación (que a mí me parecía chistosísima) del piloto. Daba mensajes a la cabina, accionaba palancas invisibles y presionaba botones imaginarios con todos los efectos sonoros incluidos, mientras yo me reía y le ayudaba con algunos botones y mi madre deseaba estar viajando en otro avión.

Lo más divertido era el momento de despegar (cuando el avión se para en una especie de paso de cebra y luego acelera a fondo para despegar). Era divertidísimo oír a mi padre ir diciendo “nos vamos, nos vamos, nos vamos, ¡NOS FUIMOS! Justo cuando el avión tocaba por última vez el suelo.


Después, como todo el mundo (me imagino) íbamos comentando lo insignificantes que se veían las cosas desde allá arriba, pero casi en seguida, sacábamos la revista de la compañía, que suele tener en las últimas páginas el mapa con todas las rutas, e inspeccionábamos las trayectorias y los modelos de avión que las harían, y miles de ocurrencias más. (Ya comenté que el tener tema de conversación con mi padre era lo más sencillo del mundo).

Cuando yo era más mayor, mi padre solía viajar bastante y no precisamente en vuelos cortos. Un día le pregunté si cuando iba solo le volvían los pensamientos de miedo y terror y me contestó: 

“Para nada, ahora es al contrario, he pasado al otro extremo, es subirme al avión y no puedo evitar quedarme dormido (¡creo que debo roncar mucho!). Eso sí, como no quiero quedarme sin comida, lo que hago antes de dormirme es abrir la bandeja del asiento de delante y me pongo un cartelito en el que he anotado  “por favor, despiérteme para la cena” 

Y… ¡era verdad!

Esa imagen del cartelito me hizo reír a carcajadas y a él también.

¿Quién va a tener miedo acordándose de todo esto, verdad Titmío?


Hijitamía.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sobre lo impredecible

Como ya dije antes, nunca me faltan motivos que me precipiten un recuerdo de mi padre. 
La mayoría son obvios, como ver por la calle un cartapacio de la revista Reader’s Digest (o Selecciones en España) a la que estuve suscrita desde mis 5 años, (idea de mi padre).

Para mí esa revistita llena de historias dramáticas, de superación, amistad, humor, etc., constituyó una fuente de motivación para leer importante, sin olvidar el orgullo que supuso el que llegara correo a mi nombre (para esta niña de 5 años eso era emocionantísimo).

Así pues, por 22 años mi padre y yo nos esperamos el uno al otro para leer las selecciones y comentar lo más destacable. No era extraño que al ver esa carpeta, el recuerdo fuera instantáneo.



Lo insólito, sin embargo, es la cantidad de veces que le recuerdo a la hora de cocinar. Digamos que sus habilidades culinarias no entran dentro de la categoría “no saber freír ni un huevo” porque precisamente esa era su única especialidad.

Hacía los mejores huevos revueltos y tortillas del mundo (siempre y cuando no le diera por ponerse “creativo” y echarles mejillones con queso y maíz, por ejemplo).

El secreto estaba definitivamente en el batido de los huevos. Tenía la capacidad de batirlos igual o mejor que cualquier batidora eléctrica y el resultado era una textura extra esponjosa que a todos nos encantaba.
No voy a mentir, el día que se puso “creativo” fue toda una experiencia. Él estaba encantado por nuestra insistencia y cumplidos cual aclamado chef.  Cuando nos sirvió semejante mezcla de ingredientes imposibles, no tuvimos el valor de rechazarlos. Todavía recuerdo nuestras miradas de “calla y come, pobre hombre, con lo que se ha esmerado”.

Sea como fuere, esa anécdota no dañó su reputación y por eso cada vez que tengo que batir huevos aparece el recuerdo automaticamente.

Antes de poder atormentarme por su ausencia “ojalá estuviera mi padre aquí” la situación se vuelve cómica al seguir la frase “para batir los huevos”.

Por descontado, la ridiculez de todo el asunto hace que el humor se haga dueño del momento al más puro estilo del papá. Seguro que la idea de ser recordado por la forma de batir los huevos le hubiera parecido buenísima, hubiera dicho algo así como “No se puede competir con la <máquina total>”.





Hijitamía.

jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el espalda plateada

Los gorilas «espalda plateada» son fuertes y dominantes, dirigentes de grupos de 5 a 30 individuos, y son su centro de atención; toman todas las decisiones, median en conflictos, deciden los movimientos del grupo, llevan a los demás a sitios donde alimentarse y toman la responsabilidad de la seguridad y bienestar del grupo.

Mi padre solía referirse a sí mismo como el “espalda plateada”, lo decía con orgullo en momentos en los que él veía similitudes con el rol del gorila, ofreciendo: protección, ayuda, decisión, empuje, etc. A lo que nosotros, la familia, nos burlábamos de la comparación buscando otras similitudes como: pelo plateado, magnitud corporal considerable y andares “gorilenses”, a lo que él respondía con un gruñido y un par de golpes en el pecho para seguir la mofa (cómo no…).

Bromas aparte, nunca pudimos negar que si la referencia del gorila era principalmente por su papel protector, todos estábamos de acuerdo. Mi padre era por encima de todo, un gran “pasador de pena”, quería a toda costa evitarle el sufrimiento a los demás (como he comentado en otros posts) y su estrategia para lograrlo era ser un protector extremo. Obviamente no logró evitar el sufrimiento por completo, pero por lo que a mí se refiere, sí que logró transmitirme esa seguridad que él tanto se esforzaba por conseguir.

Cuando era pequeña, recuerdo que hubo una temporada en el que había mucho miedo a dormir solo y que en el cole lo hablábamos. Muchos niños hablaban de ladrones, fantasmas, monstruos, etc…. Yo, sin embargo, nunca he tenido problemas ni miedos para dormir, pero tras semejantes conversaciones, había días en los que me costaba conciliar el sueño, aunque lograba dormirme a los pocos minutos y recuerdo exactamente cuál era mi reflexión: “si alguien quiere entrar en casa, primero tendrá que pasar por el cuarto de los papás y mi papá no permitiría nada” y con esa sensación de tener un superpapá me dormía tan tranquila.

Incluso de mayor (a pesar de que no se solucionara nada con el hecho) las palabras de mi padre siempre me hacían sentirme arropada, aunque sólo fuera por la broma. Por ejemplo, en casos de incertidumbre de si iba a lograr conseguir determinada cosa, él siempre me decía: “no te preocupes, diles a todos que eres mi hijita y verás cómo lo consigues/te dejan pasar/te dan preferencia/te tratarán muy bien, y un largo etcétera. En momentos de incertidumbre o decepción oír a tu padre en ese plan, no te dejaba más opción que sonreír y contestar con un tono condescendiente “papá…”


Hijitamía.

Sobre el cariño

Hablando de espaldas y hablando de mi padre no puedo evitar acordarme de las muchas veces que le rascaba la espalda. Rascarle la espalda a mi padre era algo muy “injusto”, yo me pasaba “horas” en darle una rascadita por toda su espaldota de gorila mientras que él para rascarme mi espalda de hijita de 6,7,10 o 28   años lo hacía en dos segundos (algo que siempre le reprochaba). En casa mi padre era un mimado y siempre pedía “rascaditas de espalda” y mi hermano y yo también hemos salido igual. 

En la universidad tuve una profesora maravillosa que un día explicando la importancia del apego entre padres e hijos hacía referencia al contacto físico y a las muestras de cariño en la familia y cómo una dinámica afectuosa influye y beneficia a ambas partes. Nunca había reflexionado sobre cuán cariñoso era mi padre hasta ese momento (aunque parezca mentira) en el que justamente la profesora puso como ejemplo rascar la espalda o hacer masajes en la familia. Entonces rápidamente hice un balance de la cantidad de besos y abrazos que me daba mi padre, en cuántas veces habíamos dormido abrazados (cosa que mi madre nunca entendió, pues con el tamaño de mi padre ¡pensaba que yo me ahogaría!) o todas las veces que mi padre me acarició el pelo mientras mi cabeza estaba acostada sobre su enorme pecho de pelo blanco. 

Ese día llegué a casa diciéndole a mi padre “papá que sepas que si soy cariñosa es gracias a ti y a tus rascaditas de espalda”


* Como es lógico, también es gracias a mi madre, pero como este blog no es sobre las cosas buenas de mi madre, no entraré en detalles. 

(No me sorprendió para nada que su contestación fuese: “y hablando de eso hijita, ahora que estás aquí no le darías una rascadita a tu padre que te quiere tanto y está tan enfermito?”)

Hijitamía.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Sobre lo importante que es un 'casi'

Mi padre era una persona muy reflexiva, le gustaba 'filosofar' y compartir sus conclusiones. A estas alturas del año, los recuentos, resúmenes y valoraciones de lo vivido son casi inevitables. Una vez más se me vienen a la cabeza sus palabras, sus dichos:

1. "No somos nada" : Enfatizando lo efímera que es la existencia, lo débiles que somos y por lo tanto, la gran urgencia de aprovechar y disfrutar cada momento.

2. "Esta vida es un chiste" : Enfatizando la carcajada.

3. "¿De qué sirve saltar por mucho que pique?" : Este lo intento aplicar siempre que puedo, pero no es tarea fácil. 

Así que, tras repetirme a mí misma todas estas reflexiones, trato de recordar algo que me haga reír y (cómo no, otra vez) gracias a mi padre, lo consigo. Entonces es cuando se me viene a la cabeza el cuarto dicho:

4. " Somos una cuasi-mierda" : "Si fuéramos una mierda, ¡ya nos habríamos ido por el wáter!" 





Y entonces hay que reírse, porque esta vida es un chiste.

Hijitamía.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sobre el primer año

→ Se necesita leer junto con esta entrada la siguiente "Sobre la historia que he mencionado antes"←


La gente mira al cielo y ve nubes, pero todos miran a nubes diferentes. Los melancólicos ven su tristeza reflejada, los científicos efectos colaterales, los optimistas una fuente de inspiración inagotable, los ingleses no ven nada de raro y los viajeros una señal de posible cambio de planes. Todas esas nubes son comunes y corrientes. Tú tendrás nubes como nadie las ha tenido.

Cuando mires al cielo por la mañana, como yo habitaré en una de ellas será para ti como si todas las nubes tuvieran bigote, ¡tú tendrás nubes con bigote!


 (*Adaptación de un extracto de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry)



Y ya ha pasado un año desde que mi padre nos dejó.

Esto va a sonar un poco raro, pero en este año he pensado tanto en mi padre que la única comparación que se me ocurre es la de estar enamorado/a. Como cuando estás en esa situación en la que hagas lo que hagas tienes a esa persona en tu cabeza y de repente todo te recuerda a ella; no importa si estás escuchando una canción, leyendo un libro, comiendo un plato de sopa o caminando por la calle, cada cosa que ves, oyes, hueles, en definitiva, sientes te recuerda a esa persona, pues así he pasado yo este primer año sin ver, oír, oler o tocar a mi padre.

No importaba que me quisiera evadir de la realidad y evitar ver cualquier cosa dramática viendo mis series de comedia preferidas, durante este último año ha habido en todas un capítulo en que se le moría el padre a alguno de los protagonistas (lo mismo me ha pasado con las películas).

No importaba qué libro leyera que al fin y al cabo alguien se iba a morir o a contar la historia de que su padre se había muerto.

No importaba que conociera a gente nueva y fueran para mí nuevas fuentes de amistad y diversión, también se les había muerto el padre. (no a todos, claro, pero la proporción y la casualidad es grande).

No importaba de lo que estuviera hablando porque siempre se me venía a la cabeza “pues mi padre un día…” 

Y tampoco importaba que no hiciera absolutamente nada, que de alguna forma acabaría pensando en mi padre enlazando el mínimo detalle de la escena en la que me encontrara con algún remoto recuerdo que me evocaría miles de pensamientos e historias sobre mi padre.

La mayoría de personas que he conocido que han pasado por esto intentan evitar los recuerdos, porque les parece que son demasiado dolorosos. Cada uno tiene sus estrategias y se ve que a mí me funciona lo contrario, o que simplemente no encajo muy bien el hecho de que alguien desaparezca y estoy obsesionada con retenerlo aquí aunque sea a base de pensamientos.

Para mí no es doloroso recordar la voz de mi padre, recordar su cara e imaginármela en la mente como si la estuviera viendo con el zoom al máximo, no es doloroso ver su brocha de afeitar cada mañana en el baño y tampoco es doloroso mirar la hora en su reloj enganchado a mi muñeca, para mí es como si pasara un rato conmigo, es como si cada mañana fuera a bajar a afeitarse cuando yo acabara de ducharme, es como si me acompañara. O a lo mejor me aferro a todo esto, para no recordar nada negativo, nada que “rime” con muerte, desaparecer, drama, injusticia, miedo, terror. En realidad nada de eso, en realidad creo que es lo único que sé y puedo hacer, de hecho hace unos días puse en práctica esta estrategia automática cuando me encontraba en el metro: 

Eran las 15:30 de la tarde y en cierta estación los vagones se llenan hasta tal punto de no tener la necesidad de agarrarse a ninguna barra porque las personas de delante, de atrás y de los lados no dejan que te muevas del sitio.
Al no poder ni sacar un libro, jugar a algún juego del móvil o buscar los auriculares para ponerte música, no queda otro remedio más que entretenerse mirando las caras de la gente. De repente, cómo no, un señor con bigote, unas facciones parecidas, un sombrero de pana y sin darme cuenta me encuentro buscando entre las fisonomías de la gente la cara de mi padre.
Sin saber cómo, empecé a sentir una sensación de angustia,  como si estuviera buscando a alguien desesperadamente que no aparece, hasta que caí en cuenta de que mi padre no se iba a subir al vagón y dejé de mirar las caras de la gente. En ese momento sentí lástima de mi misma y sentí que estaba a las puertas de la tristeza absoluta. Sin embargo y de nuevo sin saber por qué, se me vino uno de los recuerdos de mi padre, uno de esos como los pocos que he usado para llenar este blog y entonces me reí.

  
(*Imagen del libro Wonder de R.J. Palacio)




viernes, 28 de noviembre de 2014

Sobre la historia que he mencionado antes

Mi padre sólo viajó una vez en su vida a Inglaterra. No hablaba inglés, pero como no tenía vergüenza de nada, pues si hacía falta se lo inventaba y con la facilidad gestual que tenía se hacía entender.

Resulta que cuando aterrizó, nos contó cómo en el avión se había sentado al lado de una señora mayor, que a mitad de trayecto le había empezado a hablar en inglés. Al principio mi padre hizo lo que todo el mundo hace: sonreír y afirmar con la cabeza, hasta que la señora empezó a entablar conversación y ya mi padre tuvo que decir el famoso: “I’m sorry, I don’t speak English” acompañado de cara de sorpresa mezclada con circunstancia (por el esfuerzo) y negando con la mano (por si acaso no quedaba bien clara la declaración). Pero la señora siguió hablando en inglés hasta que ya mi padre no tuvo más remedio que darle explicaciones en español con gestos, y entonces, pasó algo inesperado: la mujer se quedó mirándolo y de repente se empezó a desternillar de la risa y le contestó en un castellano perfecto: “Pensaba que me estaba tomando el pelo, no me puedo creer que usted no sea británico, ¡con esa cara de Bulldog Inglés que tiene!” 

Mi padre contaba esta historia cada vez que alguien sacaba el tema Inglaterra o derivados, creo que fue una de las anécdotas que más gracia le ha hecho en su vida y se reía a carcajadas cuando llegaba a la parte de pronunciar “Bulldog Inglés”, de hecho siempre repetía el nombre dos veces, estaba encantado con esa comparación (es lo que pasa cuando tienes un sentido del humor como el de mi padre).


“y entonces me reí”.



Hijitamía.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Sobre las pequeñas idiosincrasias

Esta es una de esas lecciones que aprendes cuando admiras lo que ya no tienes.

Los momentos cotidianos, la rutina, el día a día, la vida y  los rasgos de aquellos que nos acompañan en este viaje se vuelven tan comunes que dejamos de asombrarnos de aspectos que probablemente sean únicos e irrepetibles.
Este es en realidad el corazón de este blog, aparte de ayudarme a pensar en todo lo positivo y alegre que me enseñó mi padre, me asegura la memoria de sus pequeños gestos distintivos.

1.       El “silbido de entrada” de mi padre cada vez que cruzaba la puerta. Sí, tenía una sintonía al más puro estilo timbre, que silbaba cada vez que llegaba, no había reparado en lo original que era, hasta que he dejado de oírlo.
2.       La forma de darme la mano con un solo dedo.
3.       La mueca más característica de mi padre cuando la situación requería una de dos: fuerza o concentración: sacar la lengua por un lado de la boca y mantenerla mordida.
4.       El idioma que tenía con los animales: sobre todo perros y caballos (créanlo o no, le hacían caso).
5.       Hacer la misma broma al despedirnos día tras día, siempre (y no exagero). Su objetivo era que contestáramos “¿qué?” y para ellos nos preguntaba cosas en lenguaje inventado.
Ej: Después de despedirnos y salir a pedir el ascensor mi padre gritaba:
“¡Hijita! Taestayá?” y yo contestar “¿qué?” y él soltar la carcajada (sí, a mi padre y a mi familia en general nos va tanto el humor refinado como el humor más estúpido, rasgo que agradezco profundamente haber heredado).

El hecho es que consiguió tres veces que yo dijera “¿qué?” pero luego ya nunca más caí, aunque eso no impidió que siguiera repitiendo la broma día tras día, aunque el diálogo cambiaba además del tiempo que invertíamos, en realidad se convirtió en una especie de rutina de despedida.

Papá: “¡Hijita! ¿tatuntarso?"
Hijita: “Sí, claro ¿y tú también?”
Papá: “¿yo? La semana pasada, ¿taestayá?"
Hijita: “por supuesto”
Papá: "Ahh bueno, ves con cuidado, ¿okey?"
Hijita: “¡hasta  mañana papá!”



 Y un largo etcétera que seguiré recordando día tras día.

Hijitamía.

Sobre volver al pasado

Mi último viaje a casa (antes de que mi padre ingresara en el hospital) pasé mucho tiempo de calidad con él, y me impresionó un poco las veces que recordaba hechos del pasado, de cuando yo era pequeña y pasar el rato con mi padre era el mejor plan que una niñita podía desear.

Se me quedaba mirando y de repente soltaba (con su mejor imitación de voz de su hijita de tres años) “¿vamos a ver los patitos papá?”; “en este bosque no hay lobos, ¿verdad papá?” a mí me encantaba, pero al mismo tiempo me preguntaba por qué recordaba precisamente eso.

Eran particularmente dos días; uno en el que me llevó a una visita de trabajo y de paso nos paramos en un lago a ver los patos, disfruté tanto, que casi cada día le pedía que me llevara a ver los patitos. Otro día que recordaba era uno en el que habíamos recogido a una amiga de mi prima e íbamos en el coche, mi prima, su amiga y yo, por causas fisiológicas mi padre se vio obligado a hacer un “pipí-stop” en la carretera en una zona de bosque, salimos las tres del coche y al cabo de 10 segundos mi padre me recuerda volviendo y preguntando “papá, en este bosque no hay lobos, ¿verdad?” a lo que él respondió con una carcajada y me dijo que no me preocupara y que me acompañaría.



Yo me encuentro ahora haciendo lo mismo y volviendo al pasado diariamente para acordarme de mis momentos de pequeñita con el papá, sobre todo se me repiten dos recuerdos: jugando al “baño”: sentándome de lado  en su regazo como si fuera el “váter” y su mano la cisterna y al “soltar el agua” mi padre abrir las piernas y yo morirme de la risa al quedar colgando (aunque cuando la “cisterna” no “funcionaba” y él la arreglaba “poniendo tornillos” que era hacerme cosquillas, no sé si me gustaba más).

Otra cosa que visualizo a menudo es tener pintado un reloj a boli en la muñeca y sentirme orgullosísima de él, porque “funcionaba”. Mi padre me pintaba día sí y día también un reloj en la muñeca y me decía que me lo pusiera al lado de la oreja para comprobar que funcionaba, y siempre que él me lo decía oía un tic-tac perfecto que me fascinaba. (Luego descubrí que lo hacía chasqueando las uñas una por debajo de la otra de los dedos pulgar y corazón).

Cuando pienso en estas cosas se me vienen recuerdos de mi hermano de pequeño, con casco de constructor clavando puntillas en un tablón de madera con un mini martillo con mi padre, recuerdo a mi padre señalarle cada tractor con pala que veía por la calle, recuerdo cómo mi hermano veía fotos de mi padre de pequeño y decía que era él, pero uno de los recuerdos más graciosos es cuando mi hermano (de unos tres años también) al ver a “Papá Noel” el 24 de diciembre con su saco de regalos, con su barriga, su barba, su “Ho Ho Ho” se le acerca y le dice “papá se te ha olvidado quitarte las gafas”, y podría seguir con recuerdo tras recuerdo, y entonces ya no me pregunto por qué mi padre recordaba estas cosas.


Hijitamía.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Sobre ser consciente de todas las pequeñas cosas

Desde muy pequeña mis padres han intentado que fuera consciente de las diferentes realidades de esta vida y de lo afortunados que éramos por tener una buena calidad de vida (facetas socio-económicas, sanitarias, educativas, culturales, políticas, etc., del momento y el lugar en el que vivíamos) pero también a valorar las cosas de una forma más detallada, a darle importancia a hechos tan cotidianos que pasan desapercibidos y de esta forma aunque alguna de las cosas importantes falle, siempre nos quedará el disfrute de las pequeñas cosas de la vida.

Un recuerdo recurrente en relación a este tema es la reflexión que me hizo mi padre un día cuando era pequeña y no podía dormir. Me hizo pensar en la suerte que tenía de tener una cama y una almohada tan cómoda, me dijo que el placer de poner la cabeza sobre una almohada fresquita y blanda era algo que no se podía desaprovechar y que tenía que dormir y disfrutarlo y ya no recuerdo nada más porque me dormí.

Muchos años después, estando mi padre enfermo en el hospital, hubo muchas noches sin poder dormir bien, pero una en cuestión en la que parecía que no habría ni media horita de sueño. De repente se me vino a la mente todo lo anterior y le repetí exactamente sus palabras, (la clave es aislar lo positivo por pequeño que sea y agarrarnos a ello para poder disfrutarlo) aunque estuviéramos en el hospital tenía una cama y una almohada cómoda y tocaba dormir y así fue.

Desde entonces intento no consultarle nada a la almohada, simplemente le agradezco el hecho de estar allí y duermo, ya mañana será otro día.




Hijitamía.

Sobre no desaprovechar ninguna aventura

Siempre que cualquier situación nueva me asusta (que suelen ser la mayoría, por pequeñas que sean) intento tomármelo en vez de como una “maldición” como una “aventura”, tengo mis pequeños trucos y frases mentales, (porque la cosa no es fácil) pero lo que más resuena en mi cabeza es la frase de mi padre que una vez nos dijo a mí y a mi prima con su mejor voz al más puro estilo de Constantino Romero:

“Empieza la aventuraaa de Port Aventuraaa: chan chan chaaaan”

 (Lo de chan chan chaaan era una muletilla típica de él para todo momento de sorpresa/ éxito, el tono de los “chans” va subiendo de más grave a más agudo, ¡ojo! no leer en tono suspense)

Ese día mi padre, mi madre y mi tía decidieron sorprendernos a mi prima y a mí con un viaje sorpresa a Port Aventura y con esa frase se le ocurrió a mi padre despertarnos. Parece mentira, pero siempre me he acordado de su ilusión al darnos la noticia, casi que estaba más emocionado él, porque obviamente nosotras todavía no habíamos procesado el hecho de que nos íbamos.

Estoy segura de que ese entusiasmo es la clave de todo, y aunque ya no me vaya a Port Aventura, siempre que lo necesite seguiré oyendo su voz…

Empieza la aventuraaa…”



Hijitamía.

viernes, 29 de agosto de 2014

Sobre el cómo decir Te quiero

Este recuerdo no tiene anécdota, ni tampoco gracia, simplemente es un dato especial.

Mi padre era una persona cariñosa,  decir "te quiero" no era raro en él,  pero sí que era única la manera en que me lo decía, y eso siempre me encantó,  no me dijo nunca te quiero a secas ni tampoco mucho ni muchísimo siempre era "tanto":

"¡Te quiero tanto hijita!"



Hijitamía.