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viernes, 29 de julio de 2016

Sobre un gran susto

Esta es una historia que le encantaba contar a mi padre, escrita por mi no es lo mismo, no tiene gracia, pero si conocían a mi padre recordarán fácilmente su cara tan expresiva!

Resulta que lo habían citado unos clientes en su taller. Mi padre salió bien temprano y después de una horita de trayecto se encontraba en la verja. 

Por aquel entonces no había móviles y como vio que estaba un poco abierta decidió aventurarse, así que dejó el coche afuera y entró caminando.

La nave del taller estaba a unos metros de la entrada y no se veía a nadie.

De repente sale un perro y empieza a venir hacia él, era enorme, pero mi padre nunca le había tenido miedo a los perros, así que siguió caminando. Sin embargo, algo no le cuadró y volvió a mirarlo y de pronto reaccionó y vio que aquello no era un perro, era un león!



La facilidad de muecas no le era suficiente al contar esta historia, porque no podía representar realmente la impresión que se llevó... Estaba tan aterrorizado que ni la voz le salía!

Por suerte no hizo falta pedir auxilio ya que todos los del taller estaban escondidos esperando a ver su reacción como broma, el león lo habían criado como un perro y se comportaba como tal...

Después estuvo yendo varias veces y se hizo amigo del león, decía que era como un perro,  pero el susto fue de campeonato!

Y así es como acabaría una historia más o menos normal...

Pero ya conocen un poquito a mi padre y saben las ideas de bombero que tenía... 

Resulta que se hizo tan amigo del león,  que ni corto ni perezoso lo pidió prestado, lo subió a su Ford Fiesta y se fue con él a casa. 

Cuando llegó  llamó a mi madre diciéndole "Gordita, mira que sorpresa te he traído" ella salió a la puerta y se vio a la bestia en el coche (el león,  mi padre ya había salido del coche) se pegó un susto horrible y salió corriendo (ahora era mi padre el que se reía!). 

Intentó que mi madre se acercara al león explicándole que era como un perro y todo lo que le habían contado cuando él se llevó el susto, pero no consiguió convencerla y no llegó a bajarlo del coche, tal como vino se fue!

Con sorpresas así ¿quién se podía aburrir?
 
Hijitamía.

martes, 29 de marzo de 2016

Sobre la errata

En mi familia, la cabezonería es algo característico de cada uno de nosotros: tanto a nivel físico como a nivel mental, pero sin duda alguna ganaba mi padre!

Este rasgo tan definitorio, tiene como todo, sus cosas buenas y sus no tan buenas... Por ejemplo:

Cosas buenas:
Mi padre conseguía todo lo que se proponía con una receta especial de: voluntad, esfuerzo y toneladas de cabezonería. Hizo lo que le apeteció y vivió como quiso y eso fue en parte a esa virtud-defecto de la que os hablo.

Una de sus virtudes era la persuasión, aunque siempre me quedó la duda de si era por sus dotes convincentes o por su cabezonería de conseguir algo: la verdad es que debía ser una mezcla de todo pero no me extrañaría que mucha gente accediera a lo que mi padre le proponía con tan de que se callase y parara ya de insistir!

Cosas no tan buenas:
Vivir toda su vida con una cicatriz en la sien, fruto de los fórceps que ayudaron a este "bebé" a llegar al mundo! (Cuando decía lo de cabezón era en serio!)

El hecho de que tu propio abuelo que te quería con locura no fuera ajeno al hecho de que eras excesivamente cabezón y decidiera componerte una canción al respecto (este era un aspecto malo/vergonzoso para él, pero gracioso para los demás! Aunque nunca nos dijo qué decía exactamente la canción...)

O llegar al colmo de la terquedad y que se te vea el plumero!
Este episodio pasó conmigo (que como hija de mi padre no me quedo atrás en mi nivel de cabezonería, aunque lo estoy intentando superar volviéndome más flexible!)*

* Dicen que el primer paso es reconocerlo!



Estábamos hablando de un hecho en concreto durante la comida (yo conocía lo cabezón que era mi padre, por lo tanto, si decidía llevarle la contraria lo hacía a sabiendas de las consecuencias, por lo que la mayoría* de veces, optaba por darle la razón y evitar discusiones.

* Mayoría en este caso se entiende como un concepto subjetivo.

El caso es que ese día estaba tan segura de que tenía la razón, que no pude evitar oponerme a sus argumentos. Lo que sucedió a continuación fue que la cabezonería de él potenció la mía y me fui a la enciclopedia (si, de esto hace ya mucho tiempo) y efectivamente, en ella hallé la respuesta que defendía. Corrí con el tomo en la mano e hice que mi padre leyera por si mismo lo que yo llevaba rato explicando... Para sorpresa mía su reacción fue la siguiente:

Puso cara de desaprovación y dijo solemnemente "Esta enciclopedia está errada" y punto final.

Y así es como aprendí que no servía de nada intentar cambiar la opinión de mi padre, pues me quedé igual de frustrada. Dejé pasar el tiempo hasta que fui lo suficientemente mayor y la "cosa" ganó algo de perspectiva y gracia y entonces un día le recordé el episodio. Acto seguido soltó una carcajada y dijo:

"Y yo qué iba a saber hijita!! Lo que sí tenía claro es que no me iba a dejar ganar!!"
(y punto final!)


Hijitamía.

jueves, 29 de octubre de 2015

Sobre el positivo


Hoy voy a hacer una recopilación de bailes, sintonías y demás actuaciones de mi padre asociadas a diferentes eventos de la vida:


Como ya he ido comentando y describiendo el carácter de mi padre y sus reacciones únicas a todo tipo de sucesos, no voy a aburrir repitiendo, pues a estas alturas estas ocurrencias no deberían sorprender a nadie.


-          Sintonía de intriga: Cuando alguien debía emprender una aventura, un nuevo reto, un plan divertido. Se requería cantar “El llanero solitario” en onomatopeya, al mismo tiempo que se movían las cejas arriba y abajo muy rápido:



“Birubirubí pau pau pau”



-          Sintonía de logro personal (desde arreglos del hogar a éxitos varios). Se requería cantar la canción del “Muchacho flaco” al mismo tiempo que se bailaba una especie de salsa y se cogía al primero que pasara por delante para que se uniera al baile.



“Yo soy un muchacho flaco, pero de corazón tierno… lalalalalala…”



-          Sintonía del anfitrión (tarde o temprano en cualquier reunión antes, después o en medio del repertorio de chistes aclamado por el público). Se requería poner falsete de tenor y cantar la ranchera de “El rey”



“Con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero y mi palabra es la LEY”



-          Representación para demostrarle a mis hijos la capacidad de memorización tan impresionante que tenía su padre. Dependiendo del día se requería recitar la Canción del pirata de Espronceda o nombrar a los no sé cuántos varones apostólicos que tuvo que memorizar cuando tenía unos 10 años (¡y todavía recordaba!).



¡Así que nada de quejarse por tener que estudiar!



-          Sintonía a cantarle a los hijos cuando nombraban asuntos amorosos. Se requería poner cara de pícaro, volver a poner falsete de tenor y cantar con el mejor acento de inglés inventado posible:



“Strangers in the night….lalalalala…dubidubiduu”



-          Sintonía y baile de baile (valga la redundancia e independientemente de la música que esté sonando). Se requiere bailar una especie de “mambo” riendo y de un momento a otro gritar “MAMBO UH” y dar un salto mientras se coge el propio cuello de la camisa como si la tiraras para arriba para después decir “AHHHH UH!” y seguir bailando como si nada.


A pesar de todo este repertorio tan amplio y la cantidad de recuerdos que tengo de mi padre bailando y cantando hay uno que se me quedó grabado para siempre.


El día que se enteró de que mi madre estaba embarazada de mi hermano.


(Por supuesto yo no sabía nada, porque todavía no lo habían confirmado). 

Era verano y nos encontrábamos en el campo pasando las vacaciones. Bajé a ver qué estaba haciendo el perro, cuando me encuentro a mi padre bailando y cantando “boleros” y lo pongo entre comillas porque a pesar de estar tarareando la música correcta más que bailar boleros parecía Homer Simpson en el país de caramelo. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba, pero en todo caso, debía de ser bueno si mi padre estaba bailando y cantando, así que en seguida que me vio me dijo que me uniera al baile (por supuesto me puse a saltar cual Heidi en la pradera a la par que cantábamos “titiruriruri tiruriruri”), fue genial, aunque cuando me enteré del porqué del baile fue todavía mejor.




En mi caso, cuando recuerdo a mi padre, no sólo recuerdo o hipotetizo lo que me diría, sino que también emparejo las situaciones con sintonías varias. Hoy, por ejemplo, tenía que ir a un sitio que suponía mucha expectación y nervios (intriga al fin y al cabo) y me encontré a mi misma diciéndome “allá vamos, birubirubí pau pau pau”, siempre me da ánimos y sobre todo ganas de reír. 


Otras veces me ayuda a combatir la nostalgia de saber que no voy a poder compartir con él, que se va a perder esto, porque entonces me acuerdo del baile que le dedicó al positivo de mi madre y me pongo a hipotetizar qué baile le hubiera dedicado a mi positivo hace poco más de tres meses y me dan ganas de reír de nuevo.





  -Papá, vas a ser abuelo: birubirubí pau pau pau-

Hijitamía.

miércoles, 29 de julio de 2015

Sobre el pasárselo bien

El próximo martes mi padre hubiera cumplido 63 años.

Ahora me parece tan joven...

Hace unos años,  63 me hubiera parecido la ancianidad...(claro que recuerdo que cuando mi padre cumplió 50 también me lo pareció) y más aún cuando celebró sus épicos 40. A ojos de una niñita de 8 años,  parecía raro que nadie le hubiera regalado un bastón...

Nada más lejos de la realidad. ..
 
Ahora veo las fotos y video (sí...video...) de aquella fiesta y sólo puedo pensar que fue un ¡muchacho con suerte!
 
No creo ir muy desencaminada al pensar que los asistentes de aquel día de agosto debieron irse a casa pensando "¡Esta ha sido la mejor fiesta en la que he estado!"
 
En resumen: Fiesta vaquera en la que en la invitación se requería vestuario cowboy y muchas ganas de pasárselo bien, buffet, DJ, bebida, caballos, piscina, bailes en corro, chistes, un centenar de familiares y amigos, verano y 1992.
 
Los recuerdos de lo vivido son escasos pero geniales:
 
- Mi abuelo con el micrófono cantando a todo pulmón el cumpleaños feliz en su particular versión "Sapo verde eres tú" y mi padre cogiéndolo en brazos como si fuera un bebé mientras todos aplaudían.
- Un regalo envuelto en una sandía (un cubo perfectamente cortado salió del centro de la sandía conteniendo un reloj).
- Bailar "Un rayo de sol" en la "pista" con todos los amigos y familiares cogiéndonos de las manos.
- Reírme con mis primas I&L que llevaban el mismo atuendo cowboy que yo.
-Ver a mi padre estrenar un regalo (y no fue el reloj) bailando con un delantal del que colgaba una palanquita que al apretar hacía que se levantara y se vieran partes nobles de tela y la gente se desternillaba...

(Y ya no recuerdo más,  porque en cuanto mi padre nos vio a mis primas y a mi queriendo usar el famoso delantal decidió que ya era hora de que la fiesta se volviera al menos para mayores de 10 años y nos mandaron a dormir...)

Sin embargo, gracias al video pude descubrir otras cosas de la velada y sé que la fiesta acabó con mi padre y un primo remando una lancha que habían metido a la piscina, cantando canciones y contando chistes.



Este martes será muy diferente,  pero al menos sé que esté donde esté podrá volver a remar la barca junto a su primo y su padre podrá volverle a cantar Sapo verde.
 
Feliz cumpleaños papá.

Hijitamía.

domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cómo superar los miedos II: Dedicado al Titmío.

Mi padre era una persona muy fuerte, pero a la vez muy impresionable, de esas que les dan cien mil vueltas a las cosas y se imaginan en todos los escenarios posibles. De esas que compran un extintor para el hogar o tienen una cuerda gruesísima para emergencias “por si los bomberos no llegaran a tiempo, vosotros poder bajar por la cuerda”. 

Como consecuencia los hijos también salimos impresionables.

Afortunadamente, tenemos historias dominadas por una fuerte voluntad que contrarrestan esta debilidad mental aparente y nos sirven de ejemplo de superación e inspiración. 

Una vez me contó que él siempre había tenido muchos miedos, y que recordaba especialmente el miedo a volar. Resulta que cuando él era joven sucedieron varios secuestros de aviones y eso lo marcó tanto, que no podía evitar pensar que le iba a suceder a él y dándole todas las vueltas posibles, no pudo evitar desarrollar fobia a viajar en avión.

En poco tiempo y por obligaciones laborales no tuvo más remedio que volar controlándose. (Aunque más que eso, yo creo que conoció a mi madre y en el primer viaje de vacaciones no quiso que se llevara la impresión equivocada y se tragó el miedo como pudo…al fin y al cabo los espalda plateada ¡no tienen miedos!). Después de esa experiencia, poco a poco se fue controlando y recuperó la calma.

De hecho, la recuperó hasta tal punto, que cuando yo era pequeña, el recuerdo de viajar en avión con mi padre era todo lo opuesto a algo dramático y miedoso. Él se dedicaba a hacer una imitación (que a mí me parecía chistosísima) del piloto. Daba mensajes a la cabina, accionaba palancas invisibles y presionaba botones imaginarios con todos los efectos sonoros incluidos, mientras yo me reía y le ayudaba con algunos botones y mi madre deseaba estar viajando en otro avión.

Lo más divertido era el momento de despegar (cuando el avión se para en una especie de paso de cebra y luego acelera a fondo para despegar). Era divertidísimo oír a mi padre ir diciendo “nos vamos, nos vamos, nos vamos, ¡NOS FUIMOS! Justo cuando el avión tocaba por última vez el suelo.


Después, como todo el mundo (me imagino) íbamos comentando lo insignificantes que se veían las cosas desde allá arriba, pero casi en seguida, sacábamos la revista de la compañía, que suele tener en las últimas páginas el mapa con todas las rutas, e inspeccionábamos las trayectorias y los modelos de avión que las harían, y miles de ocurrencias más. (Ya comenté que el tener tema de conversación con mi padre era lo más sencillo del mundo).

Cuando yo era más mayor, mi padre solía viajar bastante y no precisamente en vuelos cortos. Un día le pregunté si cuando iba solo le volvían los pensamientos de miedo y terror y me contestó: 

“Para nada, ahora es al contrario, he pasado al otro extremo, es subirme al avión y no puedo evitar quedarme dormido (¡creo que debo roncar mucho!). Eso sí, como no quiero quedarme sin comida, lo que hago antes de dormirme es abrir la bandeja del asiento de delante y me pongo un cartelito en el que he anotado  “por favor, despiérteme para la cena” 

Y… ¡era verdad!

Esa imagen del cartelito me hizo reír a carcajadas y a él también.

¿Quién va a tener miedo acordándose de todo esto, verdad Titmío?


Hijitamía.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sobre lo impredecible

Como ya dije antes, nunca me faltan motivos que me precipiten un recuerdo de mi padre. 
La mayoría son obvios, como ver por la calle un cartapacio de la revista Reader’s Digest (o Selecciones en España) a la que estuve suscrita desde mis 5 años, (idea de mi padre).

Para mí esa revistita llena de historias dramáticas, de superación, amistad, humor, etc., constituyó una fuente de motivación para leer importante, sin olvidar el orgullo que supuso el que llegara correo a mi nombre (para esta niña de 5 años eso era emocionantísimo).

Así pues, por 22 años mi padre y yo nos esperamos el uno al otro para leer las selecciones y comentar lo más destacable. No era extraño que al ver esa carpeta, el recuerdo fuera instantáneo.



Lo insólito, sin embargo, es la cantidad de veces que le recuerdo a la hora de cocinar. Digamos que sus habilidades culinarias no entran dentro de la categoría “no saber freír ni un huevo” porque precisamente esa era su única especialidad.

Hacía los mejores huevos revueltos y tortillas del mundo (siempre y cuando no le diera por ponerse “creativo” y echarles mejillones con queso y maíz, por ejemplo).

El secreto estaba definitivamente en el batido de los huevos. Tenía la capacidad de batirlos igual o mejor que cualquier batidora eléctrica y el resultado era una textura extra esponjosa que a todos nos encantaba.
No voy a mentir, el día que se puso “creativo” fue toda una experiencia. Él estaba encantado por nuestra insistencia y cumplidos cual aclamado chef.  Cuando nos sirvió semejante mezcla de ingredientes imposibles, no tuvimos el valor de rechazarlos. Todavía recuerdo nuestras miradas de “calla y come, pobre hombre, con lo que se ha esmerado”.

Sea como fuere, esa anécdota no dañó su reputación y por eso cada vez que tengo que batir huevos aparece el recuerdo automaticamente.

Antes de poder atormentarme por su ausencia “ojalá estuviera mi padre aquí” la situación se vuelve cómica al seguir la frase “para batir los huevos”.

Por descontado, la ridiculez de todo el asunto hace que el humor se haga dueño del momento al más puro estilo del papá. Seguro que la idea de ser recordado por la forma de batir los huevos le hubiera parecido buenísima, hubiera dicho algo así como “No se puede competir con la <máquina total>”.





Hijitamía.

jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el espalda plateada

Los gorilas «espalda plateada» son fuertes y dominantes, dirigentes de grupos de 5 a 30 individuos, y son su centro de atención; toman todas las decisiones, median en conflictos, deciden los movimientos del grupo, llevan a los demás a sitios donde alimentarse y toman la responsabilidad de la seguridad y bienestar del grupo.

Mi padre solía referirse a sí mismo como el “espalda plateada”, lo decía con orgullo en momentos en los que él veía similitudes con el rol del gorila, ofreciendo: protección, ayuda, decisión, empuje, etc. A lo que nosotros, la familia, nos burlábamos de la comparación buscando otras similitudes como: pelo plateado, magnitud corporal considerable y andares “gorilenses”, a lo que él respondía con un gruñido y un par de golpes en el pecho para seguir la mofa (cómo no…).

Bromas aparte, nunca pudimos negar que si la referencia del gorila era principalmente por su papel protector, todos estábamos de acuerdo. Mi padre era por encima de todo, un gran “pasador de pena”, quería a toda costa evitarle el sufrimiento a los demás (como he comentado en otros posts) y su estrategia para lograrlo era ser un protector extremo. Obviamente no logró evitar el sufrimiento por completo, pero por lo que a mí se refiere, sí que logró transmitirme esa seguridad que él tanto se esforzaba por conseguir.

Cuando era pequeña, recuerdo que hubo una temporada en el que había mucho miedo a dormir solo y que en el cole lo hablábamos. Muchos niños hablaban de ladrones, fantasmas, monstruos, etc…. Yo, sin embargo, nunca he tenido problemas ni miedos para dormir, pero tras semejantes conversaciones, había días en los que me costaba conciliar el sueño, aunque lograba dormirme a los pocos minutos y recuerdo exactamente cuál era mi reflexión: “si alguien quiere entrar en casa, primero tendrá que pasar por el cuarto de los papás y mi papá no permitiría nada” y con esa sensación de tener un superpapá me dormía tan tranquila.

Incluso de mayor (a pesar de que no se solucionara nada con el hecho) las palabras de mi padre siempre me hacían sentirme arropada, aunque sólo fuera por la broma. Por ejemplo, en casos de incertidumbre de si iba a lograr conseguir determinada cosa, él siempre me decía: “no te preocupes, diles a todos que eres mi hijita y verás cómo lo consigues/te dejan pasar/te dan preferencia/te tratarán muy bien, y un largo etcétera. En momentos de incertidumbre o decepción oír a tu padre en ese plan, no te dejaba más opción que sonreír y contestar con un tono condescendiente “papá…”


Hijitamía.

Sobre el cariño

Hablando de espaldas y hablando de mi padre no puedo evitar acordarme de las muchas veces que le rascaba la espalda. Rascarle la espalda a mi padre era algo muy “injusto”, yo me pasaba “horas” en darle una rascadita por toda su espaldota de gorila mientras que él para rascarme mi espalda de hijita de 6,7,10 o 28   años lo hacía en dos segundos (algo que siempre le reprochaba). En casa mi padre era un mimado y siempre pedía “rascaditas de espalda” y mi hermano y yo también hemos salido igual. 

En la universidad tuve una profesora maravillosa que un día explicando la importancia del apego entre padres e hijos hacía referencia al contacto físico y a las muestras de cariño en la familia y cómo una dinámica afectuosa influye y beneficia a ambas partes. Nunca había reflexionado sobre cuán cariñoso era mi padre hasta ese momento (aunque parezca mentira) en el que justamente la profesora puso como ejemplo rascar la espalda o hacer masajes en la familia. Entonces rápidamente hice un balance de la cantidad de besos y abrazos que me daba mi padre, en cuántas veces habíamos dormido abrazados (cosa que mi madre nunca entendió, pues con el tamaño de mi padre ¡pensaba que yo me ahogaría!) o todas las veces que mi padre me acarició el pelo mientras mi cabeza estaba acostada sobre su enorme pecho de pelo blanco. 

Ese día llegué a casa diciéndole a mi padre “papá que sepas que si soy cariñosa es gracias a ti y a tus rascaditas de espalda”


* Como es lógico, también es gracias a mi madre, pero como este blog no es sobre las cosas buenas de mi madre, no entraré en detalles. 

(No me sorprendió para nada que su contestación fuese: “y hablando de eso hijita, ahora que estás aquí no le darías una rascadita a tu padre que te quiere tanto y está tan enfermito?”)

Hijitamía.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Sobre lo importante que es un 'casi'

Mi padre era una persona muy reflexiva, le gustaba 'filosofar' y compartir sus conclusiones. A estas alturas del año, los recuentos, resúmenes y valoraciones de lo vivido son casi inevitables. Una vez más se me vienen a la cabeza sus palabras, sus dichos:

1. "No somos nada" : Enfatizando lo efímera que es la existencia, lo débiles que somos y por lo tanto, la gran urgencia de aprovechar y disfrutar cada momento.

2. "Esta vida es un chiste" : Enfatizando la carcajada.

3. "¿De qué sirve saltar por mucho que pique?" : Este lo intento aplicar siempre que puedo, pero no es tarea fácil. 

Así que, tras repetirme a mí misma todas estas reflexiones, trato de recordar algo que me haga reír y (cómo no, otra vez) gracias a mi padre, lo consigo. Entonces es cuando se me viene a la cabeza el cuarto dicho:

4. " Somos una cuasi-mierda" : "Si fuéramos una mierda, ¡ya nos habríamos ido por el wáter!" 





Y entonces hay que reírse, porque esta vida es un chiste.

Hijitamía.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Sobre el primer año

→ Se necesita leer junto con esta entrada la siguiente "Sobre la historia que he mencionado antes"←


La gente mira al cielo y ve nubes, pero todos miran a nubes diferentes. Los melancólicos ven su tristeza reflejada, los científicos efectos colaterales, los optimistas una fuente de inspiración inagotable, los ingleses no ven nada de raro y los viajeros una señal de posible cambio de planes. Todas esas nubes son comunes y corrientes. Tú tendrás nubes como nadie las ha tenido.

Cuando mires al cielo por la mañana, como yo habitaré en una de ellas será para ti como si todas las nubes tuvieran bigote, ¡tú tendrás nubes con bigote!


 (*Adaptación de un extracto de “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry)



Y ya ha pasado un año desde que mi padre nos dejó.

Esto va a sonar un poco raro, pero en este año he pensado tanto en mi padre que la única comparación que se me ocurre es la de estar enamorado/a. Como cuando estás en esa situación en la que hagas lo que hagas tienes a esa persona en tu cabeza y de repente todo te recuerda a ella; no importa si estás escuchando una canción, leyendo un libro, comiendo un plato de sopa o caminando por la calle, cada cosa que ves, oyes, hueles, en definitiva, sientes te recuerda a esa persona, pues así he pasado yo este primer año sin ver, oír, oler o tocar a mi padre.

No importaba que me quisiera evadir de la realidad y evitar ver cualquier cosa dramática viendo mis series de comedia preferidas, durante este último año ha habido en todas un capítulo en que se le moría el padre a alguno de los protagonistas (lo mismo me ha pasado con las películas).

No importaba qué libro leyera que al fin y al cabo alguien se iba a morir o a contar la historia de que su padre se había muerto.

No importaba que conociera a gente nueva y fueran para mí nuevas fuentes de amistad y diversión, también se les había muerto el padre. (no a todos, claro, pero la proporción y la casualidad es grande).

No importaba de lo que estuviera hablando porque siempre se me venía a la cabeza “pues mi padre un día…” 

Y tampoco importaba que no hiciera absolutamente nada, que de alguna forma acabaría pensando en mi padre enlazando el mínimo detalle de la escena en la que me encontrara con algún remoto recuerdo que me evocaría miles de pensamientos e historias sobre mi padre.

La mayoría de personas que he conocido que han pasado por esto intentan evitar los recuerdos, porque les parece que son demasiado dolorosos. Cada uno tiene sus estrategias y se ve que a mí me funciona lo contrario, o que simplemente no encajo muy bien el hecho de que alguien desaparezca y estoy obsesionada con retenerlo aquí aunque sea a base de pensamientos.

Para mí no es doloroso recordar la voz de mi padre, recordar su cara e imaginármela en la mente como si la estuviera viendo con el zoom al máximo, no es doloroso ver su brocha de afeitar cada mañana en el baño y tampoco es doloroso mirar la hora en su reloj enganchado a mi muñeca, para mí es como si pasara un rato conmigo, es como si cada mañana fuera a bajar a afeitarse cuando yo acabara de ducharme, es como si me acompañara. O a lo mejor me aferro a todo esto, para no recordar nada negativo, nada que “rime” con muerte, desaparecer, drama, injusticia, miedo, terror. En realidad nada de eso, en realidad creo que es lo único que sé y puedo hacer, de hecho hace unos días puse en práctica esta estrategia automática cuando me encontraba en el metro: 

Eran las 15:30 de la tarde y en cierta estación los vagones se llenan hasta tal punto de no tener la necesidad de agarrarse a ninguna barra porque las personas de delante, de atrás y de los lados no dejan que te muevas del sitio.
Al no poder ni sacar un libro, jugar a algún juego del móvil o buscar los auriculares para ponerte música, no queda otro remedio más que entretenerse mirando las caras de la gente. De repente, cómo no, un señor con bigote, unas facciones parecidas, un sombrero de pana y sin darme cuenta me encuentro buscando entre las fisonomías de la gente la cara de mi padre.
Sin saber cómo, empecé a sentir una sensación de angustia,  como si estuviera buscando a alguien desesperadamente que no aparece, hasta que caí en cuenta de que mi padre no se iba a subir al vagón y dejé de mirar las caras de la gente. En ese momento sentí lástima de mi misma y sentí que estaba a las puertas de la tristeza absoluta. Sin embargo y de nuevo sin saber por qué, se me vino uno de los recuerdos de mi padre, uno de esos como los pocos que he usado para llenar este blog y entonces me reí.

  
(*Imagen del libro Wonder de R.J. Palacio)




viernes, 28 de noviembre de 2014

Sobre la historia que he mencionado antes

Mi padre sólo viajó una vez en su vida a Inglaterra. No hablaba inglés, pero como no tenía vergüenza de nada, pues si hacía falta se lo inventaba y con la facilidad gestual que tenía se hacía entender.

Resulta que cuando aterrizó, nos contó cómo en el avión se había sentado al lado de una señora mayor, que a mitad de trayecto le había empezado a hablar en inglés. Al principio mi padre hizo lo que todo el mundo hace: sonreír y afirmar con la cabeza, hasta que la señora empezó a entablar conversación y ya mi padre tuvo que decir el famoso: “I’m sorry, I don’t speak English” acompañado de cara de sorpresa mezclada con circunstancia (por el esfuerzo) y negando con la mano (por si acaso no quedaba bien clara la declaración). Pero la señora siguió hablando en inglés hasta que ya mi padre no tuvo más remedio que darle explicaciones en español con gestos, y entonces, pasó algo inesperado: la mujer se quedó mirándolo y de repente se empezó a desternillar de la risa y le contestó en un castellano perfecto: “Pensaba que me estaba tomando el pelo, no me puedo creer que usted no sea británico, ¡con esa cara de Bulldog Inglés que tiene!” 

Mi padre contaba esta historia cada vez que alguien sacaba el tema Inglaterra o derivados, creo que fue una de las anécdotas que más gracia le ha hecho en su vida y se reía a carcajadas cuando llegaba a la parte de pronunciar “Bulldog Inglés”, de hecho siempre repetía el nombre dos veces, estaba encantado con esa comparación (es lo que pasa cuando tienes un sentido del humor como el de mi padre).


“y entonces me reí”.



Hijitamía.