En la universidad tuve una profesora maravillosa que un día
explicando la importancia del apego entre padres e hijos hacía referencia al
contacto físico y a las muestras de cariño en la familia y cómo una dinámica
afectuosa influye y beneficia a ambas partes. Nunca había reflexionado sobre
cuán cariñoso era mi padre hasta ese momento (aunque parezca mentira) en el que
justamente la profesora puso como ejemplo rascar la espalda o hacer masajes en
la familia. Entonces rápidamente hice un balance de la cantidad de besos y
abrazos que me daba mi padre, en cuántas veces habíamos dormido abrazados (cosa
que mi madre nunca entendió, pues con el tamaño de mi padre ¡pensaba que yo me
ahogaría!) o todas las veces que mi padre me acarició el pelo mientras mi
cabeza estaba acostada sobre su enorme pecho de pelo blanco.
Ese día llegué a
casa diciéndole a mi padre “papá que sepas que si soy cariñosa es gracias a ti
y a tus rascaditas de espalda”
* Como es lógico, también es gracias a mi madre, pero como este blog no es sobre las cosas buenas de mi madre, no entraré en detalles.
(No me sorprendió para nada que
su contestación fuese: “y hablando de eso hijita, ahora que estás aquí no le darías
una rascadita a tu padre que te quiere tanto y está tan enfermito?”)
Hijitamía.

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