jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el cariño

Hablando de espaldas y hablando de mi padre no puedo evitar acordarme de las muchas veces que le rascaba la espalda. Rascarle la espalda a mi padre era algo muy “injusto”, yo me pasaba “horas” en darle una rascadita por toda su espaldota de gorila mientras que él para rascarme mi espalda de hijita de 6,7,10 o 28   años lo hacía en dos segundos (algo que siempre le reprochaba). En casa mi padre era un mimado y siempre pedía “rascaditas de espalda” y mi hermano y yo también hemos salido igual. 

En la universidad tuve una profesora maravillosa que un día explicando la importancia del apego entre padres e hijos hacía referencia al contacto físico y a las muestras de cariño en la familia y cómo una dinámica afectuosa influye y beneficia a ambas partes. Nunca había reflexionado sobre cuán cariñoso era mi padre hasta ese momento (aunque parezca mentira) en el que justamente la profesora puso como ejemplo rascar la espalda o hacer masajes en la familia. Entonces rápidamente hice un balance de la cantidad de besos y abrazos que me daba mi padre, en cuántas veces habíamos dormido abrazados (cosa que mi madre nunca entendió, pues con el tamaño de mi padre ¡pensaba que yo me ahogaría!) o todas las veces que mi padre me acarició el pelo mientras mi cabeza estaba acostada sobre su enorme pecho de pelo blanco. 

Ese día llegué a casa diciéndole a mi padre “papá que sepas que si soy cariñosa es gracias a ti y a tus rascaditas de espalda”


* Como es lógico, también es gracias a mi madre, pero como este blog no es sobre las cosas buenas de mi madre, no entraré en detalles. 

(No me sorprendió para nada que su contestación fuese: “y hablando de eso hijita, ahora que estás aquí no le darías una rascadita a tu padre que te quiere tanto y está tan enfermito?”)

Hijitamía.

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