Los momentos cotidianos, la
rutina, el día a día, la vida y los
rasgos de aquellos que nos acompañan en este viaje se vuelven tan comunes que
dejamos de asombrarnos de aspectos que probablemente sean únicos e irrepetibles.
Este es en realidad el corazón de
este blog, aparte de ayudarme a pensar en todo lo positivo y alegre que me
enseñó mi padre, me asegura la memoria de sus pequeños gestos distintivos.
1. El
“silbido de entrada” de mi padre cada vez que cruzaba la puerta. Sí, tenía una
sintonía al más puro estilo timbre, que silbaba cada vez que llegaba, no había
reparado en lo original que era, hasta que he dejado de oírlo.
2. La
forma de darme la mano con un solo dedo.
3. La
mueca más característica de mi padre cuando la situación requería una de dos:
fuerza o concentración: sacar la lengua por un lado de la boca y mantenerla
mordida.
4. El
idioma que tenía con los animales: sobre todo perros y caballos (créanlo o no,
le hacían caso).
5. Hacer
la misma broma al despedirnos día tras día, siempre (y no exagero). Su objetivo
era que contestáramos “¿qué?” y para ellos nos preguntaba cosas en lenguaje
inventado.
Ej: Después de
despedirnos y salir a pedir el ascensor mi padre gritaba:
“¡Hijita!
Taestayá?” y yo contestar “¿qué?” y él soltar la carcajada (sí, a mi padre y a
mi familia en general nos va tanto el humor refinado como el humor más
estúpido, rasgo que agradezco profundamente haber heredado).
El hecho es que
consiguió tres veces que yo dijera “¿qué?” pero luego ya nunca más caí, aunque
eso no impidió que siguiera repitiendo la broma día tras día, aunque el diálogo
cambiaba además del tiempo que invertíamos, en realidad se convirtió en una
especie de rutina de despedida.
Papá: “¡Hijita!
¿tatuntarso?"
Hijita: “Sí,
claro ¿y tú también?”
Papá: “¿yo? La
semana pasada, ¿taestayá?"
Hijita: “por
supuesto”
Papá: "Ahh bueno,
ves con cuidado, ¿okey?"
Hijita:
“¡hasta mañana papá!”
Y un largo etcétera que seguiré recordando día
tras día.
Hijitamía.

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