martes, 29 de septiembre de 2015

Sobre la reacción inmediata

Como ya he comentado antes, el afán protector de mi padre iba más allá del límite temporal. Se desesperaba tanto de ver que su hijita tenía algún tipo de dificultad, que ideaba todo tipo de soluciones inmediatas. Aunque en la gran mayoría efectivas, nunca hubo tiempo de calcular los posibles efectos adversos. Aquí van tres ejemplos:



Una cuestión de piojos:

Una noche del verano del noventa y poco, empecé a notar algo raro en mi cabeza, me picaba y notaba como bultos por todo. Traté de no prestarle mucha atención, pero en poco tiempo me desesperé. Mi padre me revisó la cabeza y de repente vio algo extraño, yo entré en pánico y por contagio él también. Como digo, mi padre no toleraba ver que no podía solucionar todo, así que en cuestión de segundos me hizo salir de la casa y poner la cabeza hacia abajo, noté que usaba un spray mientras decía “¡uno!” y cogía algo de mi pelo, “¡otro!” y así repetidamente hasta que dijo “¡listo!”
Y esta es la historia de la exterminación de piojos más rápida del mundo llevada a cabo por mi padre con la ayuda de sus manos y un bote de matamoscas (o “fli”).

Una cuestión de puntos:

Esta vez se trata de un día del verano del noventa y poco, cuando inesperadamente me caí de la bici y me abrí la barbilla. Tuve que ir de urgencias y me pusieron 6 puntos. Tal fue mi trauma que me negué a volver para que me quitaran los puntos. Así que cuando mi padre vio que estaba tan asustada volvió a tomar una decisión exprés de las suyas. Me dijo, “espera un momento hijita” y se fue a otra habitación. Al cabo de un rato me llamó, se había sentado en una mesita y tenía un vaso de alcohol, y su famosa y adorada navaja suiza. Sacó de la navaja unas pinzas y desplegó las tijeritas, sumergió todo en alcohol y me quitó los puntos uno por uno mientras se felicitaba a sí mismo por el buen trabajo de cirujano que estaba haciendo. Yo mientras tanto, a pesar de estar aliviada de no tener que ver al “monstruo” que me cosió (sin anestesia) pasaba pena de que a mi padre le fallaran los cálculos. No fue así afortunadamente y otra solución veloz que salió bien.

Una cuestión de vista:

Cuando llevas gafas desde los dos años permanentemente, la opción de que te pongan lentillas es casi como un sueño. Mi sueño se hizo realidad a los 12 años. ¡Por fin llegó el día en que iría por primera vez al cole sin gafas! no me lo podía creer. Sin embargo, la felicidad no duró tanto, ya que me pasé más de media hora en el baño y no fui capaz de ponerme las lentillas: se me cerraban los ojos, se me caían las lentillas, se me doblaban, se me quedaban pegadas en el dedo…en fin…un drama… Me fui al cole sin gafas, pero sólo porque necesitaba secarme las lágrimas de los ojos por el camino (no porque llevara mis lentillas). Mi padre al ver mi frustración decidió tomar cartas en el asunto y se le ocurrió que nos levantaríamos los dos media hora antes de lo previsto para tener más “margen de maniobra”, porque Él iba a lograr que me fuera con las lentillas puestas. El plan fue así: yo me tumbaba boca arriba aguantándome los párpados para evitar que se cerraran por reflejo y mi padre cogía las lentillas con sus dedos rechonchos y las “tiraba” sobre mis ojos como quien pone gotas contra la conjuntivitis…

Y así, aunque parezca mentira, es como logré llevar lentillas por primera vez. 

Así era mi padre: creativo y de decisión rápida. No puedo decir que no me sienta identificada. Sin embargo, mi naturaleza reflexiva no me dejaría tomar según qué decisiones por miedo a que las cosas no salieran como se espera… (o quizás es que digo esto porque no tengo hijos y realmente así son los padres, con tal de solucionar cualquier malestar a sus hijos…)

De hecho, ahora que lo pienso, me vienen más recuerdos de otros padres añorados que reaccionaban de forma tan inmediata como el mío. En especial recuerdo al padre de mi amiga M. que después de ver nuestra preocupación porque la enciclopedia no nos daba la información necesaria, se pasó toda una tarde llamando varias veces al servicio de información (no había internet) con tal de ayudarnos a hacer un proyecto del colegio. Nos explicó que podíamos llamar y preguntar, pero ninguna accedió, así que no tuvo más remedio que seguir llamando a cada duda que surgía… ¡Fue nuestro héroe!

-Papá, espero algún día ser tan empática, veloz y recursiva como tú, ¡mil gracias por tu ayuda!-
(Eso sí, lo del fli me parece que no lo repetiría...)

Hijitamía.

sábado, 29 de agosto de 2015

Sobre Daniel Rabinovich

 Un día estaba en casa, cuando de repente, un amigo me llama y dice: "Estaba viendo un grupo cómico y hay un hombre que es idéntico a tu padre, corre, búscalo,  se llaman Les Luthiers!"

Y eso hice. 

Tal fue mi impresión al ver a Rabinovich, que llamé a mis padres: "Papá, mamá!  Tenéis que ver esto!"
 
Yo pensaba que los iba a sorprender, pero cuando vieron a Daniel en seguida dijeron al unísono: "ahhhhh"

Y yo: "¿Ya lo sabíais?"

Y me contaron que hace unos 30 años, cuando mis padres se acababan de mudar de ciudad, unos primos de mi padre fueron a Madrid a ver el show de Les Luthiers y cuando volvieron daban por hecho que el que habían visto en el escenario era el primo que acababan de conocer. Mi padre les explicó que no era él, pero ellos seguían insistiendo. Pues no sólo era el tremendo parecido físico, sino el carácter carismático y humorístico de mi padre el que cuadraba con los hechos.
 
En fin, no sé si fue una decepción para ellos, pero tuvieron q aceptar que su descubrimiento quedó en una mera anécdota! 

El caso es que hace unos días Rabinovich falleció y no pude evitar imaginar cómo sería si se encontraran en el más allá...

Papá: "Hombre Daniel, estaba esperando a una persona como tú para animar esto!
 
¿Qué te parece si montamos un dúo cómico?
 
En estos 21 meses he tenido tiempo hasta de pensar en  nombre!
 
¡Montemos el dúo VERNÁCULO!

¡¡¡YO SOY VERNA!!!"








 *Aquí está el enlace si alguien quiere conocer al magnífico cómico "doble de mi padre"


Hijitamía.


miércoles, 29 de julio de 2015

Sobre el pasárselo bien

El próximo martes mi padre hubiera cumplido 63 años.

Ahora me parece tan joven...

Hace unos años,  63 me hubiera parecido la ancianidad...(claro que recuerdo que cuando mi padre cumplió 50 también me lo pareció) y más aún cuando celebró sus épicos 40. A ojos de una niñita de 8 años,  parecía raro que nadie le hubiera regalado un bastón...

Nada más lejos de la realidad. ..
 
Ahora veo las fotos y video (sí...video...) de aquella fiesta y sólo puedo pensar que fue un ¡muchacho con suerte!
 
No creo ir muy desencaminada al pensar que los asistentes de aquel día de agosto debieron irse a casa pensando "¡Esta ha sido la mejor fiesta en la que he estado!"
 
En resumen: Fiesta vaquera en la que en la invitación se requería vestuario cowboy y muchas ganas de pasárselo bien, buffet, DJ, bebida, caballos, piscina, bailes en corro, chistes, un centenar de familiares y amigos, verano y 1992.
 
Los recuerdos de lo vivido son escasos pero geniales:
 
- Mi abuelo con el micrófono cantando a todo pulmón el cumpleaños feliz en su particular versión "Sapo verde eres tú" y mi padre cogiéndolo en brazos como si fuera un bebé mientras todos aplaudían.
- Un regalo envuelto en una sandía (un cubo perfectamente cortado salió del centro de la sandía conteniendo un reloj).
- Bailar "Un rayo de sol" en la "pista" con todos los amigos y familiares cogiéndonos de las manos.
- Reírme con mis primas I&L que llevaban el mismo atuendo cowboy que yo.
-Ver a mi padre estrenar un regalo (y no fue el reloj) bailando con un delantal del que colgaba una palanquita que al apretar hacía que se levantara y se vieran partes nobles de tela y la gente se desternillaba...

(Y ya no recuerdo más,  porque en cuanto mi padre nos vio a mis primas y a mi queriendo usar el famoso delantal decidió que ya era hora de que la fiesta se volviera al menos para mayores de 10 años y nos mandaron a dormir...)

Sin embargo, gracias al video pude descubrir otras cosas de la velada y sé que la fiesta acabó con mi padre y un primo remando una lancha que habían metido a la piscina, cantando canciones y contando chistes.



Este martes será muy diferente,  pero al menos sé que esté donde esté podrá volver a remar la barca junto a su primo y su padre podrá volverle a cantar Sapo verde.
 
Feliz cumpleaños papá.

Hijitamía.

lunes, 29 de junio de 2015

Sobre los andares

El otro día iba por la calle de vuelta a casa, totalmente absorta en mi música y en el hambre que tenia, de repente me di cuenta de que el señor que tenía delante caminaba de una forma que se me hacía familiar: no levantaba mucho los pies y las palmas de las manos apuntaban hacia atrás con la mano completamente abierta. Se trataba sin duda de un andar típicamente gorilense que, como ya he comentado antes, era el sello característico de mi padre.

Este recuerdo no pudo evitar evocar todas las veces que yendo juntos por la calle mi padre se ponía a imitar "andares y cojeras chistosas" y la verdad es que tenía un buen repertorio:

(se requiere una buena imaginación y sentido del humor para comprender los siguientes movimientos) 

- El detective : Había que caminar dejando un pie atrás y pisando de nuevo para luego avanzar, era la técnica "dejando la huella".

- El avaricioso: Se daba un paso y luego con una de las dos piernas se hacia un círculo por delante mientras se decía "to'pa'mi".


- El justo: Con el círculo hacia afuera y diciendo" si algo te debo con esto te pago".


- El lord inglés: Andar sincronizado con paraguas, levantando el paraguas a 90 grados y luego tocando el suelo mientras se habla inglés inventado. 

Sin duda mi favorito era el del detective, que a menudo le pedía a mi padre que representara. Era una de esas cosas que no perdían la gracia a pesar de haberlas visto incontables veces y a pesar de que el protagonista fuera alguien tan "poco novedoso" como tu padre. Me hacía casi tanta gracia como el chiste de "Hay Menen" que contaré otro día.

El hombre que iba delante mío se paró en un paso de cebra y al verle la cara volví a la realidad en un instante y vi que no tenía nada que ver con mi padre, al fin y al cabo él era único y el molde se rompió cuando él nació.


Hijitamía.

viernes, 29 de mayo de 2015

Sobre echarle morro a la vida:

Si por algo sobresalía mi padre era por no tener un ápice de vergüenza.

Él me juraba que de pequeño era muy vergonzoso y que de joven uno de sus mayores miedos era al ridículo. Como no me queda otra cosa que creerle (por ese entonces,  yo no le conocía) he optado por mi propia hipótesis al fenómeno vergüenza juvenil-desvergüenza viejil:

Me la traspasó toda a mí.

Como ya he comentado varias veces, he aprendido muchas cosas de mi padre y podría decir que su falta de vergüenza me ayudó a superar mi extrema timidez, pero para qué nos vamos a engañar, había momentos en los que sólo deseaba desaparecer. Afortunadamente esos mismos momentos son los que me han hecho y me hacen desternillarme al recordarlos.

Aquí van unos cuantos:

-          El primero se titula: "Hijita ya son las 12”

Se trata del día en que mi padre (sombrero verde de pana más pequeño que su cabeza y paraguas rojo incluido) le dice a su hija adolescente que vaya tranquila a aquella cena después del concierto porque él la recogerá a ella y a su amiga a la hora que ella diga. La hija (yo) le dice a su padre que a las 12. Sin embargo, la cena se alarga y la hija no se da cuenta, de repente una mano de alguien que está de pie detrás de su asiento muestra un reloj mientras la otra lo señala y una voz familiar le dice “¡Hijita ya son las 12! Está lloviendo y yo como un tonto allá afuera esperándote!” (Que conste que no lo dijo enfadado, más bien parecía que lo cantaba) todos los de la mesa mirando con ojos como platos al señor del micro sombrero que llama a la chica “hijita”, sólo diré que mi amiga todavía se acuerda de aquel día…

-          “El señor gordo de los chistes”

Un día fuimos toda la familia a la fiesta de un primo de mi padre. Era una ocasión bastante elegante y había música en directo. La mayoría de los asistentes conocía a mi padre y su “don” con los chistes, así que le empezaron a insistir con que se animara a contar unos chistes. Al principio mi padre se negó (cosa que mi madre, mi hermano y yo agradecimos). En todo caso, no sabemos cómo pero de un momento a otro y justo después de que el grupo acabara una canción se oye a mi padre a través del micrófono “Y ahora empieza lo bueno, ¡Una ronda de chistes!” (Nos faltó sitio debajo de la mesa para escondernos…). 

Aquí no acaba la historia, al lunes siguiente, la hija adolescente llega a clase y en la hora de música tienen un nuevo profesor, al hacer las presentaciones en medio de clase el profesor salta: “¡Yo te conozco! Tu padre es el señor regordete que contaba los chistes en la fiesta de…”
“Sí, ese es mi padre…”

-          “¡18!, ¿Alguien tiene el 18? ¿no? ¡Nos toca hijita!”

Este era un día histórico: Ir a matricularse a la Universidad. Mi padre me acompaña y cuando llegamos había una cola enorme para hablar con la tutora y decidir las asignaturas, etc. Al cabo de esperar 10 minutos, la pantalla que muestra los números de los turnos se estropea. Mi padre ni corto ni perezoso se pone en la puerta cual responsable y empieza a decir números al azar… A la primera que el número no tuvo dueño espetó: “¡hijita nos toca corre!”.
Y así es como logré matricularme en tiempo récord…

-          “El del palco”

Nos regalaron unas entradas para ir al teatro a ver una obra. Cuando llegamos nos dispusimos a encontrar nuestros asientos y pronto nos dimos cuenta que estábamos casi en la última fila de platea. Mi padre se levanta y dice “ahora vengo”. Justo cuando nos preguntábamos dónde se habría metido, vemos una figura agitando los brazos en uno de los palcos privados, pero no es hasta que oímos “Eh Tit! Aquí Hijita!” que reaccionamos y le reconocimos. “¡Subid rápido!” Subimos un poco desconcertados y nos encontramos a mi padre como “Pedro por su casa”: “pasad, sentaos” y a continuación nos susurra “Estos palcos siempre están vacíos y son privados, si no han llegado ya es que no vendrá nadie, en todo caso no os preocupéis, si preguntan, diré que es el palco que he alquilado para la temporada y con lo elegante que voy nadie lo va a dudar…”
(Nadie nos preguntó nada)

Y así podría seguir y seguir… y seguiría concluyendo que pasar vergüenza valió la pena, no hubiera vivido momentos únicos ni hubiera podido disfrutar del después y la risa que nos daba al recordarlo.

Pero lo que más me gustaba de todo era que en esos momentos “post gamberrada” mi padre se convertía en un niño, se reía de todo, repetía la historia entre carcajadas y se burlaba de nuestras caras, etc.

Era un momento único para compartir con el niño que había dentro de él, algo insólito. De hecho ni siquiera proponiéndomelo podría llegar a hacer esas cosas. Si algún día tengo hijos, no podré dejarles este tipo de memoria cómica, pero por suerte siempre tendré las historias de mi padre.



 Hijitamía.


miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre el amor a los animales

Sin duda alguna, el amor por los animales lo he aprendido de mi padre. Cuando era pequeña soñaba con tener un perro y dormir abrazado a él. También quería tener corderitos, vacas, cabras y pollitos (quizás esto último más que a mi padre se lo deba a Heidi y a su abuelito). El hecho es que mi padre me ayudó a cumplir ese sueño regalándome mi primer perro a los 4 años; un caniche blanquito llamado “Veneno” que hacía honor a su nombre. Desde entonces, hemos tenido la suerte de poder contar en casa con muchos otros animales como: gatos, gallinas, conejos, ocas y caballos.

Caballos: la gran pasión de mi padre.

No he visto a nadie tener tanta sintonía con esos animales (sin dedicarse profesionalmente, claro) como mi padre. De hecho, el tema ecuestre se hacía presente en sus conversaciones más de lo que uno cabría esperar, no sólo como temática sino como fuente de metáforas, comparaciones y ejemplos de lecciones médicas, por extraño que parezca. El hecho es que le fascinaban.

Tengo miles de recuerdos de mi padre con sus caballos, pero la primera imagen que se me viene a la mente, es la de unos diez caballos pastando tranquilamente en un terreno y mi padre ponerse en medio y empezar a hablarles. (Se me había olvidado comentar que mi padre hablaba equino jajajaja). Y justo después ver como los caballos empezaban a trotar alrededor de él. Al cabo de unos minutos volvía a gritar algo ininteligible para mi oído excepto por “cambio” y ver como todos los caballos daban media vuelta y empezaban a trotar en sentido contrario. Soy consciente de que los caballos se doman y adiestran, pero hay que tener algo especial para lograr eso sólo con tu propia voz, y él lo tenía.

Lo recuerdo montándose en un caballo gordísimo que apenas se movía, a pelo, en mocasines y gritar “¡Que vienen los indios! ¡A llevarlo!” y ver como el caballo salía despavorido galopando, pasar por enfrente mío galopando y decir “¡Un indio! Tua-Tua” (disparándome con la mano) y yo morirme de la risa.





*Que nadie se ofenda, lo de los “indios” era por su gran afición a las películas de vaqueros.

Recuerdo un verano en particular, que le invitaron a participar en las carreras del pueblo, y decidió participar con un caballo casi enano. Entre el tamaño del animal y la envergadura de mi padre, la imagen final era casi como la de un hombre montado en una cabra. Era ridículamente gracioso, cosa que hacía que mi padre disfrutara el doble.

Todos fuimos a verle y estábamos expectantes a la vez que un poco avergonzados al comparar al “hombre con cabra” con el resto de participantes con sus equipos y caballos altos y esbeltos.

El caso es que tras el pistoletazo de salida, se oye el grito de mi padre “¡A llevarlo! ¡Que vienen los indios!” y a continuación se ve al caballo cabra salir como un rayo y galopar tan velozmente que mi padre se dio el lujo de parar en la segunda curva del recorrido (una chulería que le colmó de felicidad) y esperar a la competencia hasta que estuvo lo bastante cerca para volver a advertir a su “bestia” sobre los “indios” y galopar hasta la meta y conseguir el primer puesto.

Fue genial, pero más genial fue presenciar la euforia de mi padre y escuchar cómo repetía “¿Viste cómo me paré a esperarlos a todos en la curva hijita, lo viste?” y reírse a carcajadas.

-Sí que lo vi papá y ¡todavía lo sigo viendo!-


Hijitamía.