miércoles, 29 de julio de 2015

Sobre el pasárselo bien

El próximo martes mi padre hubiera cumplido 63 años.

Ahora me parece tan joven...

Hace unos años,  63 me hubiera parecido la ancianidad...(claro que recuerdo que cuando mi padre cumplió 50 también me lo pareció) y más aún cuando celebró sus épicos 40. A ojos de una niñita de 8 años,  parecía raro que nadie le hubiera regalado un bastón...

Nada más lejos de la realidad. ..
 
Ahora veo las fotos y video (sí...video...) de aquella fiesta y sólo puedo pensar que fue un ¡muchacho con suerte!
 
No creo ir muy desencaminada al pensar que los asistentes de aquel día de agosto debieron irse a casa pensando "¡Esta ha sido la mejor fiesta en la que he estado!"
 
En resumen: Fiesta vaquera en la que en la invitación se requería vestuario cowboy y muchas ganas de pasárselo bien, buffet, DJ, bebida, caballos, piscina, bailes en corro, chistes, un centenar de familiares y amigos, verano y 1992.
 
Los recuerdos de lo vivido son escasos pero geniales:
 
- Mi abuelo con el micrófono cantando a todo pulmón el cumpleaños feliz en su particular versión "Sapo verde eres tú" y mi padre cogiéndolo en brazos como si fuera un bebé mientras todos aplaudían.
- Un regalo envuelto en una sandía (un cubo perfectamente cortado salió del centro de la sandía conteniendo un reloj).
- Bailar "Un rayo de sol" en la "pista" con todos los amigos y familiares cogiéndonos de las manos.
- Reírme con mis primas I&L que llevaban el mismo atuendo cowboy que yo.
-Ver a mi padre estrenar un regalo (y no fue el reloj) bailando con un delantal del que colgaba una palanquita que al apretar hacía que se levantara y se vieran partes nobles de tela y la gente se desternillaba...

(Y ya no recuerdo más,  porque en cuanto mi padre nos vio a mis primas y a mi queriendo usar el famoso delantal decidió que ya era hora de que la fiesta se volviera al menos para mayores de 10 años y nos mandaron a dormir...)

Sin embargo, gracias al video pude descubrir otras cosas de la velada y sé que la fiesta acabó con mi padre y un primo remando una lancha que habían metido a la piscina, cantando canciones y contando chistes.



Este martes será muy diferente,  pero al menos sé que esté donde esté podrá volver a remar la barca junto a su primo y su padre podrá volverle a cantar Sapo verde.
 
Feliz cumpleaños papá.

Hijitamía.

lunes, 29 de junio de 2015

Sobre los andares

El otro día iba por la calle de vuelta a casa, totalmente absorta en mi música y en el hambre que tenia, de repente me di cuenta de que el señor que tenía delante caminaba de una forma que se me hacía familiar: no levantaba mucho los pies y las palmas de las manos apuntaban hacia atrás con la mano completamente abierta. Se trataba sin duda de un andar típicamente gorilense que, como ya he comentado antes, era el sello característico de mi padre.

Este recuerdo no pudo evitar evocar todas las veces que yendo juntos por la calle mi padre se ponía a imitar "andares y cojeras chistosas" y la verdad es que tenía un buen repertorio:

(se requiere una buena imaginación y sentido del humor para comprender los siguientes movimientos) 

- El detective : Había que caminar dejando un pie atrás y pisando de nuevo para luego avanzar, era la técnica "dejando la huella".

- El avaricioso: Se daba un paso y luego con una de las dos piernas se hacia un círculo por delante mientras se decía "to'pa'mi".


- El justo: Con el círculo hacia afuera y diciendo" si algo te debo con esto te pago".


- El lord inglés: Andar sincronizado con paraguas, levantando el paraguas a 90 grados y luego tocando el suelo mientras se habla inglés inventado. 

Sin duda mi favorito era el del detective, que a menudo le pedía a mi padre que representara. Era una de esas cosas que no perdían la gracia a pesar de haberlas visto incontables veces y a pesar de que el protagonista fuera alguien tan "poco novedoso" como tu padre. Me hacía casi tanta gracia como el chiste de "Hay Menen" que contaré otro día.

El hombre que iba delante mío se paró en un paso de cebra y al verle la cara volví a la realidad en un instante y vi que no tenía nada que ver con mi padre, al fin y al cabo él era único y el molde se rompió cuando él nació.


Hijitamía.

viernes, 29 de mayo de 2015

Sobre echarle morro a la vida:

Si por algo sobresalía mi padre era por no tener un ápice de vergüenza.

Él me juraba que de pequeño era muy vergonzoso y que de joven uno de sus mayores miedos era al ridículo. Como no me queda otra cosa que creerle (por ese entonces,  yo no le conocía) he optado por mi propia hipótesis al fenómeno vergüenza juvenil-desvergüenza viejil:

Me la traspasó toda a mí.

Como ya he comentado varias veces, he aprendido muchas cosas de mi padre y podría decir que su falta de vergüenza me ayudó a superar mi extrema timidez, pero para qué nos vamos a engañar, había momentos en los que sólo deseaba desaparecer. Afortunadamente esos mismos momentos son los que me han hecho y me hacen desternillarme al recordarlos.

Aquí van unos cuantos:

-          El primero se titula: "Hijita ya son las 12”

Se trata del día en que mi padre (sombrero verde de pana más pequeño que su cabeza y paraguas rojo incluido) le dice a su hija adolescente que vaya tranquila a aquella cena después del concierto porque él la recogerá a ella y a su amiga a la hora que ella diga. La hija (yo) le dice a su padre que a las 12. Sin embargo, la cena se alarga y la hija no se da cuenta, de repente una mano de alguien que está de pie detrás de su asiento muestra un reloj mientras la otra lo señala y una voz familiar le dice “¡Hijita ya son las 12! Está lloviendo y yo como un tonto allá afuera esperándote!” (Que conste que no lo dijo enfadado, más bien parecía que lo cantaba) todos los de la mesa mirando con ojos como platos al señor del micro sombrero que llama a la chica “hijita”, sólo diré que mi amiga todavía se acuerda de aquel día…

-          “El señor gordo de los chistes”

Un día fuimos toda la familia a la fiesta de un primo de mi padre. Era una ocasión bastante elegante y había música en directo. La mayoría de los asistentes conocía a mi padre y su “don” con los chistes, así que le empezaron a insistir con que se animara a contar unos chistes. Al principio mi padre se negó (cosa que mi madre, mi hermano y yo agradecimos). En todo caso, no sabemos cómo pero de un momento a otro y justo después de que el grupo acabara una canción se oye a mi padre a través del micrófono “Y ahora empieza lo bueno, ¡Una ronda de chistes!” (Nos faltó sitio debajo de la mesa para escondernos…). 

Aquí no acaba la historia, al lunes siguiente, la hija adolescente llega a clase y en la hora de música tienen un nuevo profesor, al hacer las presentaciones en medio de clase el profesor salta: “¡Yo te conozco! Tu padre es el señor regordete que contaba los chistes en la fiesta de…”
“Sí, ese es mi padre…”

-          “¡18!, ¿Alguien tiene el 18? ¿no? ¡Nos toca hijita!”

Este era un día histórico: Ir a matricularse a la Universidad. Mi padre me acompaña y cuando llegamos había una cola enorme para hablar con la tutora y decidir las asignaturas, etc. Al cabo de esperar 10 minutos, la pantalla que muestra los números de los turnos se estropea. Mi padre ni corto ni perezoso se pone en la puerta cual responsable y empieza a decir números al azar… A la primera que el número no tuvo dueño espetó: “¡hijita nos toca corre!”.
Y así es como logré matricularme en tiempo récord…

-          “El del palco”

Nos regalaron unas entradas para ir al teatro a ver una obra. Cuando llegamos nos dispusimos a encontrar nuestros asientos y pronto nos dimos cuenta que estábamos casi en la última fila de platea. Mi padre se levanta y dice “ahora vengo”. Justo cuando nos preguntábamos dónde se habría metido, vemos una figura agitando los brazos en uno de los palcos privados, pero no es hasta que oímos “Eh Tit! Aquí Hijita!” que reaccionamos y le reconocimos. “¡Subid rápido!” Subimos un poco desconcertados y nos encontramos a mi padre como “Pedro por su casa”: “pasad, sentaos” y a continuación nos susurra “Estos palcos siempre están vacíos y son privados, si no han llegado ya es que no vendrá nadie, en todo caso no os preocupéis, si preguntan, diré que es el palco que he alquilado para la temporada y con lo elegante que voy nadie lo va a dudar…”
(Nadie nos preguntó nada)

Y así podría seguir y seguir… y seguiría concluyendo que pasar vergüenza valió la pena, no hubiera vivido momentos únicos ni hubiera podido disfrutar del después y la risa que nos daba al recordarlo.

Pero lo que más me gustaba de todo era que en esos momentos “post gamberrada” mi padre se convertía en un niño, se reía de todo, repetía la historia entre carcajadas y se burlaba de nuestras caras, etc.

Era un momento único para compartir con el niño que había dentro de él, algo insólito. De hecho ni siquiera proponiéndomelo podría llegar a hacer esas cosas. Si algún día tengo hijos, no podré dejarles este tipo de memoria cómica, pero por suerte siempre tendré las historias de mi padre.



 Hijitamía.


miércoles, 29 de abril de 2015

Sobre el amor a los animales

Sin duda alguna, el amor por los animales lo he aprendido de mi padre. Cuando era pequeña soñaba con tener un perro y dormir abrazado a él. También quería tener corderitos, vacas, cabras y pollitos (quizás esto último más que a mi padre se lo deba a Heidi y a su abuelito). El hecho es que mi padre me ayudó a cumplir ese sueño regalándome mi primer perro a los 4 años; un caniche blanquito llamado “Veneno” que hacía honor a su nombre. Desde entonces, hemos tenido la suerte de poder contar en casa con muchos otros animales como: gatos, gallinas, conejos, ocas y caballos.

Caballos: la gran pasión de mi padre.

No he visto a nadie tener tanta sintonía con esos animales (sin dedicarse profesionalmente, claro) como mi padre. De hecho, el tema ecuestre se hacía presente en sus conversaciones más de lo que uno cabría esperar, no sólo como temática sino como fuente de metáforas, comparaciones y ejemplos de lecciones médicas, por extraño que parezca. El hecho es que le fascinaban.

Tengo miles de recuerdos de mi padre con sus caballos, pero la primera imagen que se me viene a la mente, es la de unos diez caballos pastando tranquilamente en un terreno y mi padre ponerse en medio y empezar a hablarles. (Se me había olvidado comentar que mi padre hablaba equino jajajaja). Y justo después ver como los caballos empezaban a trotar alrededor de él. Al cabo de unos minutos volvía a gritar algo ininteligible para mi oído excepto por “cambio” y ver como todos los caballos daban media vuelta y empezaban a trotar en sentido contrario. Soy consciente de que los caballos se doman y adiestran, pero hay que tener algo especial para lograr eso sólo con tu propia voz, y él lo tenía.

Lo recuerdo montándose en un caballo gordísimo que apenas se movía, a pelo, en mocasines y gritar “¡Que vienen los indios! ¡A llevarlo!” y ver como el caballo salía despavorido galopando, pasar por enfrente mío galopando y decir “¡Un indio! Tua-Tua” (disparándome con la mano) y yo morirme de la risa.





*Que nadie se ofenda, lo de los “indios” era por su gran afición a las películas de vaqueros.

Recuerdo un verano en particular, que le invitaron a participar en las carreras del pueblo, y decidió participar con un caballo casi enano. Entre el tamaño del animal y la envergadura de mi padre, la imagen final era casi como la de un hombre montado en una cabra. Era ridículamente gracioso, cosa que hacía que mi padre disfrutara el doble.

Todos fuimos a verle y estábamos expectantes a la vez que un poco avergonzados al comparar al “hombre con cabra” con el resto de participantes con sus equipos y caballos altos y esbeltos.

El caso es que tras el pistoletazo de salida, se oye el grito de mi padre “¡A llevarlo! ¡Que vienen los indios!” y a continuación se ve al caballo cabra salir como un rayo y galopar tan velozmente que mi padre se dio el lujo de parar en la segunda curva del recorrido (una chulería que le colmó de felicidad) y esperar a la competencia hasta que estuvo lo bastante cerca para volver a advertir a su “bestia” sobre los “indios” y galopar hasta la meta y conseguir el primer puesto.

Fue genial, pero más genial fue presenciar la euforia de mi padre y escuchar cómo repetía “¿Viste cómo me paré a esperarlos a todos en la curva hijita, lo viste?” y reírse a carcajadas.

-Sí que lo vi papá y ¡todavía lo sigo viendo!-


Hijitamía.




domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cómo superar los miedos II: Dedicado al Titmío.

Mi padre era una persona muy fuerte, pero a la vez muy impresionable, de esas que les dan cien mil vueltas a las cosas y se imaginan en todos los escenarios posibles. De esas que compran un extintor para el hogar o tienen una cuerda gruesísima para emergencias “por si los bomberos no llegaran a tiempo, vosotros poder bajar por la cuerda”. 

Como consecuencia los hijos también salimos impresionables.

Afortunadamente, tenemos historias dominadas por una fuerte voluntad que contrarrestan esta debilidad mental aparente y nos sirven de ejemplo de superación e inspiración. 

Una vez me contó que él siempre había tenido muchos miedos, y que recordaba especialmente el miedo a volar. Resulta que cuando él era joven sucedieron varios secuestros de aviones y eso lo marcó tanto, que no podía evitar pensar que le iba a suceder a él y dándole todas las vueltas posibles, no pudo evitar desarrollar fobia a viajar en avión.

En poco tiempo y por obligaciones laborales no tuvo más remedio que volar controlándose. (Aunque más que eso, yo creo que conoció a mi madre y en el primer viaje de vacaciones no quiso que se llevara la impresión equivocada y se tragó el miedo como pudo…al fin y al cabo los espalda plateada ¡no tienen miedos!). Después de esa experiencia, poco a poco se fue controlando y recuperó la calma.

De hecho, la recuperó hasta tal punto, que cuando yo era pequeña, el recuerdo de viajar en avión con mi padre era todo lo opuesto a algo dramático y miedoso. Él se dedicaba a hacer una imitación (que a mí me parecía chistosísima) del piloto. Daba mensajes a la cabina, accionaba palancas invisibles y presionaba botones imaginarios con todos los efectos sonoros incluidos, mientras yo me reía y le ayudaba con algunos botones y mi madre deseaba estar viajando en otro avión.

Lo más divertido era el momento de despegar (cuando el avión se para en una especie de paso de cebra y luego acelera a fondo para despegar). Era divertidísimo oír a mi padre ir diciendo “nos vamos, nos vamos, nos vamos, ¡NOS FUIMOS! Justo cuando el avión tocaba por última vez el suelo.


Después, como todo el mundo (me imagino) íbamos comentando lo insignificantes que se veían las cosas desde allá arriba, pero casi en seguida, sacábamos la revista de la compañía, que suele tener en las últimas páginas el mapa con todas las rutas, e inspeccionábamos las trayectorias y los modelos de avión que las harían, y miles de ocurrencias más. (Ya comenté que el tener tema de conversación con mi padre era lo más sencillo del mundo).

Cuando yo era más mayor, mi padre solía viajar bastante y no precisamente en vuelos cortos. Un día le pregunté si cuando iba solo le volvían los pensamientos de miedo y terror y me contestó: 

“Para nada, ahora es al contrario, he pasado al otro extremo, es subirme al avión y no puedo evitar quedarme dormido (¡creo que debo roncar mucho!). Eso sí, como no quiero quedarme sin comida, lo que hago antes de dormirme es abrir la bandeja del asiento de delante y me pongo un cartelito en el que he anotado  “por favor, despiérteme para la cena” 

Y… ¡era verdad!

Esa imagen del cartelito me hizo reír a carcajadas y a él también.

¿Quién va a tener miedo acordándose de todo esto, verdad Titmío?


Hijitamía.

domingo, 1 de marzo de 2015

Sobre lo impredecible

Como ya dije antes, nunca me faltan motivos que me precipiten un recuerdo de mi padre. 
La mayoría son obvios, como ver por la calle un cartapacio de la revista Reader’s Digest (o Selecciones en España) a la que estuve suscrita desde mis 5 años, (idea de mi padre).

Para mí esa revistita llena de historias dramáticas, de superación, amistad, humor, etc., constituyó una fuente de motivación para leer importante, sin olvidar el orgullo que supuso el que llegara correo a mi nombre (para esta niña de 5 años eso era emocionantísimo).

Así pues, por 22 años mi padre y yo nos esperamos el uno al otro para leer las selecciones y comentar lo más destacable. No era extraño que al ver esa carpeta, el recuerdo fuera instantáneo.



Lo insólito, sin embargo, es la cantidad de veces que le recuerdo a la hora de cocinar. Digamos que sus habilidades culinarias no entran dentro de la categoría “no saber freír ni un huevo” porque precisamente esa era su única especialidad.

Hacía los mejores huevos revueltos y tortillas del mundo (siempre y cuando no le diera por ponerse “creativo” y echarles mejillones con queso y maíz, por ejemplo).

El secreto estaba definitivamente en el batido de los huevos. Tenía la capacidad de batirlos igual o mejor que cualquier batidora eléctrica y el resultado era una textura extra esponjosa que a todos nos encantaba.
No voy a mentir, el día que se puso “creativo” fue toda una experiencia. Él estaba encantado por nuestra insistencia y cumplidos cual aclamado chef.  Cuando nos sirvió semejante mezcla de ingredientes imposibles, no tuvimos el valor de rechazarlos. Todavía recuerdo nuestras miradas de “calla y come, pobre hombre, con lo que se ha esmerado”.

Sea como fuere, esa anécdota no dañó su reputación y por eso cada vez que tengo que batir huevos aparece el recuerdo automaticamente.

Antes de poder atormentarme por su ausencia “ojalá estuviera mi padre aquí” la situación se vuelve cómica al seguir la frase “para batir los huevos”.

Por descontado, la ridiculez de todo el asunto hace que el humor se haga dueño del momento al más puro estilo del papá. Seguro que la idea de ser recordado por la forma de batir los huevos le hubiera parecido buenísima, hubiera dicho algo así como “No se puede competir con la <máquina total>”.





Hijitamía.

jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el espalda plateada

Los gorilas «espalda plateada» son fuertes y dominantes, dirigentes de grupos de 5 a 30 individuos, y son su centro de atención; toman todas las decisiones, median en conflictos, deciden los movimientos del grupo, llevan a los demás a sitios donde alimentarse y toman la responsabilidad de la seguridad y bienestar del grupo.

Mi padre solía referirse a sí mismo como el “espalda plateada”, lo decía con orgullo en momentos en los que él veía similitudes con el rol del gorila, ofreciendo: protección, ayuda, decisión, empuje, etc. A lo que nosotros, la familia, nos burlábamos de la comparación buscando otras similitudes como: pelo plateado, magnitud corporal considerable y andares “gorilenses”, a lo que él respondía con un gruñido y un par de golpes en el pecho para seguir la mofa (cómo no…).

Bromas aparte, nunca pudimos negar que si la referencia del gorila era principalmente por su papel protector, todos estábamos de acuerdo. Mi padre era por encima de todo, un gran “pasador de pena”, quería a toda costa evitarle el sufrimiento a los demás (como he comentado en otros posts) y su estrategia para lograrlo era ser un protector extremo. Obviamente no logró evitar el sufrimiento por completo, pero por lo que a mí se refiere, sí que logró transmitirme esa seguridad que él tanto se esforzaba por conseguir.

Cuando era pequeña, recuerdo que hubo una temporada en el que había mucho miedo a dormir solo y que en el cole lo hablábamos. Muchos niños hablaban de ladrones, fantasmas, monstruos, etc…. Yo, sin embargo, nunca he tenido problemas ni miedos para dormir, pero tras semejantes conversaciones, había días en los que me costaba conciliar el sueño, aunque lograba dormirme a los pocos minutos y recuerdo exactamente cuál era mi reflexión: “si alguien quiere entrar en casa, primero tendrá que pasar por el cuarto de los papás y mi papá no permitiría nada” y con esa sensación de tener un superpapá me dormía tan tranquila.

Incluso de mayor (a pesar de que no se solucionara nada con el hecho) las palabras de mi padre siempre me hacían sentirme arropada, aunque sólo fuera por la broma. Por ejemplo, en casos de incertidumbre de si iba a lograr conseguir determinada cosa, él siempre me decía: “no te preocupes, diles a todos que eres mi hijita y verás cómo lo consigues/te dejan pasar/te dan preferencia/te tratarán muy bien, y un largo etcétera. En momentos de incertidumbre o decepción oír a tu padre en ese plan, no te dejaba más opción que sonreír y contestar con un tono condescendiente “papá…”


Hijitamía.