Él me juraba que de pequeño era muy vergonzoso y que de joven uno de sus mayores miedos era al ridículo. Como no me queda otra cosa que creerle (por ese entonces, yo no le conocía) he optado por mi propia hipótesis al fenómeno vergüenza juvenil-desvergüenza viejil:
Me la traspasó toda a mí.
Como ya he comentado varias veces, he aprendido muchas cosas de mi padre y podría decir que su falta de vergüenza me ayudó a superar mi extrema timidez, pero para qué nos vamos a engañar, había momentos en los que sólo deseaba desaparecer. Afortunadamente esos mismos momentos son los que me han hecho y me hacen desternillarme al recordarlos.
Aquí van unos cuantos:
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El primero se titula: "Hijita ya son las 12”
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“El señor gordo de los chistes”
Aquí no acaba la historia, al lunes siguiente, la hija adolescente llega a clase y en la hora de música tienen un nuevo profesor, al hacer las presentaciones en medio de clase el profesor salta: “¡Yo te conozco! Tu padre es el señor regordete que contaba los chistes en la fiesta de…”
“Sí, ese es mi padre…”
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“¡18!, ¿Alguien tiene el 18? ¿no? ¡Nos toca hijita!”
Y así es como logré matricularme en tiempo récord…
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“El del palco”
(Nadie nos preguntó nada)
Y así podría seguir y seguir… y seguiría concluyendo
que pasar vergüenza valió la pena, no hubiera vivido momentos únicos ni hubiera
podido disfrutar del después y la risa que nos daba al recordarlo.
Pero lo que más me gustaba de todo era que en
esos momentos “post gamberrada” mi padre se convertía en un niño, se reía de
todo, repetía la historia entre carcajadas y se burlaba de nuestras caras, etc.
Era un momento único para compartir con el niño
que había dentro de él, algo insólito. De hecho ni siquiera proponiéndomelo
podría llegar a hacer esas cosas. Si algún día tengo hijos, no podré dejarles
este tipo de memoria cómica, pero por suerte siempre tendré las historias de mi padre.







