viernes, 28 de noviembre de 2014

Sobre la historia que he mencionado antes

Mi padre sólo viajó una vez en su vida a Inglaterra. No hablaba inglés, pero como no tenía vergüenza de nada, pues si hacía falta se lo inventaba y con la facilidad gestual que tenía se hacía entender.

Resulta que cuando aterrizó, nos contó cómo en el avión se había sentado al lado de una señora mayor, que a mitad de trayecto le había empezado a hablar en inglés. Al principio mi padre hizo lo que todo el mundo hace: sonreír y afirmar con la cabeza, hasta que la señora empezó a entablar conversación y ya mi padre tuvo que decir el famoso: “I’m sorry, I don’t speak English” acompañado de cara de sorpresa mezclada con circunstancia (por el esfuerzo) y negando con la mano (por si acaso no quedaba bien clara la declaración). Pero la señora siguió hablando en inglés hasta que ya mi padre no tuvo más remedio que darle explicaciones en español con gestos, y entonces, pasó algo inesperado: la mujer se quedó mirándolo y de repente se empezó a desternillar de la risa y le contestó en un castellano perfecto: “Pensaba que me estaba tomando el pelo, no me puedo creer que usted no sea británico, ¡con esa cara de Bulldog Inglés que tiene!” 

Mi padre contaba esta historia cada vez que alguien sacaba el tema Inglaterra o derivados, creo que fue una de las anécdotas que más gracia le ha hecho en su vida y se reía a carcajadas cuando llegaba a la parte de pronunciar “Bulldog Inglés”, de hecho siempre repetía el nombre dos veces, estaba encantado con esa comparación (es lo que pasa cuando tienes un sentido del humor como el de mi padre).


“y entonces me reí”.



Hijitamía.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Sobre las pequeñas idiosincrasias

Esta es una de esas lecciones que aprendes cuando admiras lo que ya no tienes.

Los momentos cotidianos, la rutina, el día a día, la vida y  los rasgos de aquellos que nos acompañan en este viaje se vuelven tan comunes que dejamos de asombrarnos de aspectos que probablemente sean únicos e irrepetibles.
Este es en realidad el corazón de este blog, aparte de ayudarme a pensar en todo lo positivo y alegre que me enseñó mi padre, me asegura la memoria de sus pequeños gestos distintivos.

1.       El “silbido de entrada” de mi padre cada vez que cruzaba la puerta. Sí, tenía una sintonía al más puro estilo timbre, que silbaba cada vez que llegaba, no había reparado en lo original que era, hasta que he dejado de oírlo.
2.       La forma de darme la mano con un solo dedo.
3.       La mueca más característica de mi padre cuando la situación requería una de dos: fuerza o concentración: sacar la lengua por un lado de la boca y mantenerla mordida.
4.       El idioma que tenía con los animales: sobre todo perros y caballos (créanlo o no, le hacían caso).
5.       Hacer la misma broma al despedirnos día tras día, siempre (y no exagero). Su objetivo era que contestáramos “¿qué?” y para ellos nos preguntaba cosas en lenguaje inventado.
Ej: Después de despedirnos y salir a pedir el ascensor mi padre gritaba:
“¡Hijita! Taestayá?” y yo contestar “¿qué?” y él soltar la carcajada (sí, a mi padre y a mi familia en general nos va tanto el humor refinado como el humor más estúpido, rasgo que agradezco profundamente haber heredado).

El hecho es que consiguió tres veces que yo dijera “¿qué?” pero luego ya nunca más caí, aunque eso no impidió que siguiera repitiendo la broma día tras día, aunque el diálogo cambiaba además del tiempo que invertíamos, en realidad se convirtió en una especie de rutina de despedida.

Papá: “¡Hijita! ¿tatuntarso?"
Hijita: “Sí, claro ¿y tú también?”
Papá: “¿yo? La semana pasada, ¿taestayá?"
Hijita: “por supuesto”
Papá: "Ahh bueno, ves con cuidado, ¿okey?"
Hijita: “¡hasta  mañana papá!”



 Y un largo etcétera que seguiré recordando día tras día.

Hijitamía.

Sobre volver al pasado

Mi último viaje a casa (antes de que mi padre ingresara en el hospital) pasé mucho tiempo de calidad con él, y me impresionó un poco las veces que recordaba hechos del pasado, de cuando yo era pequeña y pasar el rato con mi padre era el mejor plan que una niñita podía desear.

Se me quedaba mirando y de repente soltaba (con su mejor imitación de voz de su hijita de tres años) “¿vamos a ver los patitos papá?”; “en este bosque no hay lobos, ¿verdad papá?” a mí me encantaba, pero al mismo tiempo me preguntaba por qué recordaba precisamente eso.

Eran particularmente dos días; uno en el que me llevó a una visita de trabajo y de paso nos paramos en un lago a ver los patos, disfruté tanto, que casi cada día le pedía que me llevara a ver los patitos. Otro día que recordaba era uno en el que habíamos recogido a una amiga de mi prima e íbamos en el coche, mi prima, su amiga y yo, por causas fisiológicas mi padre se vio obligado a hacer un “pipí-stop” en la carretera en una zona de bosque, salimos las tres del coche y al cabo de 10 segundos mi padre me recuerda volviendo y preguntando “papá, en este bosque no hay lobos, ¿verdad?” a lo que él respondió con una carcajada y me dijo que no me preocupara y que me acompañaría.



Yo me encuentro ahora haciendo lo mismo y volviendo al pasado diariamente para acordarme de mis momentos de pequeñita con el papá, sobre todo se me repiten dos recuerdos: jugando al “baño”: sentándome de lado  en su regazo como si fuera el “váter” y su mano la cisterna y al “soltar el agua” mi padre abrir las piernas y yo morirme de la risa al quedar colgando (aunque cuando la “cisterna” no “funcionaba” y él la arreglaba “poniendo tornillos” que era hacerme cosquillas, no sé si me gustaba más).

Otra cosa que visualizo a menudo es tener pintado un reloj a boli en la muñeca y sentirme orgullosísima de él, porque “funcionaba”. Mi padre me pintaba día sí y día también un reloj en la muñeca y me decía que me lo pusiera al lado de la oreja para comprobar que funcionaba, y siempre que él me lo decía oía un tic-tac perfecto que me fascinaba. (Luego descubrí que lo hacía chasqueando las uñas una por debajo de la otra de los dedos pulgar y corazón).

Cuando pienso en estas cosas se me vienen recuerdos de mi hermano de pequeño, con casco de constructor clavando puntillas en un tablón de madera con un mini martillo con mi padre, recuerdo a mi padre señalarle cada tractor con pala que veía por la calle, recuerdo cómo mi hermano veía fotos de mi padre de pequeño y decía que era él, pero uno de los recuerdos más graciosos es cuando mi hermano (de unos tres años también) al ver a “Papá Noel” el 24 de diciembre con su saco de regalos, con su barriga, su barba, su “Ho Ho Ho” se le acerca y le dice “papá se te ha olvidado quitarte las gafas”, y podría seguir con recuerdo tras recuerdo, y entonces ya no me pregunto por qué mi padre recordaba estas cosas.


Hijitamía.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Sobre ser consciente de todas las pequeñas cosas

Desde muy pequeña mis padres han intentado que fuera consciente de las diferentes realidades de esta vida y de lo afortunados que éramos por tener una buena calidad de vida (facetas socio-económicas, sanitarias, educativas, culturales, políticas, etc., del momento y el lugar en el que vivíamos) pero también a valorar las cosas de una forma más detallada, a darle importancia a hechos tan cotidianos que pasan desapercibidos y de esta forma aunque alguna de las cosas importantes falle, siempre nos quedará el disfrute de las pequeñas cosas de la vida.

Un recuerdo recurrente en relación a este tema es la reflexión que me hizo mi padre un día cuando era pequeña y no podía dormir. Me hizo pensar en la suerte que tenía de tener una cama y una almohada tan cómoda, me dijo que el placer de poner la cabeza sobre una almohada fresquita y blanda era algo que no se podía desaprovechar y que tenía que dormir y disfrutarlo y ya no recuerdo nada más porque me dormí.

Muchos años después, estando mi padre enfermo en el hospital, hubo muchas noches sin poder dormir bien, pero una en cuestión en la que parecía que no habría ni media horita de sueño. De repente se me vino a la mente todo lo anterior y le repetí exactamente sus palabras, (la clave es aislar lo positivo por pequeño que sea y agarrarnos a ello para poder disfrutarlo) aunque estuviéramos en el hospital tenía una cama y una almohada cómoda y tocaba dormir y así fue.

Desde entonces intento no consultarle nada a la almohada, simplemente le agradezco el hecho de estar allí y duermo, ya mañana será otro día.




Hijitamía.

Sobre no desaprovechar ninguna aventura

Siempre que cualquier situación nueva me asusta (que suelen ser la mayoría, por pequeñas que sean) intento tomármelo en vez de como una “maldición” como una “aventura”, tengo mis pequeños trucos y frases mentales, (porque la cosa no es fácil) pero lo que más resuena en mi cabeza es la frase de mi padre que una vez nos dijo a mí y a mi prima con su mejor voz al más puro estilo de Constantino Romero:

“Empieza la aventuraaa de Port Aventuraaa: chan chan chaaaan”

 (Lo de chan chan chaaan era una muletilla típica de él para todo momento de sorpresa/ éxito, el tono de los “chans” va subiendo de más grave a más agudo, ¡ojo! no leer en tono suspense)

Ese día mi padre, mi madre y mi tía decidieron sorprendernos a mi prima y a mí con un viaje sorpresa a Port Aventura y con esa frase se le ocurrió a mi padre despertarnos. Parece mentira, pero siempre me he acordado de su ilusión al darnos la noticia, casi que estaba más emocionado él, porque obviamente nosotras todavía no habíamos procesado el hecho de que nos íbamos.

Estoy segura de que ese entusiasmo es la clave de todo, y aunque ya no me vaya a Port Aventura, siempre que lo necesite seguiré oyendo su voz…

Empieza la aventuraaa…”



Hijitamía.

viernes, 29 de agosto de 2014

Sobre el cómo decir Te quiero

Este recuerdo no tiene anécdota, ni tampoco gracia, simplemente es un dato especial.

Mi padre era una persona cariñosa,  decir "te quiero" no era raro en él,  pero sí que era única la manera en que me lo decía, y eso siempre me encantó,  no me dijo nunca te quiero a secas ni tampoco mucho ni muchísimo siempre era "tanto":

"¡Te quiero tanto hijita!"



Hijitamía.

Sobre Pedro Picapiedra

Una de las características más destacables de mi padre (como ya he comentado) era su esencia payasil y con ella su don para hacer onomatopeyas únicas,  sus incontables muecas, su afán por sacar el chiste de cada situación. En fin, con tal de hacer reír a los demás y convertir una situación "neutra" en una chistosa era capaz de todo.
 
En particular recuerdo estar en el coche toda la familia y empezar a "picarle" diciéndole que si se quitaba su (siempre presente y mítico) mostacho sería igualito a Pedro Picapiedra.
En cuanto llegamos a casa se metió en el baño y tras unos largos minutos abrió la puerta gritando:
 "Wilmaaa ya estoy en casaaa!" 



Fuimos todos corriendo a verle y tuvimos un ataque de risa colectivo. Ver a mi padre sin su enorme bigote (que sin duda alguna era su seña de identidad) y saber que lo había hecho sólo para provocar ese "momento sorpresa" me pareció y todavía me parece increíble.

Hijitamía.